lunes, 8 de agosto de 2011

LAS PRIMERAS LETRAS Y EL INICIO DE UN NUEVO IDIOMA.



Después de todo, iba a resultar que la extraña y vieja bruja tenía razón, y que, quizás y sólo quizás, me había equivocado al precipitar, que no provocar, su caída a los infiernos. Pese a que la mayoría de nosotros sabemos que la muerte suele llegar sin avisar y de la manera más inesperada, deberíamos estar preparados para poder abrazarla, llegado el caso, sin sentirnos demasiado sorprendidos por su inesperada visita, ya que lo único cierto que conocemos al llegar a este mundo es que algún día lo tendremos que dejar, y que, desde el mismo instante que vislumbramos el primer amanecer se inicia una loca e inútil carrera contra la eterna y despiadada Dama de la guadaña, carrera que, sin ningún atisbo de duda, acabaremos perdiendo, ya que la Muerte no cejará en su empeño de perseguirnos para, echándonos en el cogote su putrefacto aliento, esperar que tropecemos, desfallezcamos o desistamos en nuestra carrera por mantenernos con vida, y, así, conseguir atraparnos para enviarnos, de la manera más despiadada, a los oscuros y tenebrosos dominios de Caronte, el consabido barquero.  Por esa razón, siempre llevo colgadas de mi cuello un par de monedas de plata, por si esta amarga carrera que es mi vida decide finalizar bruscamente.

Me preguntaba si había sido una decisión imprudente eliminar a la Arpía, pero esas decisiones equivocadas vienen siendo una constante en mi existencia, lo que provoca, sin lugar a dudas, que mi alma ande cada vez más cerca de las fauces de Cerbero, el perro guardián del inframundo que, seguramente, colea ansioso olisqueando la llegada de mi putrefacta alma. Pero no adelantemos acontecimientos, no he llegado nunca puntual a una cita y no va a ser ésta la primera a la que llegue…, por mí, ya se puede morir esperando el puto perro de los infiernos.

Como predijo la Meiga, el resorte oculto en la grieta cedió y tras un leve crujido la roca se movió unos centímetros dejando al descubierto lo que parecía la entrada a una gruta, probablemente escavada de manera artificial en la montaña. La oscuridad era total por lo que esperé a que los ojos se adaptasen a la poca luz que penetraba por la estrecha grieta abierta tras de mí. Al poco mis ojos se habían adaptado a la escasa luz del interior de la cueva, compuesta únicamente por un reducido habitáculo de unos tres pies de alto por cuatro de largo, que al principio creí  totalmente vacío, pero que al acercarme más a la pared del fondo pude vislumbrar un pequeño sarcófago esculpido en la misma roca de la montaña, allí dentro debía estar sin duda lo que buscaba.

Después de meses de búsqueda, de sufrimiento y de la pérdida irreparable de seis de mis mejores hombres, ahora sabría si había valido la pena la búsqueda. Tenía ante mí la reliquia más valiosa de las tierras de alrededor y probablemente el documento primigenio que iniciaría el levantamiento de una nueva nación, una nación que estaba tomando forma a mi alrededor a pasos agigantados y que tras siglos de guerras, invasiones y rencillas entre señoríos dispersos ahora comenzaba a despuntar como una nación entre naciones, un faro de luz en un mundo en expansión, un estado que caminaba con paso firme hacia su hegemonía mundial y que para convertirse en lo que todos esperábamos debía comenzar construyéndose sobre la base de una nueva lengua, un idioma que pudiese unir definitivamente a todos sus pueblos, haciéndoles hablar su propia lengua, no el Latín o el Griego destinados a ser lenguajes utilizados únicamente por clérigos, comerciantes o nobles, ¡no!, el pueblo debía, necesitaba, poder utilizar un idioma común y propio, y eso estaba ahora en mis manos, mi objetivo era retornar al pueblo las primeras frases escritas en ese primigenio idioma, debía hacer emerger de entre las entrañas de esta oscura gruta los pergaminos que estaban destinados a sentar las bases de un nuevo idioma.

Ahora sin más demora debo llevar los pergaminos al cercano monasterio de Suso para que verifiquen su verdadero origen y me aseguren que es, realmente, lo que andaba buscando, y desde allí llevarlos hasta el recién construido monasterio de Yuso, para que los textos puedan quedar a buen recaudo bajo la custodia de sus monjes.

Mientras tanto, y sigilosamente, me alejo de la gruta situada en lo más alto de una de las montañas de la Sierra de la Demanda, e intento alcanzar el Valle del Cárdenas, ocultándome de la vista de posibles enemigos. Durante el peligroso descenso, cavilo en como el orden dominante intenta preservar su hegemonía sobre los pueblos conquistados, y es de sobras conocido que la mejor manera de subyugar a los pueblos para que no se rebelen contra los invasores es hacerles comulgar con la cultura dominante y, sobre todo, con la lengua, ya que está atará lazos de unión entre los diferentes pueblos que deberán convivir con los invasores en los territorios ocupados. Lo llegaron a conseguir, con cierta eficacia, Egipcios, Griegos, Romanos y Persas y otras muchas civilizaciones a lo largo de la historia, unos con mejor resultado que otros, pero todos conocedores del verdadero poder del lenguaje, y de la capacidad que tiene el idioma de unir a los pueblos, de hacerlos sentir parte de un todo que acabará por diferenciarlos del resto, por eso, en esta época de revueltas, de reconquista de territorios, el que aparezca un nuevo lenguaje que puedan hacer suyo los habitantes de estos pueblos en rebelión, puede ser, sin duda, un arma mucho más poderosa que el propio acero, la voluntad de un pueblo unido por unos ideales, un territorio y una cultura propia es una fuerza imparable que suele desembocar en la expulsión de los que no formen parte de la misma. Y la historia, acabará repitiéndose, en un bucle sin fin, consiguiendo que viejas civilizaciones, antaño orgullosas, se desmoronen y sean aplastadas bajo el poderío y el ímpetu de nuevas y ambiciosas civilizaciones.

Toco de nuevo las alforjas para asegurarme que los textos continúan en su interior, protegidos y  resguardados, a la espera de convertirse en la semilla cultural de una nueva lengua que, se intuye, florecerá a la sombra de una joven y emergente nación que intenta liberarse del yugo de unos invasores que durante siglos han ocupado sus tierras, y que han pretendido imponer su cultura, la mayoría de las veces a sangre y fuego, y que ahora parece que comienzan a perder fuelle, cediendo terreno y retrocediendo ante el empuje de lo que será en un futuro próximo un nuevo y poderoso reino, pero que de momento sólo habita en la imaginación de unos pocos.

Mientras atravieso las frías aguas del rio Cárdenas, noto desperezarse mis entumecidos músculos y como, rápidamente, se va desembotando mi maltrecha mente, lo que me permite observar a tiempo las hogueras que un grupo de sarracenos han encendido para poder custodiar y vigilar la orilla del rio.
-¡Maldita sea, por las reliquias de San Millán que no voy s a dejar que me atrapen!, -maldigo entre dientes y, rápidamente, decido dejar que la corriente me arrastre rio abajo, en esta época del año el rio fluye manso, y con un poco de suerte no tendré problemas en alcanzar un lugar seguro al otro lado del rio, en la orilla no vigilada. Aún me queda mucho camino hasta el monasterio. El nuevo amanecer comienza a despuntar mientras la oscuridad de la noche, fiel compañera de aventuras, perece a manos de la eterna luz del astro rey.

El más viejo de los monjes de Suso, observa los textos con extremada devoción, recitando extasiado los glosarios escritos al margen, de repente se detiene y, levantando la mano, llama a uno de los clérigos más jóvenes, que se acerca en silencio.
-Gonzalo –dice, el anciano-, necesitamos que memorices estas glosas antes de enviarlas al monasterio de Yuso, para que queden bajo su custodia, tienes escasamente el tiempo que tardamos en ensillarle un caballo al caballero Nuño- comenta el viejo monje.
Yo, no daba crédito a las palabras del monje, por lo que indagué sobre quién era ese joven clérigo, pero la única respuesta que obtuve de los silenciosos monjes fue que procedía de Berceo, un pueblo cercano, y que tenía cierta facilidad para las letras.

Mientras me alejaba del monasterio me preguntaba si realmente estos textos contribuirían a la creación de un lenguaje que pusiera en orden la manera de hablar que utilizábamos los habitantes de estas tierras y que se había convertido, con el tiempo, y de manera espontanea, en el lenguaje del pueblo.
Pero eso no dependía de mí, ahora mi misión, que se había transformado en algo casi sagrado, consistía en hacer que los textos lograsen llegar intactos al nuevo y protegido monasterio de Yuso, y pongo a Dios por testigo, y por la memoria de mis antepasados, que lo conseguiré.

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