domingo, 11 de agosto de 2013

LA ÚLTIMA MORADA DE LOS MALDITOS


Capitulo 2 de 12: LA PROFECIA.

“Durante milenios permanecerá enterrada bajo múltiples capas de sedimentos, de restos de vegetación putrefacta, de fango y polvo que la protegerán de las inclemencias del tiempo y del desgaste ocasionado por los fuertes vientos. Permanecerá oculta a la vista de los crueles moradores del desierto, de los saqueadores sin escrúpulos y, sobretodo, de los visionarios y profetas religiosos que buscarán obtener, para gloria de sus dioses,  el poder que habita entre sus restos… Pero, llegará un tiempo en el que el nefasto afán de codicia del hombre haga que la ultima morada de los malditos resurja en todo su esplendor a la superficie de este castigado y condenado planeta y, con ella, la maldad suprema vuelva a recorrer los parajes que antaño fueron sus dominios, y reclame para si a los que considera sus esclavos: los humanos.”

– Desde luego, me sigue sorprendiendo la facilidad con la que consigues que estos milenarios pergaminos se abran ante tus ojos permitiéndote leerlos con esa fluidez –dice, sorprendido y con voz emocionada, el portador de las reliquias.

– Es cuestión de práctica y de dedicar gran parte de mi existencia a abitar, cual ermitaño, o mejor dicho, cual rata de biblioteca, kilómetros y kilómetros de sombríos e interminables pasillos silenciosos y acogedores que permanecen expectantes y esperanzados de que alguien, algún día, se entretenga en rescatar y descifrar sus secretos. Unos secretos escondidos y ocultos, pero latentes entre una multitud ingente de libros nuevos y antiguos; de miles de manuscritos y pergaminos ajados y deteriorados por el tiempo, por la humedad o, peor aun, por el hombre; de infinidad de tablillas y runas impresas a golpe de cincel o abrasadas por el fuego. Y, sobretodo, de no dejar de leer y releer compulsivamente, apuntando y memorizando todos esos detalles que suelen pasar desapercibidos a la vista de los profanos –le contesta el prometedor arqueólogo–, pero déjame que intente descifrar el resto de la profecía –dijo, y siguió leyendo el extraño y misterioso relato.


“El Tártaro, el pozo sin fin, el averno insondable, desplegará su manto de oscuridad sobre la envejecida y confiada Tierra que, permanece sumida en una espesa e impenetrable tiniebla que oculta la realidad del pasado, enterrando el recuerdo de los hombres en un eterno olvido que está a punto de llegar a su fin, permitiendo que la otra cara de la creación asome su rostro putrefacto a través de las puertas pétreas custodiadas por el eterno can, guardián de las almas difuntas. Cerbero olisquea el aroma de la vida que se desprende de los cuerpos moribundos, y protege a los vivos de los muertos y a los muertos de los vivos en el interminable peregrinar de almas de un mundo a  otro, mientras retiene a los dioses caídos, aprisionándolos eternamente tras las puertas del Hades.

El tiempo de la luz a llegado a su fin, la balanza de la justicia se ha inclinado de nuevo hacia el lado de la oscuridad, y el reinado del bien se extingue igual que la llama de una hoguera se apaga al consumir el efímero oxigeno que la rodea. La era del hombre se agotará dejando paso a la época de los demonios. La oscuridad reinará a partir de entonces sobre la faz de la tierra y los mortales dejarán su sitio a los engendros infernales que reclamarán de nuevo la hegemonía que antaño ostentaron sobre este viejo y fatigado planeta.”

Antonio Cienfuegos examina sorprendido los pergaminos milenarios que se extienden sobre la mesa de su oficina. A su lado, el director de la excavación Marcelino Riosanto se apresura a recogerlos cuidadosamente mientras los pone a buen recaudo en la urna acristalada de donde los ha sacado, hace tan solo cinco minutos.

– ¡Maldita sea, Marcelino! Necesito más tiempo para estudiar los pergaminos, aquí hay símbolos sumerios que preciso cotejar con mis notas de la universidad.

– No debería habértelos traído, esto es una locura, mi puesto peligra y puede que nuestras vidas pendan de un hilo muy fino.

– ¡Dios! -Exclamó Cienfuegos –nadie ha visto estos escritos desde hace más de tres mil años y tú pretendes que me quede tan tranquilo mientras se pudren en algún jodido rincón del sótano del museo.

– Hay cosas más importantes en juego Antonio, cosas que nos sobrepasan.

Después de más de tres décadas dedicadas a la gestión del Museo General de Arqueología y Mitología, el director Riosanto se encuentra a las puertas de la jubilación, y no es precisamente su futuro profesional lo que más le preocupa en estos momentos, pero no por eso cede a la presión de su joven amigo Antonio, pese a tener la certeza de que si los pergaminos permaneciesen en sus manos durante el tiempo necesario conseguiría, con toda seguridad, descifrar el mensaje que albergan sus inscripciones. Pero el sonido apresurado de unos pasos, resonando tras la puerta, le hace desistir de su deseo. Ahora, se impone la cautela y, sobre todo, la necesidad de proteger y custodiar las reliquias.

 
Capitulo 3 de 12: EL MAL EN ESTADO PURO.

 
La sangre impregna las oscuras y húmedas piedras que rodean el oráculo, tiñendo de rojo la pequeña y tétrica estancia, alumbrada, tan sólo, por unas pocas y antiguas antorchas de llamas lánguidas y titilantes. Un gemido, gutural y aterrador, pocas veces escuchado en este plano existencial, crece inundando la estancia y adquiriendo un tono agudo y quejumbroso, que se transforma finalmente en el llanto, estridente y desgarrador, de un neonato. El mal en estado puro renace de nuevo sobre la tierra, adquiriendo la forma física de un cuerpo humano, maligno y tremendamente poderoso.


Una figura, sombría y diabólica, custodia la entrada al oráculo, mientras en el exterior, los seguidores demoníacos que conforman la escoria más aterradora del averno, pugnan por liberarse de los muros que los aprisionan y que durante milenios los han mantenido encerrados y ocultos para bien de la humanidad. Una humanidad que sólo recuerda vagamente, a través de las pesadillas nocturnas, a los que un día poblaron la tierra, diezmando y aterrorizando a los débiles y asustadizos seres humanos.

El llanto infernal se eleva por encima de las antiguas y sagradas ruinas, construidas por extintos dioses, ahora olvidados y desprestigiados, relegados a la más absoluta de las desidias. Los muros, construidos con la ilusoria esperanza de retener eternamente el mal que late en lo más profundo de los infiernos, se resquebrajan bajo la presión acústica del extraño sonido que sale de la garganta del neonato. La figura que ha permanecido hasta ese momento expectante en la entrada del oráculo se acerca al recién nacido, y deposita a su lado otro niño, que mantenía oculto bajo su túnica, y, pronunciando unas palabras en una lengua extinta, eleva una afilada daga, forjada al calor de las mismísimas llamas del infierno, y la descarga rápida y brutalmente sobre el pecho tierno y rosado del bebé. La muerte, se lleva, una vez más, una victima propicia e inocente, y, con su sacrificio, contribuye a cerrar el círculo, finalizando el ritual mágico con el que el mal consigue,  por fin, retornar nuevamente a la tierra, más poderoso y cruel que nunca.
 


Negros y amenazadores nubarrones cubren el cielo. Las siete plagas que asolaron Egipto en tiempos de Moisés, son un juego de niños en comparación con lo que está a punto de acontecer. Y, mientras, el mal, hecho carne, crece rápidamente alimentándose de la sangre, aun caliente, del niño cruelmente sacrificado sobre las frías piedras del oráculo. Un adversario, digno de un dios, emerge de las sombras dispuesto a reclamar la tierra que un día perteneció a los de su estirpe, y que fue morada y refugio de los ángeles caídos, expulsados del paraíso y desterrados a un mundo inferior, condenándolos a vagar eternamente sobre la atormentada faz de un planeta yermo y desolado. Deshonrados y humillados fueron alimentándose del odio, que creció y se multiplicó transformándolos en bestias abominables, engendros diabólicos sedientos de sangre y destrucción; criaturas deformes y monstruosas que habitaron durante un tiempo el planeta, junto a los hombres, para desgracia de estos que padecieron su insufrible presencia, hasta que los dioses cansados de escuchar los angustiosos gritos y lamentos de la humanidad decidieron enviar a todas esas criaturas demoníacas al inframundo, al reino de Hades, el tártaro, al averno insondable, llamado, simplemente… Infierno.
 


 
Por Rapanuy



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