domingo, 19 de diciembre de 2010

EL CAFÉ




La tarde amenazaba de nuevo lluvia. Si no conseguía apretar un poco más el paso, seguramente acabaría mojándome, con las consecuencias nefastas que eso conllevaba, así que crucé la calle sin mirar, últimamente andaba más despistado que de costumbre.El sonido estridente del claxon de un taxi me advirtió de mi imprudencia, al tiempo que escuché como el conductor blasfemaba algo sobre algún miembro de mi familia, además de no sé qué sobre mi orientación sexual, o… que me diesen por culo, no sé, la verdad es que ni lo entendí ni me importó lo más mínimo.


Al poco, como era previsible, y sin necesidad de anunciarse, la lluvia se precipitó sobre la triste y decrepita ciudad. Alcé temerosamente la vista hacia el cielo, mientras éste se derramaba amargamente a mí alrededor, notando como la piel de mi rostro se irritaba al contacto con las gotas de agua. Lejos quedaban aquellas sensaciones refrescantes y purificadoras de antaño, actualmente la lluvia acida era una maldición constante para los que, diariamente, malvivíamos callejeando bajo la impía protección de esta contaminada y vetusta ciudad. Lo mejor seria, pensé, refugiarse en algún maldito garito y tomar algo caliente mientras arreciaba la tormenta. Normalmente habría bajado al subterráneo, pero el ultimo derrumbe sepultó varias líneas del metro, dejando incomunicada por el subsuelo a media ciudad, y obligando a la mayoría de los parroquianos a aventurarse al exterior y a realizar sus desplazamientos por las desgastadas y solitarias calles, exponiéndose a la maldita lluvia, que no dejaba de azotar y abrasar, día y noche la exhausta y moribunda ciudad.

Por desgracia, no conocía esta parte de la ciudad, ya que me solía mover la mayor parte del tiempo por el subsuelo, bajo la tranquilizadora protección de una capa de varios metros de rocas, alquitrán, cemento y acero. Había semanas esteras en las que la luz del sol no conseguía reflejarse directamente sobre mi rostro, que se había tornado extremadamente pálido por cierto, cosa que, alguno de los pocos amigos cuerdos que me quedaban, aprovecharon para apodarme "Rostro Pálido", y así tocarme la moral un rato -jodidos cabrones-, si no fuera porque tenían los días contados, yo mismo me los habría cargado hace tiempo, pero no había porque precipitar los acontecimientos… todo llegaría a su tiempo... El final se avecinaba raudo y despiadado.


En una vieja y destartalada marquesina de neón, situada al otro lado de la calle, se podía leer, no sin cierta dificultad, "Café Abisinia". La titilante iluminación de los neones que adornaban el rotulo, parecieron hipnotizarme, y pese al riesgo que representaba cruzar la calle con la que estaba cayendo, me cubrí como pude de la mortal lluvia, y corrí como un poseso, atravesando la calle hasta llegar a las puertas de la cafetería. Dentro, sólo había dos parroquianos que, por la pinta, debían llevar varios días sin salir del maldito antro, y que, salvo unas ligeras miradas que reflejaron un: “Otro loco inconsciente, de esos a los que les gusta arriesgar la vida pululando bajo la lluvia corrosiva”, no me prestaron excesiva atención.

Tras el mostrador, un viejo camarero de rasgos arábigos y ojos penetrantes, me recibió con una sonrisa, y me invitó a sentarme cerca de la barra, pero no sin antes advertirme que debía atravesar lentamente y con los brazos abiertos, el túnel de aire caliente que servia para secar cualquier rastro de lluvia acida que pudiese llevar sobre mí, por aquello de la corrosión, ya sabéis.

-Vaya tiempecito, eh, amigo -comentó el camarero, dirigiendo una mirada de fastidio hacia la lluvia que se precipitaba en el exterior.

-¡Joder, ni que lo diga, cada vez está la cosa peor! -le contesté.

-Y peor dicen que se pondrá… Comentan por ahí, que ya se han comenzando a vender impermeables forrados de amianto -dijo el fulano ataviado con un mandil de fregaplatos.

-Eso he escuchado -le respondí-, la verdad es que si no morimos abrasados por la puta lluvia corrosiva, nos matará el jodido cáncer producido al entrar en contacto con la fibra de amianto.

-La culpa la tiene, según dicen en Internet, la facilidad con la que el dichoso acido atraviesa los plásticos, peuveces y derivados –puntualizó el camarero.

-No sé, pero la verdad es que la cosa está tan jodida que mantenerse un día más con la piel sobre los huesos, es un milagroso lujo -sentencié.

-Amen, hermano, amen –replicó el camarero.

Mientras comentábamos la nefasta situación en la que se encontraba el mundo, y, como cualquier hijo de vecino que se precie, divagábamos tratando de arreglarlo, la tormenta seguía arreciando allá fuera, parecía como si el cielo se fuese a desplomar sobre la tierra anegándola irremisiblemente. Por un breve momento, la idea de que un “benévolo” dios desatase sobre la faz de la tierra un redentor y devastador diluvio universal, borrando de un plumazo todo vestigio sobre esta vetusta y desastrosa civilización, se cruzó por mi mente, pero la idea se diluyó instantáneamente de mi pensamiento al detectar mi olfato un aroma inconfundible, un olor exuberante que creía extinguido y que consiguió retrotraer mi consciencia a una época añorada, un pasado lejano en el que solía disfrutar mucho más de la vida y de sus placeres y, sobre todo, de la fragancia cautivadora y maravillosa del aroma y del sabor de un buen café.


La decadencia del sistema financiero había colapsado los mercados, y el flujo de materias primas, sobretodo las perecederas, sufrió un desplome mundial que obligó a los países del primer mundo a autoabastecerse de alimentos. Con unos recursos limitados, debido a la dependencia que durante décadas los países del primer mundo habían tenido de los alimentos que les suministraban los países tercermundistas, el mercado se desabasteció, y los alimentos dejaron de fluir hacia los países más ricos, lo que generó un conflicto de magnitudes planetarias que acabó sumiendo a la Tierra en un caos político y económico sin precedentes. Se desataron cruentos conflictos y guerras devastadoras. Se hundieron economías y se desmembraron naciones, lo que fracturó el equilibrio entre las grandes potencias y sumió al planeta en el desorden y la anarquía, y que lo acabó llevando al borde de un abismo ecológico y climático, en el que a día de hoy todavía nos encontramos… Pero no rememoremos las sombras del pasado, y centrémonos en ese exquisito olor que gravita en el ambiente, y no nos vallamos por los cerros de Úbeda.

-Perdona, amigo, eso que huelo es café –le pregunté, obviando la respuesta.

-No lo dudes ni un instante, y no es un café cualquiera, sino una exquisitez tostada a fuego lento con la leña talada de las mismísimas laderas boscosas de la extinguida y milenaria Abisinia, ahora llamada Etiopia.

-¿No es ahí donde, dicen, nació la historia del café? –le comenté para hacerme un poco el ilustrado.

- No sé si podríamos utilizar Abisinia como lugar de compañía, o si los inicios de la historia del café se deberían situar en una zona en concreto y en un tiempo determinado, pero sí tengo muy claro de donde me han llegado los granos de café que estoy moliendo con tanto cariño en mi viejo molinillo, como antaño hicieron los monjes jesuitas cuya receta ha sobrevivido, durante generaciones, hasta el día de hoy.

-O sea, que tienes café de contrabando, y me quieres convencer que te lo ha mandado un primo tuyo, y además me lo quieres colar como café con pedigrí… ¡vamos, no me jodas!

-Veo que estas puesto en el tema, ¡eh! –respondió el camarero, con cierta ironía.

-Es más un conocimiento práctico que teórico -le dije-, ya que me he recorrido, por abajo y por arriba, buena parte de esta destartalada ciudad en busca de los pocos lugares donde aun, pese a la que está cayendo, pueda saciar mi ansia de cafeína y gozar por un instante de los pocos placeres que quedan en esté agónico planeta.

-Y que yo mantendré caliente en mi cafetería –gritó el dueño del local-, hasta que la maldita lluvia acabe filtrándose por techos y paredes, y termine corroyendo el corazón y las entrañas de este local.

-Pues a mí, mientras el edificio aguante en pie, y continúes teniendo granos que moler, vengan de donde vengan, como si te dedicas a cultivarlos en el sótano de abajo, me da igual, lo único importante en los próximos cinco minutos será: saborear, como si fuera el último, el café que me vas a poner… y que sea corto, por favor.





Dedicado a M.C.R.

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