lunes, 22 de noviembre de 2010

EL CUENTO DE LA NIÑA DEL BOSQUE


Eran tiempos de cambio para las gentes del interior. Las nuevas reformas sociales y el crecimiento desmesurado de las grandes ciudades atraían ingentes cantidades de personas. Gentes sencillas de provincia que se veían empujadas sin remisión hacia las masificadas urbes. Personas que, por encima de todo, anhelaban una vida mejor, algo tan sencillo como prosperar, y acabaron convertidos en buscadores de sueños.


Se vivía el albor de un nuevo siglo, el inicio de una nueva y prometedora época que pretendía dejar atrás un viejo y arcaico mundo rural. Un mundo de tradiciones, de ancestros, de mitos y leyendas que marcaron la vida de esos pueblos durante cientos de generaciones, y que configuraron un modo de vida hermético, específico y localizado en las comarcas rurales del interior profundo, y casi siempre aisladas entre si.


La fantástica historia de la niña del bosque se ubica en esta época de cambios, en ese espacio de tiempo en el que la sociedad no tenia muy claro hacia donde dirigir sus pasos, pero si tenían muy presente de donde venían y cual es su legado.


Todo se inició en una solitaria y minúscula población, perdida en lo más profundo de algún pequeño valle rodeado de espesos y frondosos bosques. La aldea descansaba, tranquila y placida, ajena a los acontecimientos que estaban a apunto de suceder. Mientras, sus confiados habitantes moraban sus sueños y sus pesadillas en la irreal seguridad de sus hogares, unos hogares pensados para servir de protección y cobijo ante la rigurosidad de un invierno que solía dejarse caer por estos paramos de la forma más tempestuosa y gélida posible, y que tenia la mala costumbre de cubrirlo todo con una húmeda capa homogénea y cegadoramente blanca.


Pero la historia que narraremos hoy, no sucedió durante uno de esos terribles y fríos inviernos, sino que fue un poco antes, justo cuando el bosque comenzaba a desplegar esas bellas tonalidades ocres y marrones que anunciaban el inicio del otoño. Y fue en esa época cuando los pueblos de las zonas rurales comenzaron a despoblarse, y los bosques comenzaron a quedarse vacíos de niños.


De siempre, los más pequeños habían recorrido los senderos boscosos, arrastrado sus pequeños pies a través del manto de hojas, caídas y oxidadas, consiguiendo que un polvillo caprichoso y travieso se colase por los orificios de la nariz haciéndoles estornudar, y esto tan simple les hacia reír y ser felices.

También, muchos niños solían estirarse sobre el manto mullido que formaban las hojas caídas, y allí tumbados soñaban con aventuras de hadas y magos, de príncipes y princesas, de nomos y elfos, de duendes y animales mitológicos… y, mientras soñaban, eran felices.


La alegría de los niños se transmitía por el bosque. La felicidad de estos niños impregnaba todos los rincones de la foresta, se contagiaba a los árboles, a los arbustos y los troncos, a las hojas, animales, e insectos, y finalmente, llegaba a la tierra y al agua, y esta energía regeneraba y mantenía vivo el bosque.


Desde el principio de los tiempos había sido así, y nuestros antepasados lo sabían, por eso vivían en los bosques o cerca de ellos. Por eso los niños siempre se sentían a gusto deambulando por los bosques, y estos, a su vez, los acogían con agradecimiento.

Pero llegó el día en el que las risas ya no se oían en el bosque. Sí, llegó ese terrible día en el que la alegría no se transmitió, y dejó de fluir la tan necesaria energía… y se inició una muerte anunciada.

Sin la felicidad y la alegría de los niños el bosque agonizaba. Sin sus risas el bosque se moría lentamente, y con él toda la vida que lo albergaba.


Durante mucho tiempo no se oyeron risas en el bosque, sólo se oía el ligero murmullo de un llanto… el del bosque agonizando.


Por eso, cuando un día se escucharon las suaves pisadas de una niña sobre la seca hojarasca, todos en el bosque contuvieron el aliento.


Unas ruidosas ardillas corrieron a agruparse en una gruesa y alta rama para poder observar mejor a la anhelada intrusa, y se quedaron extrañadas de que ésta no estuviese feliz y alegre. ¿Cómo podía ser que un niño no disfrutase jugando en el bosque? ¿Por qué no se dedicaba a correr y saltar, a jugar?, se preguntaba un viejo búho de ojos grandes y saltones. Y sobre todo, decían unos pequeños nomos parapetados bajo unas grandes setas, ¿por qué no se ríe? ¿Por que no está alegre?

Qué les había pasado a los niños. Quizás se habían olvidado de ser felices, o quizás es que en las ciudades no había bosques. O, simplemente era que estaban tristes… quien sabe, la verdad es que podía ser cualquier cosa, pero lo cierto es que no había tiempo para especular, la supervivencia del bosque dependía de esa niña. Había que retenerla, y conseguir que, al menos, dejase escapar una sonrisa, una carcajada, y mucho mejor si conseguía dejar atrás la tristeza, y comenzase a ser feliz.


El bosque se movilizó rápidamente. Los animales se gruñían unos a otros, los pájaros graznaban, las ranas croaban, y los grillos grillaban. Se balanceaban las plantas, se rozaban las ramas de los árboles, todo para transmitir un mensaje, para intentar localizar y advertir al único que podía conseguir ponerse en contacto con la niña, el último de una raza casi extinta.

Y por fin, el mensaje llegó, y uno de los últimos elfos del bosque acudió a la llamada, y como es costumbre en ellos, se movió con rapidez y sigilo.


Para que la niña no se asustase, el elfo se colocó dentro del tronco hueco de un viejo árbol, y utilizando sus poderes le habló, pero no con la voz, sino con el pensamiento. Le dijo que el bosque la necesitaba, le explicó lo que otros niños hacían tiempo atrás, antes que ella. La enseño a reír, a disfrutar jugando en el bosque, a divertirse de la manera más sencilla. Le enseñó a valorar el hecho de que ser una niña, conlleva que algún día dejará de serlo y se hará mayor, crecerá y se hará adulta, perdiendo de esa manera, parte de la energía que el bosque necesita para sobrevivir.


Y la niña, finalmente, sonrió. Y aprendió a jugar y a ser feliz, y además se comprometió a traer más niños al bosque. Y, tan a gusto se encontraba que decidió no crecer y quedarse para siempre en el bosque, siendo eternamente una niña.


Y desde entonces cuentan que, si te adentras lo suficiente en el bosque, puedes oír su risa, puedes sentir sus carcajadas, puedes notar como su alegría y su felicidad se extiende por el bosque. Por eso, no dudéis ni un momento en dejar que los niños jueguen a su antojo por los bosques… pero no los dejéis mucho tiempo, no vaya a ser que les guste, y quieran quedarse eternamente.




Por Rapanuy.

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