sábado, 12 de marzo de 2011

Y POR ESO, SEGURAMENTE, SEGUIREMOS ESTANDO IGUAL O PEOR. Parte segunda





Tiempo al tiempo, sentenció el viejo camarero desde el otro lado de la barra. El mundo se acaba, dijo, como si no fuera con él, como si el mundo allá afuera fuese una realidad alternativa de la que podías entrar y salir cruzando, tan sólo, el umbral de la puerta; una especie de dimensión paralela ensoñada que penetraba en nuestras vidas, únicamente, cuando la nombrábamos o hablábamos de ella.


Entorné levemente las cejas y noté como el camarero captaba mi escepticismo ante sus palabras. Cansadamente, resopló largamente: como el padre que reconoce que sus explicaciones no acaban de disipar las dudas del hijo, y que necesita reforzar su dialogo para hacer entender a éste, algo que para él es sencillo y lógico.


El tenaz camarero, en un ademán mecánico, limpio el mostrador de la vieja barra que nos separaba. Apoyó los codos en ella, y realizó un ligero movimiento con los dedos para que me acercase un poco más a él. Me extrañó, ya que nos encontrábamos completamente a solas en el bar, pero aparqué a un lado las dudas y me aproximé lo suficiente para escuchar, entre susurros, la terrible y desafortunada historia de Dorian.


Mira hijo –comenzó diciendo-, este mundo está como está, debido única y exclusivamente a la forma de ser y comportarse de los seres que lo habitan. Ya podemos intentar consolarnos echándole la culpa al cambio climático, a la perdida de valores, al capitalismo, al comunismo, al Sionismo, a la Iglesia Católica o al Islam; incluso podríamos imaginar que es culpa de una fatídica y casual conjunción de planetas, o a cualquier otro cataclismo cósmico real o imaginario. La verdad es que me da igual como lo llamemos. La única y verdadera razón, es que seguimos siendo nosotros mismos, los mal llamados humanos: civilizados y avanzadamente estúpidos.

Definitivamente, comenzaba a dudar de si este tipo estaba realmente en sus cabales, o le faltaba un tornillo; parecía uno de esos locos iluminados, un lunático salido directamente de la dimensión desconocida o del psiquiátrico de la esquina. Pero necesitaba saber, de primera mano, la información que, pese a lo extravagante que parecía, aseguraba conocer.


Va, viejo -le dije-, no te andes por las ramas y cuéntame lo que he venido a escuchar.

Tienes razón hijo, a veces me invade un pesimismo crónico y galopante que me hace divagar sobre temas mundanos y sin solución posible. Ahora, escucha atentamente y tiembla, -dijo-. No será para tanto, pensé, y me dispuse a escuchar. Y la verdad es que, una vez acabada su narración, sentí un ligero escalofrió recorriendo mi cuerpo; el relato había sido espelúznate, terriblemente descarnado y revelador.


Pagué y me despedí del barman. Al salir del local sentí la extraña sensación de que el mundo a mi alrededor había cambiado, algo en mi interior se estremeció al presentir que el relato, sin duda, era cierto. Comencé a caminar. Llevaba el estomago revuelto y las manos sudorosas. Mantenía la mirada perdida en el horizonte mientras mi mente divagaba en busca de una posible solución, una leve rendija que abriese la puerta a una débil pero esperanzadora escapatoria, porque, sino, con Dorian suelto por ahí haciendo de las suyas, lo teníamos jodidamente crudo con la que se nos venía encima.


Aún resonaba en mi mente la delirante historia del barman: “Hay veces que es mejor vivir en la ignorancia y habitar el olvido. Desconocer el pasado implica deambular por el presente sin ataduras ni deudas. Conocer de donde venimos nos obliga a valorar lo que tenemos y lo que debemos, por eso, permanecer indoctos nos permite huir de la responsabilidad adquirida gracias al sacrificio y las acciones de nuestros antepasados; personas, anónimas y valientes, que afrontaron los problemas de su tiempo para que nosotros pudiésemos vivir mejor, o, al menos, tener una, aunque frágil, oportunidad de sobrevivir a nuestro tiempo”.

Sin duda se le había ido la pinza al viejo. Y yo, allí sentado, perdiendo el tiempo mientras me esforzaba por continuar escuchando su demencial narración.


“Desde que los hombres, esa subespecie de Sapiens, deambulara libremente sobre la faz de la tierra haciendo y deshaciendo a su antojo, matando y muriendo sin piedad, amando y odiando a partes iguales a prójimos y fulanos; dedicados incansablemente a construir a diestro y siniestro para después volverlo a destruir todo de nuevo, avanzando con más pena que gloria, pero, al fin y al cabo, pensando y decidiendo por propia voluntad lo mejor y lo peor para sí y para los demás –condición humana, supongo-, los dioses, esas entidades sobrenaturales que manipulan la naturaleza y el destino, están en pie de guerra contra la humanidad. Enfadados y disgustados con su prole. Parece como si el experimento se les hubiese ido de las manos y, desde lo más profundo del cosmos, observasen disgustados como los seres, hechos a imagen y semejanza, tratan de alzar el vuelo tímidamente, intentando volar solos en un mundo cruel y despiadado, iluminando la oscuridad a su paso mediante la razón, el esfuerzo y el amor, aunando sacrificios y voluntades gracias a su inquebrantable e inagotable voluntad”.


El puto viejo se remontaba al inicio de los tiempos con una facilidad pasmosa; sólo le faltaba mentar la Sagrada Biblia y largarme algún versículo sobre como Dios, al tercer día, creó a la puta madre que nos parió. Pero no hubo, por más que lo intenté, manera humana de que acelerase el devenir de los acontecimientos, por lo que me tragué, a palo seco y sin vaselina, doscientos siglos de historia humana; un tanto sui géneris, eso sí, ya que se entretuvo en aderezarla con retales de su propia cosecha, y no tuve más remedio que escuchar su personal visión de la historia antigua, esperando, ansioso, que llegase a la parte que realmente me interesaba: el por qué el Creador insufló vida al ser llamado Dorian, el Devorador de Almas.


Finalmente, después de enumerar sistemáticamente el auge y declive de varias civilizaciones y sus dirigentes, de los que sólo me sonaban vagamente algunos como: Alejandro de Macedonia, Cesar, Gengis Kan, Darío, Jerjes, Keops, Bizancio, Aníbal, Constantino, Carlomagno y otros mil más, que ni me sonaban, ni me hacían tilín, ni tolón, ni nada de nada. Será, sin duda, digo yo, por el penoso sistema educativo con el que, desgraciadamente, nos ha tocado crecer.

Y para colmo, hay que joderse, no dudó en mencionar, sistemáticamente, las consiguientes y sucesivas extinciones de razas, pueblos y ciudades; y la invención de religiones y filosofías que el tiempo olvidó y sepultó en las arenas del pasado, junto a nombres que en su día dejaron una huella indeleble en el acerbo colectivo, tales como: Abraham, Aristóteles, Jesús, Confucio, Moisés, Copérnico, Mahoma, Darwin, Descartes, Diocleciano, Sófocles, Einstein, Platón, Julio Verne, Escipión, Galileo, Newton, Gandhi, Gutemberg, Herodoto, Sócrates, Hemingway, Huxley e infinidad de otros nombres que se me escapan. Personajes que no entendía muy bien por qué los citaba y, sobretodo, cual era la razón que los vinculaba con aquél a quien yo andaba buscando. Hasta que por fin, comencé a vislumbrar una tenue sombra junto a todos esos personajes, una extraña forma, oscura y tenebrosa, que se movía furtivamente por el borde descosido de la historia; una presencia fugaz que los libros modernos nunca han reflejado, pero que los textos y manuscritos de la antigüedad, por poco que uno se entretenga en ojear, sí dejaron una constancia escrita de su presencia, y de la influencia que ejerció en la vida de todos esos personajes históricos. Y que ahora, retornaba del pasado para seguir modelando, a su antojo, el incierto destino de los hombres.


Giré la esquina y crucé la calle. A veces, cuando perdía el norte, y la brújula de la vida giraba sin sentido, solía refugiarme en la nostalgia y el recuerdo; entonces, deambulaba por lugares conocidos y añorados. Antiguos lugares que conseguían hacer reflotar agradables recuerdos de épocas lejanas y, casi siempre, mejores.

La puerta ajada y descolorida de la vieja librería crujió al abrirse, mientras una delatora y roída campanilla sonaba alertando al silencio de mi llegada. Un maravilloso mundo de libros antiguos y de segunda mano se extendía ante mí, ajenos al polvo que los cubría y al deterioro que sufrían, gracias al paso del tiempo, y que les otorgaba un valor añadido, del que sus jóvenes hermanos, más nuevos y vistosos, carecían. Un lugar en el que me solía zambullir de vez en cuando, sobretodo cuando andaba a la caza y captura de información: ese conocimiento esquivo, huidizo y misterioso que gusta de habitar lugares privilegiados, rincones escondidos, sepultado bajo estantes, deseando ser encontrado el día menos pensado y ofrecer generosa y altruistamente toda su sabiduría.

Caminé hasta el fondo, por un pasillo flanqueado por muros construidos por hileras interminables de libros maravillosos que te obligaban a parar o, al menos, a detener la mirada en la mayoría de ellos. Lou, el áspero y metódico librero, solía permanecer sentado junto a su ordenador la mayor parte de la jornada, actualizando y ampliando su extenso catalogo. Conectado a Internet, sondeaba continuamente el mercado de segunda mano, a la caza y captura de manuscritos antiguos, de textos únicos, de libros descatalogados y obras desconocidas; o de cualquier objeto con un valor cultural o de conocimiento fuera de lo común. Lou era así, un jodido ratón de biblioteca. Un apasionado del conocimiento. Un loco chalado de las letras. Justo lo que yo necesitaba para salir de dudas, confirmar mis sospechas y despejar la densa bruma que oculta la verdadera y dramática historia de nuestros antepasados.



Continuará… o no, ya veremos.





Creado por Rapanuy.

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