jueves, 17 de noviembre de 2011

EL ESTADO DE BIENESTAR, UN BRINDIS AL SOL.



Llevo tiempo dándole vueltas al tema, y pese a los diferentes ángulos con los que he intentado enfocarlo, el engranaje lógico de la realidad que nos rodea sigue chirriando de manera estrepitosa, algo no cuadra en todo esto, y además tengo la extraña sensación de que nos estamos volviendo a equivocar… Vamos, que la estamos cagando de nuevo, ¡y ya son demasiadas veces! Espero que cualquier tropiezo de estos no nos hunda definitivamente en el lodo de la desesperación y quedemos aparcados en la cuneta, olvidados en el margen del camino, ese sendero desconocido y sinuoso que intentan recorrer todas las sociedades, en la eterna búsqueda del progreso, el bienestar y la felicidad.

Desde la prehistoria, ese concepto tan ambiguo de nuestros propios recuerdos, y que nunca deja a nadie satisfecho, ya que las dudas que genera sobre lo que fue, como fue y, sobre todo, cuando pasó, no depende tanto de la realidad en sí misma como de los que escriben esa supuesta realidad histórica. Si la demagogia, las religiones, el fanatismo o el afán de poder no hubiesen hecho el daño que han hecho en bibliotecas, ágoras, monasterios y museos, quemando y destruyendo reliquias, libros y pergaminos e intentando borrar los verdaderos recuerdos, el ancestral conocimiento adquirido por civilizaciones más antiguas y evolucionadas, ahora otro gallo nos cantaría, pero la realidad es que estamos así porque nos lo merecemos. ¡Nadie!, y repito, ¡nadie!, salvo nosotros mismos, nos hemos puesto en esta situación. Aquí solamente hay un culpable: ¡nosotros!, y, pese a quien le pese, creo firmemente que es así.

La era de los Tecnócratas ha llegado, no es algo nuevo, ya pasó en épocas anteriores y en contextos parecidos, pero el alcance que ha adquirido en la actualidad debido a la globalización de este mundo cada vez más estrecho, lo hace ser terriblemente preocupante y mucho más peligroso.

Cinco mil años intentando construir una sociedad utópica basada en conceptos más o menos originales que variaban dependiendo del contexto de la época, y que se han ido puliendo a base de ensayo y error. Sociedades enteras se han construido siguiendo un modelo que luego se ha visto relegado al ostracismo por nuevos conceptos e ideas que a su vez han desaparecido bajo la irrupción de modelos de gestión más modernos, y que a su vez han creado gobiernos mucho mejores y más complejos, y que de un día para otro desaparezcan de un plumazo tiene su qué.

¿La casta política corre peligro de extinción con la irrupción de los Gestores? ¿Los Tecnócratas puros y asépticos nos dirigirán a partir de ahora? ¿ESO ES LO QUE NOS ESPERA?

La terrible crisis que nos está vapuleando a todos, ha calado más hondo de lo que creíamos. La realidad de nuestros propios excesos nos devuelve al día a día de lo que somos, y nos aleja de esa utopía que pretendimos alcanzar en un alarde de soberbia irracional, somos los Ícaros modernos, hemos pretendido, una vez más, codearnos con las deidades, alcanzar el cielo y acariciar el astro rey para fundirnos en un cálido abrazo, y nuevamente nos hemos calcinado.

Si analizamos el ruido de fondo que se eleva sobre el sunami que nos devora, oiremos frases lapidarias como:

-“No estamos tan mal”, diría un dirigente futbolero…, pero no es verdad.

-“Ya vemos los brotes verdes”, diría un dirigente político…, pero tampoco es verdad, aunque era primavera, no eran esos los brotes que todos esperábamos ver.

-“No os preocupéis que ahora entramos nosotros”, diría otro dirigente político…, pero tampoco es verdad que puedan arreglar demasiado. El daño está hecho, la herida es demasiado profunda y además ha tocado órganos vitales, y lo peor de todo es que partes de nuestro organismo se quedarán por el camino, la sociedad civil se resquebraja, los edificios que custodian el estado del bienestar se agrietan separando aún más a las clases sociales, retrotrayéndonos a épocas oscuras de nuestra historia más reciente.

Los ciudadanos han perdido la protección del papá Estado que hace aguas por todos lados por su mala gestión, el pueblo se indigna y se agita, pero no se moviliza, no se organiza, y la desidia se apodera de las calles, los hogares no desahuciados se convierten en bunkers donde se afinan cada vez más almas desesperadas sin recursos ni futuro.

Con el hundimiento ideológico que conlleva la adoctrinación de esta nueva utopía, el mal llamado estado del bienestar, el liberalismo económico, la globalización, el todo por la pasta y el sálvese quien pueda, realmente lo tenemos crudo, y ahora nos quieren hacer creer que los políticos han fracasado y que el mundo es una gran fábrica que hay que gestionar, que hay que hacer productiva y además rentable, pretenden dejarnos sin fronteras, sin patria, sin criterios, sin puentes donde cobijarnos de la fría lluvia, prácticamente nos quieren dejar sin derechos, y además, pobres de nosotros, nos amenazan con abrir los nuevos sellos del Apocalipsis: la peste del paro, los desahucios y una eterna y oscura crisis mundial… para echarse a temblar.

Parapetado en un triste y húmedo rincón del habitáculo-hogar donde malvivo esperando que me embarguen por impago de hipoteca, y sin nada que echarme a la boca desde hace días porque no recibo prestaciones sociales desde hace meses, sin familia ni amigos, ni nadie que me pueda ayudar ya que el estado ha declarado la banca rota, en una situación de anarquía total aprovecho mi última carta, y lanzo este mensaje a la red, al océano de la información, me siento como un náufrago solitario en una isla desierta, sin escapatoria, sin ayuda y con lo único que tengo, que soy yo, a punto de desaparecer sin dejar rastro de lo que fui… por eso escribo estas últimas letras para que, si hay suerte, perduren algo más que yo.



P.D. Siempre nos quedará la esperanza de que el ave Fénix renazca de nuevo de sus cenizas convertida en un ser mejor y más fuerte.

La humanidad ha de enfrentarse de nuevo a ese reto, e intentar no sucumbir en el empeño si no quiere que otra especie domine de nuevo la faz de esta pequeña bola azul suspendida en el firmamento que llamamos, hogar.

domingo, 16 de octubre de 2011

Carta de una profesora. No creo que los políticos lleguen a entenderla.








Muy buena exposición y aclaración de porqué no se debe decir presidenta, que se enteren o aprendan los politicos que para empezar a serlo deberían tener mas formación.


En su Artículo I: De su definicion y division, hay un párrafo que dice:
Los participios activos son de una sola terminación que conviene al género masculino y femenino, y al artículo y pronombres neutros. 

 




Está escrito por una profesora de un instituto público.



CONTRA LA TONTUNA LINGÜÍSTICA , UN POCO DE GRAMÁTICA BIEN EXPLICADA


Yo no soy víctima de la LOGSE. Tengo 50 años y he tenido la suerte de estudiar bajo unos planes educativos buenos, que primaban el esfuerzo y la formación de los alumnos por encima de las estadísticas de aprobados y de la propaganda política. En párvulos (así se llamaba entonces lo que hoy es "educación infantil", mire usted) empecé a estudiar con una cartilla que todavía recuerdo perfectamente: la A de "araña", la E de "elefante", la I de "iglesia" la O de "ojo" y la U de "uña". Luego, cuando eras un poco más mayor, llegaba "El Parvulito", un librito con poco más de 100 páginas y un montón de lecturas, no como ahora, que pagas por tres tomos llenos de dibujos que apenas traen texto. Eso sí, en el Parvulito, no había que colorear ninguna página, que para eso teníamos cuadernos.

En Primaria estudiábamos Lengua Española, Matemáticas (las llamábamos "tracas" o "matracas") Ciencias Naturales, Ciencias Sociales, Plástica (dibujo y trabajos manuales), Religión  y Educación Física. En 6º de Primaria, si en un examen tenías una falta de ortografía del tipo de "b en vez de v" o cinco faltas de acentos, te suspendían.

En Bachiller, estudié Historia de España, Latín, Literatura y Filosofía.
Leí El Quijote y el Lazarillo de Tormes; leí las "Coplas a la Muerte de su Padre" de Jorge Manrique, a Garcilaso, a Góngora, a Lope de Vega o a Espronceda...


Pero, sobre todo, aprendí a hablar y a escribir con corrección. Aprendí a amar nuestra lengua, nuestra historia y nuestra cultura.
Y... vamos con la Gramática.


En castellano existen los participios activos como derivado de los tiempos verbales. El participio activo del verbo atacar es "atacante"; el de salir es "saliente"; el de cantar es "cantante" y el de existir, "existente". ¿Cuál es el del verbo ser? Es "ente", que significa "el que tiene entidad", en definitiva "el que es". Por ello, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se añade a este la terminación "-nte".

Así, al que preside, se le llama "presidente" y nunca "presidenta", independientemente del género (masculino o femenino) del que realiza la acción.

De manera análoga, se dice "capilla ardiente", no "ardienta"; se dice "estudiante", no "estudianta"; se dice "independiente" y no "independienta"; "paciente", no “pacienta"; "dirigente", no dirigenta"; "residente", no "residenta”.

Y ahora, la pregunta: nuestros políticos y muchos periodistas (hombres y mujeres, que los hombres que ejercen el periodismo no son "periodistos"), ¿hacen mal uso de la lengua por motivos ideológicos o por ignorancia de la Gramática de la Lengua Española ? Creo que por las dos razones. Es más, creo que la ignorancia les lleva a aplicar patrones ideológicos y la misma aplicación automática de esos patrones ideológicos los hace más ignorantes (a ellos y a sus seguidores).

No me gustan las cadenas de correos electrónicos (suelo eliminarlas) pero, por una vez, os propongo que paséis el mensaje a vuestros amigos y conocidos, en la esperanza de que llegue finalmente a esos ignorantes semovientes (no "ignorantas semovientas", aunque ocupen carteras ministeriales).

Lamento haber aguado la fiesta a un grupo de hombres que se habían asociado en defensa del género y que habían firmado un manifiesto. Algunos de los firmantes eran: el dentisto, el poeto, el sindicalisto, el pediatro, el pianisto, el golfisto, el arreglisto, el funambulisto, el proyectisto, el turisto, el contratisto, el paisajisto, el taxisto, el artisto, el periodisto, el taxidermisto, el telefonisto, el masajisto, el gasisto, el trompetisto, el violinisto, el ma quini sto, el electricisto, el oculisto, el policío del esquino y, sobre todo, ¡el machisto!

SI ESTE ASUNTO NO TE "DA IGUAL", PÁSALO POR AHÍ, A VER SI LE TERMINA  LLEGANDO A LA MINISTRA DE "IGUAL-DA"





lunes, 8 de agosto de 2011

LAS PRIMERAS LETRAS Y EL INICIO DE UN NUEVO IDIOMA.



Después de todo, iba a resultar que la extraña y vieja bruja tenía razón, y que, quizás y sólo quizás, me había equivocado al precipitar, que no provocar, su caída a los infiernos. Pese a que la mayoría de nosotros sabemos que la muerte suele llegar sin avisar y de la manera más inesperada, deberíamos estar preparados para poder abrazarla, llegado el caso, sin sentirnos demasiado sorprendidos por su inesperada visita, ya que lo único cierto que conocemos al llegar a este mundo es que algún día lo tendremos que dejar, y que, desde el mismo instante que vislumbramos el primer amanecer se inicia una loca e inútil carrera contra la eterna y despiadada Dama de la guadaña, carrera que, sin ningún atisbo de duda, acabaremos perdiendo, ya que la Muerte no cejará en su empeño de perseguirnos para, echándonos en el cogote su putrefacto aliento, esperar que tropecemos, desfallezcamos o desistamos en nuestra carrera por mantenernos con vida, y, así, conseguir atraparnos para enviarnos, de la manera más despiadada, a los oscuros y tenebrosos dominios de Caronte, el consabido barquero.  Por esa razón, siempre llevo colgadas de mi cuello un par de monedas de plata, por si esta amarga carrera que es mi vida decide finalizar bruscamente.

Me preguntaba si había sido una decisión imprudente eliminar a la Arpía, pero esas decisiones equivocadas vienen siendo una constante en mi existencia, lo que provoca, sin lugar a dudas, que mi alma ande cada vez más cerca de las fauces de Cerbero, el perro guardián del inframundo que, seguramente, colea ansioso olisqueando la llegada de mi putrefacta alma. Pero no adelantemos acontecimientos, no he llegado nunca puntual a una cita y no va a ser ésta la primera a la que llegue…, por mí, ya se puede morir esperando el puto perro de los infiernos.

Como predijo la Meiga, el resorte oculto en la grieta cedió y tras un leve crujido la roca se movió unos centímetros dejando al descubierto lo que parecía la entrada a una gruta, probablemente escavada de manera artificial en la montaña. La oscuridad era total por lo que esperé a que los ojos se adaptasen a la poca luz que penetraba por la estrecha grieta abierta tras de mí. Al poco mis ojos se habían adaptado a la escasa luz del interior de la cueva, compuesta únicamente por un reducido habitáculo de unos tres pies de alto por cuatro de largo, que al principio creí  totalmente vacío, pero que al acercarme más a la pared del fondo pude vislumbrar un pequeño sarcófago esculpido en la misma roca de la montaña, allí dentro debía estar sin duda lo que buscaba.

Después de meses de búsqueda, de sufrimiento y de la pérdida irreparable de seis de mis mejores hombres, ahora sabría si había valido la pena la búsqueda. Tenía ante mí la reliquia más valiosa de las tierras de alrededor y probablemente el documento primigenio que iniciaría el levantamiento de una nueva nación, una nación que estaba tomando forma a mi alrededor a pasos agigantados y que tras siglos de guerras, invasiones y rencillas entre señoríos dispersos ahora comenzaba a despuntar como una nación entre naciones, un faro de luz en un mundo en expansión, un estado que caminaba con paso firme hacia su hegemonía mundial y que para convertirse en lo que todos esperábamos debía comenzar construyéndose sobre la base de una nueva lengua, un idioma que pudiese unir definitivamente a todos sus pueblos, haciéndoles hablar su propia lengua, no el Latín o el Griego destinados a ser lenguajes utilizados únicamente por clérigos, comerciantes o nobles, ¡no!, el pueblo debía, necesitaba, poder utilizar un idioma común y propio, y eso estaba ahora en mis manos, mi objetivo era retornar al pueblo las primeras frases escritas en ese primigenio idioma, debía hacer emerger de entre las entrañas de esta oscura gruta los pergaminos que estaban destinados a sentar las bases de un nuevo idioma.

Ahora sin más demora debo llevar los pergaminos al cercano monasterio de Suso para que verifiquen su verdadero origen y me aseguren que es, realmente, lo que andaba buscando, y desde allí llevarlos hasta el recién construido monasterio de Yuso, para que los textos puedan quedar a buen recaudo bajo la custodia de sus monjes.

Mientras tanto, y sigilosamente, me alejo de la gruta situada en lo más alto de una de las montañas de la Sierra de la Demanda, e intento alcanzar el Valle del Cárdenas, ocultándome de la vista de posibles enemigos. Durante el peligroso descenso, cavilo en como el orden dominante intenta preservar su hegemonía sobre los pueblos conquistados, y es de sobras conocido que la mejor manera de subyugar a los pueblos para que no se rebelen contra los invasores es hacerles comulgar con la cultura dominante y, sobre todo, con la lengua, ya que está atará lazos de unión entre los diferentes pueblos que deberán convivir con los invasores en los territorios ocupados. Lo llegaron a conseguir, con cierta eficacia, Egipcios, Griegos, Romanos y Persas y otras muchas civilizaciones a lo largo de la historia, unos con mejor resultado que otros, pero todos conocedores del verdadero poder del lenguaje, y de la capacidad que tiene el idioma de unir a los pueblos, de hacerlos sentir parte de un todo que acabará por diferenciarlos del resto, por eso, en esta época de revueltas, de reconquista de territorios, el que aparezca un nuevo lenguaje que puedan hacer suyo los habitantes de estos pueblos en rebelión, puede ser, sin duda, un arma mucho más poderosa que el propio acero, la voluntad de un pueblo unido por unos ideales, un territorio y una cultura propia es una fuerza imparable que suele desembocar en la expulsión de los que no formen parte de la misma. Y la historia, acabará repitiéndose, en un bucle sin fin, consiguiendo que viejas civilizaciones, antaño orgullosas, se desmoronen y sean aplastadas bajo el poderío y el ímpetu de nuevas y ambiciosas civilizaciones.

Toco de nuevo las alforjas para asegurarme que los textos continúan en su interior, protegidos y  resguardados, a la espera de convertirse en la semilla cultural de una nueva lengua que, se intuye, florecerá a la sombra de una joven y emergente nación que intenta liberarse del yugo de unos invasores que durante siglos han ocupado sus tierras, y que han pretendido imponer su cultura, la mayoría de las veces a sangre y fuego, y que ahora parece que comienzan a perder fuelle, cediendo terreno y retrocediendo ante el empuje de lo que será en un futuro próximo un nuevo y poderoso reino, pero que de momento sólo habita en la imaginación de unos pocos.

Mientras atravieso las frías aguas del rio Cárdenas, noto desperezarse mis entumecidos músculos y como, rápidamente, se va desembotando mi maltrecha mente, lo que me permite observar a tiempo las hogueras que un grupo de sarracenos han encendido para poder custodiar y vigilar la orilla del rio.
-¡Maldita sea, por las reliquias de San Millán que no voy s a dejar que me atrapen!, -maldigo entre dientes y, rápidamente, decido dejar que la corriente me arrastre rio abajo, en esta época del año el rio fluye manso, y con un poco de suerte no tendré problemas en alcanzar un lugar seguro al otro lado del rio, en la orilla no vigilada. Aún me queda mucho camino hasta el monasterio. El nuevo amanecer comienza a despuntar mientras la oscuridad de la noche, fiel compañera de aventuras, perece a manos de la eterna luz del astro rey.

El más viejo de los monjes de Suso, observa los textos con extremada devoción, recitando extasiado los glosarios escritos al margen, de repente se detiene y, levantando la mano, llama a uno de los clérigos más jóvenes, que se acerca en silencio.
-Gonzalo –dice, el anciano-, necesitamos que memorices estas glosas antes de enviarlas al monasterio de Yuso, para que queden bajo su custodia, tienes escasamente el tiempo que tardamos en ensillarle un caballo al caballero Nuño- comenta el viejo monje.
Yo, no daba crédito a las palabras del monje, por lo que indagué sobre quién era ese joven clérigo, pero la única respuesta que obtuve de los silenciosos monjes fue que procedía de Berceo, un pueblo cercano, y que tenía cierta facilidad para las letras.

Mientras me alejaba del monasterio me preguntaba si realmente estos textos contribuirían a la creación de un lenguaje que pusiera en orden la manera de hablar que utilizábamos los habitantes de estas tierras y que se había convertido, con el tiempo, y de manera espontanea, en el lenguaje del pueblo.
Pero eso no dependía de mí, ahora mi misión, que se había transformado en algo casi sagrado, consistía en hacer que los textos lograsen llegar intactos al nuevo y protegido monasterio de Yuso, y pongo a Dios por testigo, y por la memoria de mis antepasados, que lo conseguiré.

martes, 3 de mayo de 2011

PUEDE QUE DESPUÉS DE TODO CONTINUEMOS IGUAL, PERO YA NO SEREMOS LOS MISMOS. Parte tercera y última.




La sangre, aún fresca, dibujaba en las paredes el abstracto y horrendo mapa de una terrible tragedia. Un ojo razonablemente adiestrado podía cartografiar perfectamente la secuencia macabra de un sangriento asesinato. El cuerpo de Lou yacía descuartizado sobre la vieja alfombra persa comprada hace años en un bullicioso bazar de las afueras de Bagdad. Más de una vez, Lou me había contado, entre trago y trago de armañac, la historia de esa destartalada alfombra, y de las peripecias que sufrió para poder sacarla, más o menos intacta, de esa milenaria ciudad situada a orillas del Tigris.


No conseguía asimilar la terrible tragedia. El dolor por su perdida era más intenso de lo esperado, alimentado quizá por la constatación de que era, posiblemente, uno de los pocos amigos que me quedaban… si es que me quedaba alguno vivo todavía, que comenzaba a dudarlo; porque la realidad es que, desgraciadamente, y aseguraría que no por casualidades del destino, todos han ido desapareciendo misteriosamente de una manera u otra. El círculo del mal se estrechaba cada vez más a mí alrededor, mientras el destino se encargaba, irónicamente, de dirigir mis pasos hacia un desenlace sangriento e inesperado.
Aún resonaba en mi mente, la conversación que mantuve con Lou, hace un par de días, en esta misma librería. La pasión por el conocimiento nos había unido hacia ya muchos años, creando una extraña relación, un vinculo inconexo y atípico, pese a que éramos totalmente diferentes en las formas, el aspecto y la manera de relacionarnos con los demás, y, sobretodo, en la manera de enfrentarnos al destino y encarar los problemas que la vida nos deparaba a la hora de intentar superar los obstáculos que el azar solía dejar, expresamente, en nuestro camino. Recuerdo haber entrado hasta el fondo de la vieja librería, y encontrarlo sentado ante su ordenador, como casi siempre:


– Te veo más nervioso de lo normal, Lou.

– ¡Joder, cómo para no estarlo! ¿Te ha llegado mi correo?

– Sí…, por eso estoy aquí. Cuando lo recibí no daba crédito, lo tuve que leer varias veces. Es ahora y sigo sin creerlo –le dije.

– Pues, no hay lugar a equívoco. No tengo la menor duda sobre su veracidad. Te cueste creerlo o no.

– Vamos por partes, cómo diría Jack, el destripador. Lo has contrastado con tu base de datos. Se lo has comentado a Logan –le pregunté nervioso.

– Desgraciadamente, Logan murió anoche en extrañas circunstancias. La policía lo encontró en su viejo apartamento del centro, horriblemente descuartizado. Dicen que todo el apartamento se encontraba salpicado con su propia sangre. Algunos agentes que conozco, comentaban que en los años que llevan pateando las calles, nunca habían visto nada parecido. Lo calificaron de espectáculo dantesco y nauseabundo. Algo difícil de asimilar. Otro horrible crimen relacionado, directa o indirectamente, con la maldición…Con esa sombra que tú y yo intuimos.


El recuerdo de la conversación que mantuve con Lou hace menos de dos días en este mismo lugar, ahora ensangrentado y precintado por la policía, reverberaba dolorosamente en mi interior. No podía alejar de mi pensamiento la absurda teoría que habíamos ideado; una delirante locura que  había ido cociendose, a fuego lento, en nuestras mentes, y que compartimos con nuestro, ahora difunto, amigo Logan. Era realmente descabellada, absolutamente diabólica, pero la constatación de los asesinatos y el hecho de que todo estuviese revuelto y la caja fuerte destrozada, evidenciaba que alguien, o algo, ansiaba encontrar el libro. La reliquia, que presumíamos falsa, se tornaba cada vez más real y, ahora lo sabia, mortalmente peligrosa. Ya se había llevado por delate a dos de mis mejores amigos, y si no andaba listo acabaría también conmigo, y la verdad es que no tenia ningunas ganas de dejar este mundo, al menos no ahora, y de ningún modo, de la misma manera que lo habían hecho mis compañeros. Aunque no lo parezca, a mí y a mis extremidades nos agrada sobremanera permanecer unidos, nos gusta estar pegaditos, y agradezco, quizá ahora más que nunca, sentir la calidez de mis seis o siete litros de sangre circulando por mi interior, aunque sea por venas y arterias obstruidas por el colesterol, y no tener que verlos tiñendo de escarlata suelos, techos y paredes, con o sin alfombras persas de por medio.


La noche caía desganada sobre la ruidosa ciudad, acallando paulatinamente los sonidos, la actividad y la tibia y mortecina luz del sol, dejando paso a las oscuras sombras ocultas en esa otra realidad que nos envuelve y que el día nos suele esconder.


Deambulé taciturno durante gran parte de la noche, valorando si debía o no enfrentarme cara a cara con un destino tejido al inicio de los tiempos, y del que no podía desligarme ni desentenderme, y del que sólo conseguía, como mucho, alejarme posponiendo lo inevitable. ¡Y entonces lo supe! En ese mismo instante tomé conciencia de la única alternativa posible; paré en seco mi caminar, desterré de mi mente cualquier atisbo de duda, y con la convicción de aquel que sabe que la batalla está pérdida pero la guerra podría ganarse ya que la razón y la verdad están de su lado, me lancé de cabeza contra lo inevitable. La suerte estaba echada, y no parecía muy dispuesta a apostar por mí… de momento.


La luz azulada parpadeo unos instantes y finalmente acabo iluminando la estancia. El mármol frío y pulido reflejaba la luz de una manera extraña, casi irreal. Atravesé rápidamente la pequeña sala y bajé cuidadosamente las escaleras metálicas que descendían al sótano de la flamante y reformada iglesia. Giré a la derecha, recordaba perfectamente donde estaba situado el interruptor de la luz y lo pulsé. Está vez fue una mortecina luz amarilla la que iluminó de mala manera el largo y sombrío corredor que me separaba de la antigua capilla, la original, la que había permanecido oculta a la vista de los hombres, enterrada y sepultada por toneladas de escombros durante generaciones y que, por casualidades del destino, o no, hace tan sólo unos años apareció de la nada para ser partícipe de una lucha a muerte entre el bien y el mal o, mejor dicho, de la lucha a muerte por la supremacía entre dos especies antagónicas que el destino lleva enfrentando desde los albores del tiempo y que ahora medirán, de nuevo, sus fuerzas, cada una con sus propias y terribles armas.


Cuando hace unas tres semanas bajé por primera vez aquí, no pude ni por un instante imaginar que los dos amigos que me acompañaban dejarían este mundo de la manera que lo hicieron, ni me veía a mí mismo enfrentándome solo y aterrado al Devorador de almas, pero desgraciadamente ya no había vuelta atrás. Intenté recordar lo poco que sabia sobre el oscuro y escurridizo personaje al que me enfrentaba. La información me había llegado siempre en cuentagotas y de fuentes poco fiables, como suele pasar con la mayoría de las leyendas y retales de historia no “oficiales”, pero poco a poco fui filtrando lo real de lo inventado, lo plausible de lo imposible, lo terrenal de lo celestial y finalmente pude fijar una imagen más o menas correcta del personaje al que me enfrentaba, aunque ese conocimiento no me tranquilizaba lo más mínimo.


Después de consultar minuciosamente cantidades ingentes de libros apócrifos relacionados con diferentes culturas y religiones, de pergaminos milenarios próximos a la descomposición, de grabados lapidados en sepulturas ruinosas, de escritos prohibidos y ocultos a la vista de los neófitos, después de consultar miles de noticias aparecidas en diarios, revistas y manuscritos durante casi dos décadas, lo que parecía un ente inexistente sin forma ni cuerpo se tornó sombra y adquirió consistencia, y entonces la ficción se transformó en realidad y la realidad en pesadilla y la pesadilla ahora se escondía agazapada tras la puerta que me disponía a traspasar.


Serian ciertas todas las descabelladas y delirantes conclusiones e hipótesis a las que habíamos llegado mis compañeros difuntos y yo, o sólo serian simples conjeturas de unos locos amantes de los misterios… la verdad es que los cadáveres destripados y descuartizados de mis amigos me indicaban con toda probabilidad que sí, que el mal me esperaba impaciente al otro lado de la puerta, justo en el interior de la antigua capilla construida sobre una milenaria ermita pagana, situada a su vez sobre uno de los puntos energéticos del planeta y que para desgracia de nuestra “avanzada” civilización, desaparecieron en el olvido hace más de mil años.


Con los cataplines de corbata y el corazón en un puño, apreté con fuerza las nalgas en un acto instintivo, y abrí lentamente la puerta; con la agobiante sensación de que la inevitable y afilada guadaña de la Dama Negra, la mal llamada Muerte, me sesgaría la vida de un tajo, arrastrándola sin piedad al inframundo, pero no pasó nada de eso… lo que no me alivió lo más mínimo, ya que vislumbré perfectamente la silueta oscura y tenebrosa del Devorador recortándose lánguidamente sobre la mortecina luz de unas velas que se afanaban penosamente en tratar de mantener suficientemente iluminada la estancia.


-Pasa, te estaba esperando –dijo la sombra, con una voz que parecía salir del rincón más profundo y tenebroso del averno.

- Tenía la vaga esperanza de que no fueses real, y todo esto sólo fuera una terrible pesadilla de la que estaba a punto de despertar, pero veo que va a ser que no –le dije, intentando enmascarar el miedo que reflejaba mi voz.

- Veo que, pese a la inminencia de tu muerte, le echas valor –me contestó-, pero no tengas la menor duda de que al final acabaras suplicando, como hicieron muchos otros antes que tú.


Desde luego el cabrón tenía razón, estaba a punto de salir corriendo, pies para que os quiero, pero por alguna extraña razón, de esas que escapan a la comprensión humana, algo me detuvo. Debió ser un ataque de inconsciencia, seguro. O quizá no era precisamente eso, pero tampoco creo que fuese valentía, ni coraje, ni tan sólo un fugaz acto reflejo de orgullo, sino que, simplemente, era, creo, el instinto de supervivencia, esa sensación ancestral que habita en todos nosotros y que ha veces y sólo a veces consigue prevalecer por encima del miedo, y que me impedía salir corriendo, y me empujaba a enfrentarme, loco de mi, al Devorador de Almas.


Sorprendido por mi osadía, inconsciente por supuesto, la sombra dudó, tardando un instante en reaccionar, momento que aproveché para colocarme una gafas de visión nocturna protegidas con cristal reflectante, así podría mirar a los ojos de mi adversario sin miedo a que éste me devolviese la mirada, reflejando sobre mí las debilidades humanas que me habitaban, como solía hacer con la mayoría de sus victimas, las cuales acababan sucumbiendo ante el terrorífico poder de su mirada, convirtiéndolos en auténticos locos sedientos de sangre con el único objetivo de odiar, matar y descuartizar a todo aquel que se encontrase a su alcance, hasta que acababan proyectándolo sobre sí mismos, en un macabro y despiadado aquelarre suicida.


Deducción a la que llegué tras ojear los informes de las autopsias realizadas a los cadáveres de mis amigos, y que tras manifestar que los hechos eran sin duda extraños e inexplicables, concluían, casi con certeza, que las victimas se habían descuartizado a sí mismos, lo cual no tenía ninguna lógica científica para ellos, pero sí para mí, lo que abría un pequeño resquicio a la esperanza. Quizá, la fuerza del mal, la maldad intrínseca, no residía en su siervo, sino que habitaba en nosotros.


La fuerza del Devorador radicaba en su poder para extraer lo bueno que existe en nosotros, dejándonos dentro lo peor, la parte más animal, la base primita no extinta, el mal en estado puro que sin un alma que lo contenga se apodera de nosotros, nos posee y nos destruye. Pero yo no tenía ninguna intención de correr esa suerte, me gustaba demasiado mi alma, con sus cosas buenas, malas y regulares, y no iba a consentir, por poco que estuviera en mi mano, ser el menú del Devorador. Porque eso era lo que había estado haciendo durante siglos el maldito demonio: alimentarse de almas para poder vivir eternamente a costa de la humanidad.

-Aún recuerdo cuando llegamos a este planeta –dijo el puto demonio- éramos miles, habíamos escapado de nuestro planeta en busca de nuevos mundos donde poder alimentarnos y reproducirnos, pero para desgracia nuestra caímos en este maldito lugar, una tierra baldía, desierta y primitiva habitada únicamente por bestias y animales carentes de cualquier tipo de alma. De los miles de nuestra especie que llegamos a este planeta sólo varias docenas conseguimos sobrevivir, gracias a que algunos de los nuestros tenían conocimientos genéticos con los que, después de muchos fracasos, pudimos modificar varias especies autóctonas y crear un ser con alma del que poder alimentarnos, y durante milenios hemos deambulado como sombras alimentándonos de las mejores almas, de las más puras, de las más avanzadas y de todas aquellas que podían conseguir con sus conocimientos, pensamientos, ideas o visiones que la humanidad evolucionase hacia algo mejor, algo que no pudiéramos controlar, y eso no nos interesaba, no podíamos consentirlo y, por esa razón, allí donde un ser humano despuntaba nosotros aparecíamos y lo destruíamos, o al menos lo intentábamos ya que últimamente muchos de ellos se nos han escapado y han conseguido llevar a buen termino sus ideas y sus descubrimientos, lo que ha hecho que la humanidad avance más deprisa de lo que nosotros deseábamos.


Esta revelación me puso los pelos de punta, no por lo que significaba el horrible banquete con el que se habían estado homenajeado a nuestra costa, sino por el número de comensales que habían participado y, peor todavía, por los que, parecía, aún lo seguían haciendo; lo que significaba que mi trabajo se multiplicaba, y tendría que trabajar a destajo para intentar eliminar de nuestro planeta, esta plaga infecta. Por lo que, sin más demora, salté sobre el engendro alienígena agarrándolo por las dos manos y obligándole a mirarme fijamente, cosa que él hizo instintivamente esperando reflejarse en mis ojos para, así, alimentarse de mi alma, pero lo único que encontró fue el reflejo de los suyos sobre el espejo de mis gafas.


La tenue luz del amanecer iluminaba la vieja ciudad, las calles se desperezaban ajenas a los acontecimientos que se avecinaban, mientras yo caminaba hacia mi destino, orgulloso del trabajo bien hecho y preocupado pensando en que, la tan cacareada crisis económica y social que azotaba el planeta no me afectaba lo más mínimo, ya que, ahora, se me multiplicaba el trabajo.


Tímida e indolente la ciudad se desperezaba a un nuevo amanecer, elevando sobre las calles un rumor, un ruido de fondo que poco a poco amortiguaba los gritos desesperados, los alaridos aterradores de un ser enloquecido, autodestructivo y avocado a su extinción, encerrado en el interior de una vieja capilla, cuya llave, oculta en el bolsillo de mi chaqueta, no dejaba de acariciar mientras saboreaba mi primer triunfo, la primera de las muchas batallas que se avecinaban.



Con los últimos gritos desvaneciéndose lánguidamente en la distancia, me alejé rápidamente del lugar, con un único objetivo en la cabeza: intentar localizar El Libro, la reliquia sagrada que me permitiría destruir al resto de los Devoradores de Almas que deambulan por el planeta, y a ser posible antes de que ellos me destruyan a mí… o, en el mejor de los casos, a alguno de vosotros.





Escrito por Rapanuy

sábado, 12 de marzo de 2011

Y POR ESO, SEGURAMENTE, SEGUIREMOS ESTANDO IGUAL O PEOR. Parte segunda





Tiempo al tiempo, sentenció el viejo camarero desde el otro lado de la barra. El mundo se acaba, dijo, como si no fuera con él, como si el mundo allá afuera fuese una realidad alternativa de la que podías entrar y salir cruzando, tan sólo, el umbral de la puerta; una especie de dimensión paralela ensoñada que penetraba en nuestras vidas, únicamente, cuando la nombrábamos o hablábamos de ella.


Entorné levemente las cejas y noté como el camarero captaba mi escepticismo ante sus palabras. Cansadamente, resopló largamente: como el padre que reconoce que sus explicaciones no acaban de disipar las dudas del hijo, y que necesita reforzar su dialogo para hacer entender a éste, algo que para él es sencillo y lógico.


El tenaz camarero, en un ademán mecánico, limpio el mostrador de la vieja barra que nos separaba. Apoyó los codos en ella, y realizó un ligero movimiento con los dedos para que me acercase un poco más a él. Me extrañó, ya que nos encontrábamos completamente a solas en el bar, pero aparqué a un lado las dudas y me aproximé lo suficiente para escuchar, entre susurros, la terrible y desafortunada historia de Dorian.


Mira hijo –comenzó diciendo-, este mundo está como está, debido única y exclusivamente a la forma de ser y comportarse de los seres que lo habitan. Ya podemos intentar consolarnos echándole la culpa al cambio climático, a la perdida de valores, al capitalismo, al comunismo, al Sionismo, a la Iglesia Católica o al Islam; incluso podríamos imaginar que es culpa de una fatídica y casual conjunción de planetas, o a cualquier otro cataclismo cósmico real o imaginario. La verdad es que me da igual como lo llamemos. La única y verdadera razón, es que seguimos siendo nosotros mismos, los mal llamados humanos: civilizados y avanzadamente estúpidos.

Definitivamente, comenzaba a dudar de si este tipo estaba realmente en sus cabales, o le faltaba un tornillo; parecía uno de esos locos iluminados, un lunático salido directamente de la dimensión desconocida o del psiquiátrico de la esquina. Pero necesitaba saber, de primera mano, la información que, pese a lo extravagante que parecía, aseguraba conocer.


Va, viejo -le dije-, no te andes por las ramas y cuéntame lo que he venido a escuchar.

Tienes razón hijo, a veces me invade un pesimismo crónico y galopante que me hace divagar sobre temas mundanos y sin solución posible. Ahora, escucha atentamente y tiembla, -dijo-. No será para tanto, pensé, y me dispuse a escuchar. Y la verdad es que, una vez acabada su narración, sentí un ligero escalofrió recorriendo mi cuerpo; el relato había sido espelúznate, terriblemente descarnado y revelador.


Pagué y me despedí del barman. Al salir del local sentí la extraña sensación de que el mundo a mi alrededor había cambiado, algo en mi interior se estremeció al presentir que el relato, sin duda, era cierto. Comencé a caminar. Llevaba el estomago revuelto y las manos sudorosas. Mantenía la mirada perdida en el horizonte mientras mi mente divagaba en busca de una posible solución, una leve rendija que abriese la puerta a una débil pero esperanzadora escapatoria, porque, sino, con Dorian suelto por ahí haciendo de las suyas, lo teníamos jodidamente crudo con la que se nos venía encima.


Aún resonaba en mi mente la delirante historia del barman: “Hay veces que es mejor vivir en la ignorancia y habitar el olvido. Desconocer el pasado implica deambular por el presente sin ataduras ni deudas. Conocer de donde venimos nos obliga a valorar lo que tenemos y lo que debemos, por eso, permanecer indoctos nos permite huir de la responsabilidad adquirida gracias al sacrificio y las acciones de nuestros antepasados; personas, anónimas y valientes, que afrontaron los problemas de su tiempo para que nosotros pudiésemos vivir mejor, o, al menos, tener una, aunque frágil, oportunidad de sobrevivir a nuestro tiempo”.

Sin duda se le había ido la pinza al viejo. Y yo, allí sentado, perdiendo el tiempo mientras me esforzaba por continuar escuchando su demencial narración.


“Desde que los hombres, esa subespecie de Sapiens, deambulara libremente sobre la faz de la tierra haciendo y deshaciendo a su antojo, matando y muriendo sin piedad, amando y odiando a partes iguales a prójimos y fulanos; dedicados incansablemente a construir a diestro y siniestro para después volverlo a destruir todo de nuevo, avanzando con más pena que gloria, pero, al fin y al cabo, pensando y decidiendo por propia voluntad lo mejor y lo peor para sí y para los demás –condición humana, supongo-, los dioses, esas entidades sobrenaturales que manipulan la naturaleza y el destino, están en pie de guerra contra la humanidad. Enfadados y disgustados con su prole. Parece como si el experimento se les hubiese ido de las manos y, desde lo más profundo del cosmos, observasen disgustados como los seres, hechos a imagen y semejanza, tratan de alzar el vuelo tímidamente, intentando volar solos en un mundo cruel y despiadado, iluminando la oscuridad a su paso mediante la razón, el esfuerzo y el amor, aunando sacrificios y voluntades gracias a su inquebrantable e inagotable voluntad”.


El puto viejo se remontaba al inicio de los tiempos con una facilidad pasmosa; sólo le faltaba mentar la Sagrada Biblia y largarme algún versículo sobre como Dios, al tercer día, creó a la puta madre que nos parió. Pero no hubo, por más que lo intenté, manera humana de que acelerase el devenir de los acontecimientos, por lo que me tragué, a palo seco y sin vaselina, doscientos siglos de historia humana; un tanto sui géneris, eso sí, ya que se entretuvo en aderezarla con retales de su propia cosecha, y no tuve más remedio que escuchar su personal visión de la historia antigua, esperando, ansioso, que llegase a la parte que realmente me interesaba: el por qué el Creador insufló vida al ser llamado Dorian, el Devorador de Almas.


Finalmente, después de enumerar sistemáticamente el auge y declive de varias civilizaciones y sus dirigentes, de los que sólo me sonaban vagamente algunos como: Alejandro de Macedonia, Cesar, Gengis Kan, Darío, Jerjes, Keops, Bizancio, Aníbal, Constantino, Carlomagno y otros mil más, que ni me sonaban, ni me hacían tilín, ni tolón, ni nada de nada. Será, sin duda, digo yo, por el penoso sistema educativo con el que, desgraciadamente, nos ha tocado crecer.

Y para colmo, hay que joderse, no dudó en mencionar, sistemáticamente, las consiguientes y sucesivas extinciones de razas, pueblos y ciudades; y la invención de religiones y filosofías que el tiempo olvidó y sepultó en las arenas del pasado, junto a nombres que en su día dejaron una huella indeleble en el acerbo colectivo, tales como: Abraham, Aristóteles, Jesús, Confucio, Moisés, Copérnico, Mahoma, Darwin, Descartes, Diocleciano, Sófocles, Einstein, Platón, Julio Verne, Escipión, Galileo, Newton, Gandhi, Gutemberg, Herodoto, Sócrates, Hemingway, Huxley e infinidad de otros nombres que se me escapan. Personajes que no entendía muy bien por qué los citaba y, sobretodo, cual era la razón que los vinculaba con aquél a quien yo andaba buscando. Hasta que por fin, comencé a vislumbrar una tenue sombra junto a todos esos personajes, una extraña forma, oscura y tenebrosa, que se movía furtivamente por el borde descosido de la historia; una presencia fugaz que los libros modernos nunca han reflejado, pero que los textos y manuscritos de la antigüedad, por poco que uno se entretenga en ojear, sí dejaron una constancia escrita de su presencia, y de la influencia que ejerció en la vida de todos esos personajes históricos. Y que ahora, retornaba del pasado para seguir modelando, a su antojo, el incierto destino de los hombres.


Giré la esquina y crucé la calle. A veces, cuando perdía el norte, y la brújula de la vida giraba sin sentido, solía refugiarme en la nostalgia y el recuerdo; entonces, deambulaba por lugares conocidos y añorados. Antiguos lugares que conseguían hacer reflotar agradables recuerdos de épocas lejanas y, casi siempre, mejores.

La puerta ajada y descolorida de la vieja librería crujió al abrirse, mientras una delatora y roída campanilla sonaba alertando al silencio de mi llegada. Un maravilloso mundo de libros antiguos y de segunda mano se extendía ante mí, ajenos al polvo que los cubría y al deterioro que sufrían, gracias al paso del tiempo, y que les otorgaba un valor añadido, del que sus jóvenes hermanos, más nuevos y vistosos, carecían. Un lugar en el que me solía zambullir de vez en cuando, sobretodo cuando andaba a la caza y captura de información: ese conocimiento esquivo, huidizo y misterioso que gusta de habitar lugares privilegiados, rincones escondidos, sepultado bajo estantes, deseando ser encontrado el día menos pensado y ofrecer generosa y altruistamente toda su sabiduría.

Caminé hasta el fondo, por un pasillo flanqueado por muros construidos por hileras interminables de libros maravillosos que te obligaban a parar o, al menos, a detener la mirada en la mayoría de ellos. Lou, el áspero y metódico librero, solía permanecer sentado junto a su ordenador la mayor parte de la jornada, actualizando y ampliando su extenso catalogo. Conectado a Internet, sondeaba continuamente el mercado de segunda mano, a la caza y captura de manuscritos antiguos, de textos únicos, de libros descatalogados y obras desconocidas; o de cualquier objeto con un valor cultural o de conocimiento fuera de lo común. Lou era así, un jodido ratón de biblioteca. Un apasionado del conocimiento. Un loco chalado de las letras. Justo lo que yo necesitaba para salir de dudas, confirmar mis sospechas y despejar la densa bruma que oculta la verdadera y dramática historia de nuestros antepasados.



Continuará… o no, ya veremos.





Creado por Rapanuy.

jueves, 6 de enero de 2011

POR ESO, SEGURAMENTE, ESTAMOS COMO ESTAMOS. Parte primera.





La vida no había sido nada fácil para Dorian. Desde su más tierna infancia, experimentó en carne propia las crueles y voraces mordeduras del hambre, y las insoportables caricias del dolor más atroz que la mente humana haya podido jamás imaginar, por lo que, la pena y el sufrimiento fueron siempre sus eternos e inseparables compañeros de viaje, junto al desprecio infinito que la humanidad solía regalarle día sí, día también. Buenas razones, sin duda, para odiar al mundo y a los parásitos bípedos que lo habitaban, los mal llamados humanos.

La Naturaleza, la Vida, Dios o quien coño sea, a veces se ceba de forma despiadada con alguna de sus frágiles criaturas, quien sabe con que intenciones, quizá para probar la resistencia de su obra, o la maleabilidad ante la presión, o el aguante frente a la corrosión y el deterioro físico y mental. Posiblemente quiera constatar la fragilidad que sufren ante el desaliento y la soledad, o quizá quiera conocer, de primera mano, cual es el limite en el que la mente humana se colapsa, se transforma y deja de ser humana para convertirse en algo diferente… algo inhumano que, tras alcanzar un nivel tal de vejaciones, humillaciones y desprecio consigue hacer emerger un ser maligno, una bestia abominable engendrada por el odio y la ignorancia, con un alma de destino incierto. Experimentos peligrosos en manos de poderes caprichosos.


Dorian, a lo largo de su amarga existencia, fue acumulando rencor y odio a partes iguales, mientras en algún rincón oscuro y tenebroso de su alma iba gestándose un cáncer incansable y maligno que crecía alimentándose vorazmente del mal que el mundo reflejaba constantemente sobre él. Su deformidad física no era, sólo, la causa del rechazo visceral por el que las personas lo repudiaban, había algo más en él, una sensación extraña que se adhería tenazmente al alma de todos aquellos que, valientes o entupidos, se atrevían a acercarse lo suficiente para sentir la oscura y sobrenatural energía negativa que éste les transmitía, y que hacia saltar todas las alarmas genéticas humanas, activando un oculto sexto sentido primitivo, reminiscencia de un pasado salvaje, de una época vivida en los albores del tiempo, una cualidad intuitiva primigenia que el desarrollo evolutivo humano no había conseguido extinguir del todo, y que de vez en cuando, y ante un estimulo lo suficientemente fuerte, afloraba a la superficie para advertirnos de que un peligro mas allá de toda lógica permanecía oculto a la vista inquisitoria del raciocinio humano. Quizás no seamos, todavía, seres tan sapiens como pensamos… quien sabe.


Hasta donde se conoce y se tiene registro, la terrible historia de Dorian se remonta al día mismo de su nacimiento, ya que de sus padres no hay referencia alguna en ninguna parte.

La noche se presentaba tranquila y sosegada en el viejo hospital de las monjas benedictinas de San Genaro, la ronda de medianoche había transcurrido sin mayores incidencias, y las pocas hermanas que permanecían en el turno de noche se habían retirado a descansar, o se dedicaban a rezar sus salmos nocturnos en la antigua capilla. Cuentan, que la vieja y destartalada campana de la entrada sonó nítida y metálica varias veces, rompiendo el silencio de la noche, y despertando a la mayoría de las monjas de sus sagrados sueños, o de sus diabólicas pesadillas, según los pecados de cada una. Muchas, bajaron extrañadas a ver que pasaba, ya que sabían que desde hacia al menos veinte años la pequeña y deteriorada campana, situada en la entrada principal, no emitía más sonido que un quejumbroso y tenue repiqueteo oxidado. Dicen, que al abrir el portal de entrada se encontraron a una mujer sola y medio muerta que, postrada sobre un charco de agua y sangre, estaba a punto de dar a luz. Como pudieron, trataron de acomodarla en un paritorio, e intentaron salvarle la vida, pero todo fue inútil, la pobre mujer falleció allí mismo, dejando este mundo entre horrendos alaridos de dolor e ininteligibles blasfemias, expresadas en un idioma desconocido, al menos para las monjas. El cuerpo inerte de la desconocida permanecía estirado sobre un ensangrentado camastro, mientras las monjas rezaban por el alma de la difunta, pero en su interior aun palpitaba una vida, un ser en su interior luchaba por sobrevivir, y, desgraciadamente, sin la ayuda de alguien que lo trajese al mundo, no vería la luz de un nuevo día, pero por suerte, o no, esas pobres monjas estaban allí, preparadas, y puede que si hubiesen sabido por un instante el engendro que escondía el vientre inerte del todavía caliente cadáver, quizá se lo hubiesen pensado dos veces. Pero no lo hicieron, y poniéndose manos a la obra le practicaron una cesárea, y del vientre materno surgió un ser de pesadilla, un alma maldita destinada a vagar eternamente entre las sombras de los hombres sin poder llegar a ser nunca uno de ellos, aunque él, en muchos momentos de su miserable existencia, llegó a considerarse un hombre de pleno derecho, con sus propios defectos, sí, pero humano al fin y al cabo. Son, sin duda, esos misterios insondables de la caprichosa naturaleza.


Dorian era un ser frágil, callado y misterioso. De piel extremadamente blanca, y cabello claro, casi cristalino. Podía haber pasado perfectamente, según los cánones bíblicos, por un ser angelical, sino fuese por un pequeño detalle: la blancura terrorífica de sus ojos, unos ojos sin pupila ni iris, dotados de una mirada vacía y angustiosa que delataba su procedencia diabólica, y que le permitían ver el mundo tal como era realmente… oscuro, tenebroso y caótico, poblado por infinidad de almas en pena con corazones podridos repletos de odio y temor. Por eso, dicen, nadie conseguía mantener mucho tiempo su mirada, por temor o por miedo, ya que ésta, desnudaba la esencia maligna de los seres humanos.


Las monjas horrorizadas no consintieron que el engendro permaneciese mucho tiempo junto a ellas en el hospital, y lo entregaron finalmente a un orfanato cercano, dando así inicio a la terrorífica leyenda de Dorian, el Devorador de Almas.


La primera noticia que me llegó de la existencia de la leyenda del Devorador de Almas fue de mi abuelo paterno, un viejo y loco cascarrabias al que nadie tomaba en serio, pero que a mi y a mis primos nos fascinaba, sobre todo cuando nos contaba fantásticas y delirantes historias que, decía, había escuchado en sus largos e interminables viajes a través del mundo y sus peligrosos y bellos mares y océanos, gracias a su profesión de marino mercante. Muchos veranos, durante mi infancia, los pasé escuchando sus locas y entretenidas historias, y de todas ellas la que más me impactó fue la del Devorador de Almas, un ser de ojos terribles, blancos y fríos como el hielo, que con una simple mirada podía penetrar en lo más profundo de los seres y arrebatar de sus almas lo poco de bueno y puro que éstas albergaban, dejando cuerpos vacíos de todo sentimiento de bondad y alegría, y que se llenaban rápidamente de lo peor de cada uno, la parte más animal y malvada del ser humano afloraba, dando rienda suelta a todo el odio, la depravación y la maldad que los humanos son capaces de generar consciente o inconscientemente. De esta manera el Devorador de Almas absorbía todo lo bueno y puro de las personas, para, tal vez, se preguntaba mi abuelo, ganarse un sitio en el paraíso, previo pago en especias, o quizá fuese simplemente el deseo malvado de traer el infierno a la tierra, transformando a los seres humanos en demonios, o en viles y esperpénticos moradores del inframundo, eso no me quedó muy claro de pequeño, y ahora de grande menos.


Recuerdo perfectamente la segunda vez que tuve conocimiento del escalofriante personaje: fue hace varios meses, y ya habían transcurrido más de veinte años desde que mi abuelo, al amparo de la luz de la luna, en las calurosas noches veraniegas de mi infancia, se entretenía asustándome con sus fantásticas historias.

Estaba preparándome una escasa y ligera cena mientras miraba, como de costumbre, el noticiario de la noche, las imágenes se sucedían vertiginosas tras el cristal pixelado de la pantalla del televisor, y de repente, la imagen se congeló, igual que mi alma, manteniendo la instantánea de un rostro inquietante, aterrador, maligno. Un espectro casi olvidado aparecía de nuevo en mi vida, y esta vez en carne y hueso. La imagen no daba lugar a dudas, el Devorador de Almas caminaba de nuevo entre nosotros fagocitando lo mejor de las almas a las que ponía la vista encima, y dejando toda la maldad inherente en las personas, habitando carcasas vacías, consumidas por el odio y el dolor, por eso, seguramente, el planeta está como está, y no de otra manera…

… pero esa es otra historia.




Por Rapanuy.

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