jueves, 28 de octubre de 2010

LA PREMONICIÓN.



La noche se diluye sombría y sigilosa ante la llegada del nuevo día. El eterno ciclo hermético que constituye el día y la noche, parece romperse al albor de este nuevo amanecer. Lo único que parecía repetirse incansablemente en este lacónico mundo bipolar y caótico era: la sucesión imperecedera del alba y el ocaso. Sabíamos que tras la oscuridad de la noche emergía siempre la luz de un nuevo día; lo que ofrecía un mínimo de seguridad y equilibrio a todos los que viven y moran bajo su influencia, pero…, por lo que parece, este ciclo no es tan inmutable como pensábamos.

Sólo se recuerdan, y vagamente, dos hechos insólitos en los que el día y la noche parecieron querer rehuirse mutuamente; dos hechos puntuales que quedaron marcados en el inconsciente colectivo y en el acerbo cultural, y que sólo el tiempo ha conseguido borrar de la mente de los hombres.


Seguro que en el largo periplo que ha recorrido este planeta a través del universo, se han dado multitud de situaciones en las que el día no ha llegado a la hora prevista, y la oscuridad de la noche se ha extendido a lo largo de un periodo indeterminado por la asustada faz del planeta, sumergiéndolo en un caos terrorífico e inimaginable. Nunca llegaremos a saber como debían sentirse las personas, si es que las había, al ver como el sol no aparecía por el firmamento iluminándolo todo a su paso, repartiendo, a diestro y siniestro, vida y energía a todos los seres vivos, como siempre había ocurrido. Que tipo de cataclismo apocalíptico se nos viene encima, debían pensar los que lo sufrieron, para no dejar que la noche no de paso al día, y éste no pueda ejercer su energético poder sobre todas las cosas habidas y por haber. Así, seguramente, debía ser el principio de los tiempos: una eterna y gélida oscuridad. Un lúgubre y triste caos. Un pozo sin fin de miedo y desesperación… y de soledad. Y, ahora que lo pienso, debía ser algo parecido a lo que siente una parte importante de la humanidad, ya que existen, sin lugar a dudas, una ingente cantidad de seres que se encuentran, por desgracia, en la más absoluta de las soledades-oscuridades, y ahí, no hay ni Dios ni Edison que consiga alumbrarlos.


Lentamente la niebla que cubría la silenciosa ciudad fue disipándose. El calor de nuevo día ahuyentó la densa capa vaho que flotaba sobre las frías y húmedas calles adoquinadas. El sol irradiaba su energía con endiablada fuerza, y rápidamente el día barrió la noche de la memoria de los pocos que la habíamos podido, o querido, disfrutar. Y nuevamente la vida inundo las calles de esta vieja y cansada urbe, por lo que decidí irme a dormir hasta el atardecer y esperar al crepúsculo para reiniciar mi actividad.


Siempre he pensado que la noche da un significado diferente a la vida, que las personas que deambulan por la noche ven el mundo de manera diferente a como lo ven las personas que lo transitan de día.


La noche se inició tras un extraño y colorido atardecer, el cielo se tiñó de un rojo escarlata que amenazaba con desplomarse sobre la ciudad, ahogándola en una ensangrentada marea de tonos ocres y granates. Simuló el infierno sobre la tierra. Parecía como si el mal hubiese decidido engullir a la tierra y sus habitantes, enviándolos de cabeza a las mismísimas y sanguinolentas entrañas del averno.


La verdad es que en el ambiente se respiraba una tensa calma; debida, quizás, a que la luna llena se sostenía en el cielo diurno, presagiando infortunios y desgracias, como solían vaticinar lo más ancianos de lugar, anclados en sus viejas y extrañas supersticiones.

O quizás, era simplemente: que el tedio y el aburrimiento continuado y sistemático con los que nos envolvía la ciudad, su monotonía nos hacia ver en cualquier fenómeno anormal la excusa necesaria para dejar volar la imaginación, y así poder evadirnos del hastío, de la pereza y la indolencia de la vida diaria y sin sentido a la que nos veíamos abocados sin remedio millones de ciudadanos, convertidos en seres sin voluntad ni futuro.


Para muchas personas la noche significaba un estupendo momento de evasión, de escape; una manera de eludir la realidad, una salida, una luz al final del túnel, el único momento en el que la realidad de las cosas se hacia más transparente, más permeable. La noche daba sentido al día, a las obligaciones diarias. Daba cohesión a los sueños, los forjaba y los moldeaba para que después, durante el día, pudiesen llegar a buen término. La noche los creaba y el día los tejía, los zurcía con la energía que emanaba del astro rey, que con su aliento imperecedero insuflaba vida al mundo.


Y yo, extasiado, disfrutaba la noche, me dejaba acariciar por su oscuridad, imbuyéndome en sueños imposibles, sueños que el día era incapaz de ofrecerme. La noche me ofrecía una vida más excitante, más intensa, más placentera… La existencia se vive más y mejor a la sombra de las estrellas.


La noche, finalmente, llega a su fin. Me siento sobre las gastadas escaleras de un viejo edificio medio en ruinas, desde el que contemplo como los primeros rayos del sol ahuyentan con su luz, a la oscuridad redentora, relegando mis sueños, de nuevo, al rincón más profundo de mí ser. Por un momento, mientras la oscuridad de la noche me envuelve protegiéndome de la vida real, un pensamiento cruza mi mente como un recuerdo, o quizá sea, solamente, un conocimiento desconocido, reconvertido en instinto animal, o simplemente sea, una intuición antidiluviana, un residuo evolutivo de la especie a la que pertenezco. Da igual, la verdad es que me invade la extraña sensación de que algo anormal está a punto de suceder, de que los sueños y las pesadillas se pueden, finalmente, hacer realidad.


Una vibración intensa y anormal ha permanecido flotando persistentemente en el ambiente nocturno de la ciudad. Un ruido de fondo ha impregnado la noche, es la premonición de que algo está cociéndose en las entrañas del planeta. Los animales lo han notado, presentido, igual que alguno de nosotros, pese a que, hasta cierto punto, pretendemos estar por encima de eso, intentando permanecer humanizados.

Durante toda la noche, la banda sonora de la ciudad se convirtió en un continuo y desesperado ulular melancólico de multitud de canes, mezclado con los maullidos tristes y penetrantes, de los gatos callejeros, que compenetrados como una orquesta, no han parado de entonar un espeluznante y melódico canto de tragedia, muerte y desesperación.


¿Una premonición? Tal vez… Sí, sin duda algo extraño está a punto de acontecer, y será antes del amanecer. Seguro. Y no pienso perdérmelo; desde aquí tengo una vista inmejorable. Una butaca en primera fila para un acontecimiento irrepetible.


Y esperé, tranquilo y emocionado, a que el sol saliese… y seguí esperando, sin prisa, allí sentado.


Y llegó el día en el que el sol no salió. Y llegó el día en el que la noche relegó al día a la marginalidad, y la luz brilló por su ausencia. Y llegó el día en que la alegría se instaló en el corazón de unos pocos, y la tristeza perduró en el alma de muchos.


Y la noche se hizo eterna.



Por Rapanuy.

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