martes, 3 de mayo de 2011

PUEDE QUE DESPUÉS DE TODO CONTINUEMOS IGUAL, PERO YA NO SEREMOS LOS MISMOS. Parte tercera y última.




La sangre, aún fresca, dibujaba en las paredes el abstracto y horrendo mapa de una terrible tragedia. Un ojo razonablemente adiestrado podía cartografiar perfectamente la secuencia macabra de un sangriento asesinato. El cuerpo de Lou yacía descuartizado sobre la vieja alfombra persa comprada hace años en un bullicioso bazar de las afueras de Bagdad. Más de una vez, Lou me había contado, entre trago y trago de armañac, la historia de esa destartalada alfombra, y de las peripecias que sufrió para poder sacarla, más o menos intacta, de esa milenaria ciudad situada a orillas del Tigris.


No conseguía asimilar la terrible tragedia. El dolor por su perdida era más intenso de lo esperado, alimentado quizá por la constatación de que era, posiblemente, uno de los pocos amigos que me quedaban… si es que me quedaba alguno vivo todavía, que comenzaba a dudarlo; porque la realidad es que, desgraciadamente, y aseguraría que no por casualidades del destino, todos han ido desapareciendo misteriosamente de una manera u otra. El círculo del mal se estrechaba cada vez más a mí alrededor, mientras el destino se encargaba, irónicamente, de dirigir mis pasos hacia un desenlace sangriento e inesperado.
Aún resonaba en mi mente, la conversación que mantuve con Lou, hace un par de días, en esta misma librería. La pasión por el conocimiento nos había unido hacia ya muchos años, creando una extraña relación, un vinculo inconexo y atípico, pese a que éramos totalmente diferentes en las formas, el aspecto y la manera de relacionarnos con los demás, y, sobretodo, en la manera de enfrentarnos al destino y encarar los problemas que la vida nos deparaba a la hora de intentar superar los obstáculos que el azar solía dejar, expresamente, en nuestro camino. Recuerdo haber entrado hasta el fondo de la vieja librería, y encontrarlo sentado ante su ordenador, como casi siempre:


– Te veo más nervioso de lo normal, Lou.

– ¡Joder, cómo para no estarlo! ¿Te ha llegado mi correo?

– Sí…, por eso estoy aquí. Cuando lo recibí no daba crédito, lo tuve que leer varias veces. Es ahora y sigo sin creerlo –le dije.

– Pues, no hay lugar a equívoco. No tengo la menor duda sobre su veracidad. Te cueste creerlo o no.

– Vamos por partes, cómo diría Jack, el destripador. Lo has contrastado con tu base de datos. Se lo has comentado a Logan –le pregunté nervioso.

– Desgraciadamente, Logan murió anoche en extrañas circunstancias. La policía lo encontró en su viejo apartamento del centro, horriblemente descuartizado. Dicen que todo el apartamento se encontraba salpicado con su propia sangre. Algunos agentes que conozco, comentaban que en los años que llevan pateando las calles, nunca habían visto nada parecido. Lo calificaron de espectáculo dantesco y nauseabundo. Algo difícil de asimilar. Otro horrible crimen relacionado, directa o indirectamente, con la maldición…Con esa sombra que tú y yo intuimos.


El recuerdo de la conversación que mantuve con Lou hace menos de dos días en este mismo lugar, ahora ensangrentado y precintado por la policía, reverberaba dolorosamente en mi interior. No podía alejar de mi pensamiento la absurda teoría que habíamos ideado; una delirante locura que  había ido cociendose, a fuego lento, en nuestras mentes, y que compartimos con nuestro, ahora difunto, amigo Logan. Era realmente descabellada, absolutamente diabólica, pero la constatación de los asesinatos y el hecho de que todo estuviese revuelto y la caja fuerte destrozada, evidenciaba que alguien, o algo, ansiaba encontrar el libro. La reliquia, que presumíamos falsa, se tornaba cada vez más real y, ahora lo sabia, mortalmente peligrosa. Ya se había llevado por delate a dos de mis mejores amigos, y si no andaba listo acabaría también conmigo, y la verdad es que no tenia ningunas ganas de dejar este mundo, al menos no ahora, y de ningún modo, de la misma manera que lo habían hecho mis compañeros. Aunque no lo parezca, a mí y a mis extremidades nos agrada sobremanera permanecer unidos, nos gusta estar pegaditos, y agradezco, quizá ahora más que nunca, sentir la calidez de mis seis o siete litros de sangre circulando por mi interior, aunque sea por venas y arterias obstruidas por el colesterol, y no tener que verlos tiñendo de escarlata suelos, techos y paredes, con o sin alfombras persas de por medio.


La noche caía desganada sobre la ruidosa ciudad, acallando paulatinamente los sonidos, la actividad y la tibia y mortecina luz del sol, dejando paso a las oscuras sombras ocultas en esa otra realidad que nos envuelve y que el día nos suele esconder.


Deambulé taciturno durante gran parte de la noche, valorando si debía o no enfrentarme cara a cara con un destino tejido al inicio de los tiempos, y del que no podía desligarme ni desentenderme, y del que sólo conseguía, como mucho, alejarme posponiendo lo inevitable. ¡Y entonces lo supe! En ese mismo instante tomé conciencia de la única alternativa posible; paré en seco mi caminar, desterré de mi mente cualquier atisbo de duda, y con la convicción de aquel que sabe que la batalla está pérdida pero la guerra podría ganarse ya que la razón y la verdad están de su lado, me lancé de cabeza contra lo inevitable. La suerte estaba echada, y no parecía muy dispuesta a apostar por mí… de momento.


La luz azulada parpadeo unos instantes y finalmente acabo iluminando la estancia. El mármol frío y pulido reflejaba la luz de una manera extraña, casi irreal. Atravesé rápidamente la pequeña sala y bajé cuidadosamente las escaleras metálicas que descendían al sótano de la flamante y reformada iglesia. Giré a la derecha, recordaba perfectamente donde estaba situado el interruptor de la luz y lo pulsé. Está vez fue una mortecina luz amarilla la que iluminó de mala manera el largo y sombrío corredor que me separaba de la antigua capilla, la original, la que había permanecido oculta a la vista de los hombres, enterrada y sepultada por toneladas de escombros durante generaciones y que, por casualidades del destino, o no, hace tan sólo unos años apareció de la nada para ser partícipe de una lucha a muerte entre el bien y el mal o, mejor dicho, de la lucha a muerte por la supremacía entre dos especies antagónicas que el destino lleva enfrentando desde los albores del tiempo y que ahora medirán, de nuevo, sus fuerzas, cada una con sus propias y terribles armas.


Cuando hace unas tres semanas bajé por primera vez aquí, no pude ni por un instante imaginar que los dos amigos que me acompañaban dejarían este mundo de la manera que lo hicieron, ni me veía a mí mismo enfrentándome solo y aterrado al Devorador de almas, pero desgraciadamente ya no había vuelta atrás. Intenté recordar lo poco que sabia sobre el oscuro y escurridizo personaje al que me enfrentaba. La información me había llegado siempre en cuentagotas y de fuentes poco fiables, como suele pasar con la mayoría de las leyendas y retales de historia no “oficiales”, pero poco a poco fui filtrando lo real de lo inventado, lo plausible de lo imposible, lo terrenal de lo celestial y finalmente pude fijar una imagen más o menas correcta del personaje al que me enfrentaba, aunque ese conocimiento no me tranquilizaba lo más mínimo.


Después de consultar minuciosamente cantidades ingentes de libros apócrifos relacionados con diferentes culturas y religiones, de pergaminos milenarios próximos a la descomposición, de grabados lapidados en sepulturas ruinosas, de escritos prohibidos y ocultos a la vista de los neófitos, después de consultar miles de noticias aparecidas en diarios, revistas y manuscritos durante casi dos décadas, lo que parecía un ente inexistente sin forma ni cuerpo se tornó sombra y adquirió consistencia, y entonces la ficción se transformó en realidad y la realidad en pesadilla y la pesadilla ahora se escondía agazapada tras la puerta que me disponía a traspasar.


Serian ciertas todas las descabelladas y delirantes conclusiones e hipótesis a las que habíamos llegado mis compañeros difuntos y yo, o sólo serian simples conjeturas de unos locos amantes de los misterios… la verdad es que los cadáveres destripados y descuartizados de mis amigos me indicaban con toda probabilidad que sí, que el mal me esperaba impaciente al otro lado de la puerta, justo en el interior de la antigua capilla construida sobre una milenaria ermita pagana, situada a su vez sobre uno de los puntos energéticos del planeta y que para desgracia de nuestra “avanzada” civilización, desaparecieron en el olvido hace más de mil años.


Con los cataplines de corbata y el corazón en un puño, apreté con fuerza las nalgas en un acto instintivo, y abrí lentamente la puerta; con la agobiante sensación de que la inevitable y afilada guadaña de la Dama Negra, la mal llamada Muerte, me sesgaría la vida de un tajo, arrastrándola sin piedad al inframundo, pero no pasó nada de eso… lo que no me alivió lo más mínimo, ya que vislumbré perfectamente la silueta oscura y tenebrosa del Devorador recortándose lánguidamente sobre la mortecina luz de unas velas que se afanaban penosamente en tratar de mantener suficientemente iluminada la estancia.


-Pasa, te estaba esperando –dijo la sombra, con una voz que parecía salir del rincón más profundo y tenebroso del averno.

- Tenía la vaga esperanza de que no fueses real, y todo esto sólo fuera una terrible pesadilla de la que estaba a punto de despertar, pero veo que va a ser que no –le dije, intentando enmascarar el miedo que reflejaba mi voz.

- Veo que, pese a la inminencia de tu muerte, le echas valor –me contestó-, pero no tengas la menor duda de que al final acabaras suplicando, como hicieron muchos otros antes que tú.


Desde luego el cabrón tenía razón, estaba a punto de salir corriendo, pies para que os quiero, pero por alguna extraña razón, de esas que escapan a la comprensión humana, algo me detuvo. Debió ser un ataque de inconsciencia, seguro. O quizá no era precisamente eso, pero tampoco creo que fuese valentía, ni coraje, ni tan sólo un fugaz acto reflejo de orgullo, sino que, simplemente, era, creo, el instinto de supervivencia, esa sensación ancestral que habita en todos nosotros y que ha veces y sólo a veces consigue prevalecer por encima del miedo, y que me impedía salir corriendo, y me empujaba a enfrentarme, loco de mi, al Devorador de Almas.


Sorprendido por mi osadía, inconsciente por supuesto, la sombra dudó, tardando un instante en reaccionar, momento que aproveché para colocarme una gafas de visión nocturna protegidas con cristal reflectante, así podría mirar a los ojos de mi adversario sin miedo a que éste me devolviese la mirada, reflejando sobre mí las debilidades humanas que me habitaban, como solía hacer con la mayoría de sus victimas, las cuales acababan sucumbiendo ante el terrorífico poder de su mirada, convirtiéndolos en auténticos locos sedientos de sangre con el único objetivo de odiar, matar y descuartizar a todo aquel que se encontrase a su alcance, hasta que acababan proyectándolo sobre sí mismos, en un macabro y despiadado aquelarre suicida.


Deducción a la que llegué tras ojear los informes de las autopsias realizadas a los cadáveres de mis amigos, y que tras manifestar que los hechos eran sin duda extraños e inexplicables, concluían, casi con certeza, que las victimas se habían descuartizado a sí mismos, lo cual no tenía ninguna lógica científica para ellos, pero sí para mí, lo que abría un pequeño resquicio a la esperanza. Quizá, la fuerza del mal, la maldad intrínseca, no residía en su siervo, sino que habitaba en nosotros.


La fuerza del Devorador radicaba en su poder para extraer lo bueno que existe en nosotros, dejándonos dentro lo peor, la parte más animal, la base primita no extinta, el mal en estado puro que sin un alma que lo contenga se apodera de nosotros, nos posee y nos destruye. Pero yo no tenía ninguna intención de correr esa suerte, me gustaba demasiado mi alma, con sus cosas buenas, malas y regulares, y no iba a consentir, por poco que estuviera en mi mano, ser el menú del Devorador. Porque eso era lo que había estado haciendo durante siglos el maldito demonio: alimentarse de almas para poder vivir eternamente a costa de la humanidad.

-Aún recuerdo cuando llegamos a este planeta –dijo el puto demonio- éramos miles, habíamos escapado de nuestro planeta en busca de nuevos mundos donde poder alimentarnos y reproducirnos, pero para desgracia nuestra caímos en este maldito lugar, una tierra baldía, desierta y primitiva habitada únicamente por bestias y animales carentes de cualquier tipo de alma. De los miles de nuestra especie que llegamos a este planeta sólo varias docenas conseguimos sobrevivir, gracias a que algunos de los nuestros tenían conocimientos genéticos con los que, después de muchos fracasos, pudimos modificar varias especies autóctonas y crear un ser con alma del que poder alimentarnos, y durante milenios hemos deambulado como sombras alimentándonos de las mejores almas, de las más puras, de las más avanzadas y de todas aquellas que podían conseguir con sus conocimientos, pensamientos, ideas o visiones que la humanidad evolucionase hacia algo mejor, algo que no pudiéramos controlar, y eso no nos interesaba, no podíamos consentirlo y, por esa razón, allí donde un ser humano despuntaba nosotros aparecíamos y lo destruíamos, o al menos lo intentábamos ya que últimamente muchos de ellos se nos han escapado y han conseguido llevar a buen termino sus ideas y sus descubrimientos, lo que ha hecho que la humanidad avance más deprisa de lo que nosotros deseábamos.


Esta revelación me puso los pelos de punta, no por lo que significaba el horrible banquete con el que se habían estado homenajeado a nuestra costa, sino por el número de comensales que habían participado y, peor todavía, por los que, parecía, aún lo seguían haciendo; lo que significaba que mi trabajo se multiplicaba, y tendría que trabajar a destajo para intentar eliminar de nuestro planeta, esta plaga infecta. Por lo que, sin más demora, salté sobre el engendro alienígena agarrándolo por las dos manos y obligándole a mirarme fijamente, cosa que él hizo instintivamente esperando reflejarse en mis ojos para, así, alimentarse de mi alma, pero lo único que encontró fue el reflejo de los suyos sobre el espejo de mis gafas.


La tenue luz del amanecer iluminaba la vieja ciudad, las calles se desperezaban ajenas a los acontecimientos que se avecinaban, mientras yo caminaba hacia mi destino, orgulloso del trabajo bien hecho y preocupado pensando en que, la tan cacareada crisis económica y social que azotaba el planeta no me afectaba lo más mínimo, ya que, ahora, se me multiplicaba el trabajo.


Tímida e indolente la ciudad se desperezaba a un nuevo amanecer, elevando sobre las calles un rumor, un ruido de fondo que poco a poco amortiguaba los gritos desesperados, los alaridos aterradores de un ser enloquecido, autodestructivo y avocado a su extinción, encerrado en el interior de una vieja capilla, cuya llave, oculta en el bolsillo de mi chaqueta, no dejaba de acariciar mientras saboreaba mi primer triunfo, la primera de las muchas batallas que se avecinaban.



Con los últimos gritos desvaneciéndose lánguidamente en la distancia, me alejé rápidamente del lugar, con un único objetivo en la cabeza: intentar localizar El Libro, la reliquia sagrada que me permitiría destruir al resto de los Devoradores de Almas que deambulan por el planeta, y a ser posible antes de que ellos me destruyan a mí… o, en el mejor de los casos, a alguno de vosotros.





Escrito por Rapanuy

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails