jueves, 12 de abril de 2012

UNA NUEVA SOCIEDAD.



Hoy me he despertado temprano, es mi último día de trabajo, mañana engrosaré las listas del paro, añadiendo un nuevo grano de arena en ese eterno arenal de casi siete millones de parias sin futuro ni destino que viven al margen del tejido productivo de este país. Aún recuerdo perfectamente como hace años se llamaba a esto "engrosar las listas del INEM", pero desde que desapareció en el 2014 la agencia de colocación pública, cediendo el paso a las agencias de colocación privadas, ya no se utiliza esta expresión, ahora simplemente decimos "entrar en el mercado libre de colocación", o más coloquialmente llamado "mercadeo obrero", por suerte para mí, todavía soy una mercancía útil, joven, formada y sana, por lo que, si pago lo suficiente, no creo que tarde demasiado en encontrar alguna fábrica donde dejar que me exploten por un mísero sueldo.

Recojo mis escasas pertenencias y doy un último vistazo a la habitación donde he vivido este último año, quizás tarde en encontrar de nuevo alojamiento. Cuando al final del día deje de ser empleado de la fábrica, ya no podré alojarme en este albergue obrero, ni disfrutar de la comida ni del servicio médico del que disponen los trabajadores en activo. Quizás sea una de las cosas que más hecho a faltar de los viejos tiempos, la cobertura médica universal de la que disfrutábamos hace años y que la crisis y los recortes de los nuevos gobiernos neoliberales eliminaron de un plumazo con  alevosía y nocturnidad.  No me extraña que en la última década haya disminuido, en tres años, el promedio de vida, invirtiéndose de esta manera la tendencia alcista de las anteriores siete décadas. Es lo que tiene el dejar sin cobertura médica a todo aquel que no pueda pagársela, con la consiguiente degradación de la salud. Y lo peor es que todo apunta a que va a seguir cayendo en las próximas décadas, en contraposición con los que sí pueden pagarse una mutua médica, que han aumentado su promedio de vida en cuatro años esta última década.

El comedor del albergue obrero está más lleno de lo habitual, la nueva remesa de trabajadores extranjeros ha llegado antes de lo esperado, las nuevas fábricas ya se han puesto en marcha y los países del norte de Europa esperan sus productos de bajo coste. Desde que Occidente decidió no depender de los países asiáticos a la hora de comprar productos de bajo coste, se ideó un plan de choque para convertir los países del Este y el sur de Europa en los productores del primer mundo, hundiéndolos en una crisis estructural permanente de la que no pudieran salir, para, de este modo, convertirlos en mano de obra barata y sin derechos laborales, derechos que se encargaron de eliminar mediante diferentes reformas laborales encubiertas, que se impusieron en países situados estratégicamente en la franja sur de Europa.

Aún recuerdo como mi padre me hablaba a menudo de sus años de militancia activa en un sindicato de clase, antes de que estos desaparecieran, y de la indignación y frustración que esto le produjo. Todavía mantengo en la retina la preocupación que reflejaba el rostro de mi madre, cuando de madrugada sonaba el teléfono y la informaban de mi padre estaba retenido en alguna carcel por intentar defender sus derechos, ya que luchó hasta el final para que estos no desaparecieran, por suerte para él, murió antes de ver como se eliminaba de la constitución el artículo 28 que hacía referencia al derecho de sindicarse y al de la huelga. A veces he llegado a pensar que se murió expresamente para no tener que verlo.

Mi pobre madre no tardó en seguirle y me quedé huérfano con apenas quince años, ahora estoy a punto de cumplir la treintena y recuerdo perfectamente la última huelga que tuvo lugar en este país, la del 29 de abril del 2014, de trágico recuerdo, ya que marcó un antes y un después en la vida de todos nosotros. Casi dos décadas después ya nadie se acuerda de aquel estado del bienestar que disfrutamos durante algunos años, y que emerge de vez en cuando en nuestra memoria como si de un sueño se tratase.

De aquella huelga recuerdo vagas imágenes de caos, miedo y calles ensangrentadas. Millones de personas desesperadas dieron rienda suelta a su indignación y a la frustración de vivir una situación insostenible, ante la que el gobierno respondió brutalmente, cortando de raíz cualquier conato de revuelta popular y de sublevación ciudadana. Después de esta efervescencia agresiva de la ciudadanía, sobrevino un periodo de resignación, de apatía y de sumisión que nos ha llevado a un país de mano de obra barata y de proletariado tercermundista prácticamente sin derechos ni futuro.

La sirena de la fábrica suena dos veces anunciando el inminente inicio de la jornada. Miles de trabajadores dejan atrás la tenue luz de un nuevo amanecer para adentrarse lacónicamente en un submundo de producción monótona y agotadora que transforma a las personas en piezas insensibles de un engranaje despiadado. Un mundo diferente ha florecido alimentado por el polen del consumismo más extremo.

La utopía de una civilización avanzada y moderna desapareció de golpe el día en el que los especuladores económicos tomaron las riendas de la economía mundial. La vieja idea de que la democracia traería la estabilidad y la justicia social a los pueblos se desmoronó arrastrando a las clases medias a su extinción. Los gobiernos democráticos elegidos por sufragio universal se desmoronaron como piezas de un dominó gigantesco. Caían, unas tras otras, dejando a los ciudadanos bajo el control de tecnócratas sin alma ni piedad que proclamaban a los cuatro vientos la necesidad imperiosa de romper el equilibrio de poderes entre los trabajadores y los empresarios, dándoles a estos últimos todo el poder de decisión a la hora de despedir, modificar y recortar derechos adquiridos durante décadas. El inicio del fin había comenzado.


Millones de personas deambulan en un lacónico peregrinar por los áridos y asépticos despachos de empresas de colocación que, vacías, ofrecen contratos míseros y en condiciones infrahumanas, casi esclavistas, que la mayoría aceptan sin rechistar para poder sobrevivir a una crisis que se ha hecho perpetua.

Esta era se agota. Otra civilización sucumbe bajo su propia incongruencia, fagocitándose a si misma, seguramente debido a una de las facetas que más nos caracteriza a los seres humanos... La estupidez.

La sirena suena nuevamente anunciando el inicio de la jornada laboral. Me coloco en mi sitio, junto a la cadena de producción, y comienzo a ensamblar monótonamente las piezas que arrastra una cinta transportadora y que, una vez montadas, dejo sobre otra cinta que las lleva hacia un nuevo punto de producción donde se repiten infinitas maniobras hasta la finalización del producto. Me quedan doce horas de agotador trabajo por delante, demasiado tiempo para pensar y maldecir una situación de la que no me siento responsable. Mañana estaré de nuevo en la calle y seré uno más de los millones de parias sin esperanzas que, desesperados y angustiados,  inundan las calles dispuestos a sobrevivir. Pero cuanto más lo pienso menos entiendo la necesidad de integrarme en el orden establecido. Viejas ideas acuden a mi mente y se instalan peligrosamente… La revolución es la única alternativa a la resignación. Cuando el equilibrio se rompe y la cohesión social se resquebraja, la energía que se desata no conoce límites y la explosión ciudadana amenaza con modificar las sociedades.

Sigo pensando en todo eso mientras avanza la jornada de trabajo. Ideas mucho más radicales pasan por mi mente durante estas horas, tengo que reconocer que no me disgustaría llevarlas a cabo, quizá si durante los próximos días no encuentro trabajo y la situación se hace realmente desesperada las tendré que comenzar a valorar pero, hasta entonces, aguantaré como los demás, si es que alguno no se me adelanta y comienza una revolución por su cuenta y riesgo, y nos arrastra a todos con él.




Posible historia sobre un futuro alternativo.

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