viernes, 21 de mayo de 2010

EL TESTAMENTO MALDITO





La vida se le escapa, ingrávida, a través de su última exhalación, mientras la condensación, tenue y blanquecina, se refleja, etérea, en la fría noche. Evanescencia efímera de un alma atormentada. La muerte se apodera de su cuerpo inerte, arropándole con el manto eterno y sosegado del olvido. La pesadilla ha terminado y, poco a poco, el tiempo diluirá los recuerdos de la mente de los hombres, hasta convertirlos en tenues sensaciones de algo que nunca ocurrió o, quizás, nos deje el amargo sabor de lo que realmente fue: un extraño y trágico sueño.

Todo comenzó tres días antes del solsticio de verano.

Las campanas sonaban nítidas desde la pequeña iglesia de estilo barroco que, construida hace más de doscientos años y situada a las afueras de la ciudad, todavía mantenía su antiguo campanario en funcionamiento, repicando a muerte cada vez que un feligrés abandonaba este mundo, para ascender al cielo o precipitarse a los infiernos. La función era clara, advertir a los del más allá que un alma viajaba en pos de la gloria divina o del eterno tormento.

Con el eco de las campanas aun reverberando en el ambiente del complejo funerario, una docena de extraños personajes se apiñaban en una pequeña, tosca e impoluta sala. Habían sido invitados a presenciar la cremación de un difunto, un extraño y desconocido personaje que, por extrañas y misteriosas razones, les incluyó en su testamento. Intrigados, contemplaban a través de una pared acristalada, como los funcionarios municipales preparaban el cadáver que debía ser incinerado, junto a sus pertenencias, en un austero y pulcro ataúd que, se intuye, acabará convertido en grisáceas y polvorientas cenizas.

En el ataúd reposan, efímeros, los restos mortales del difunto, junto a varios objetos que se pretende ardan con él y lo acompañen en su último y breve viaje.

Las dos monedas de plata, colocadas sobre sus parpados, hacen clara alusión al pago que se espera reciba el mítico barquero Caronte, que, dicen, transportará el alma del difunto a través del río de la vida y la muerte hacia el inframundo. Antigua creencia extendida desde hace poco, en muchos lugares y regiones de la zona, rememorando, viejos y deteriorados, ritos helénicos.

También depositan en el interior del ataúd un frasco acristalado de tonos verdosos que contiene, lo que parece ser, a simple vista, un aceite o sustancia viscosa, que algunos asistentes confunden con un tipo de perfume que se suele utilizar en algunas cremaciones para dar a las cenizas un ligero aroma vegetal. Sobretodo las que acaban adornando salones y chimeneas familiares.

Desgraciadamente, están equivocados y pronto se darán cuenta de ello, ya que el mal se aproxima a la tierra a poco más de un metro por segundo, la velocidad a la que la cinta transportadora introduce, lenta e inexorablemente, el féretro en el horno crematorio, que abre sus fauces, llameantes, engullendo otra alma maldita que acabará reducida a cenizas, iniciando con su extinción la chispa que extenderá el Apocalipsis por esta tranquila y desprevenida villa… condenando a sus indolentes y tristes lugareños.


-Bueno, señores y señoras acérquense, por favor. Voy a dar inicio a la lectura de los últimos designios escritos por el difunto, de su mismo puño y letra. -La voz del abogado retumba por toda la estancia, añadiendo más solemnidad, si cabe, al acto que esta a punto de iniciarse. Un murmullo inunda la sala apagando las primeras palabras del abogado.- ¡Silencio, por favor! Ruego un poco de calma… y así podremos finalizar lo antes posible,-vocifero el letrado-.

“Yo, Vladimir Podorosky, en plenas facultades mentales y desgraciadamente con las físicas bastante mermadas, dispongo en primer lugar: ¡que el mal se extienda como una plaga por la faz de la tierra! En segundo lugar: ruego a Satán que se apodere de mi alma convirtiéndome en su siervo por toda la eternidad. Y en tercer lugar, dejo para el final la parte que más os concierne a todos vosotros, tristes y desdichados mortales... Os dejo, el glorioso y digno honor de ser los únicos supervivientes que contemplarán maravillados mi última y gran obra maestra: el destructor de mundos.”

El silencio era sepulcral, los allí presentes no daban crédito a lo que aquel enclenque y deforme picapleitos les estaba narrando. El silencio pasó, breve pero intenso. Primero fueron carcajadas frenéticas, luego alguna voz increpó al abogado, paulatinamente fue creciendo la indignación de los presentes que se sentían engañados y estafados por lo que creían la ultima broma macabra de un viejo lunático. El deforme y jorobado sirviente, que es lo que era realmente el abogado, se dirigió, sin inmutarse, hacia la única puerta de la estancia, que comprobó estuviera cerrada desde fuera, como acordó que hiciera uno de los vigilantes, por el módico precio de treinta monedas de plata, aludiendo a un estudiado y sobrio simbolismo cristiano. El siervo, fiel a su amo, extrajo una daga ceremonial de más de mil años de antigüedad, usada durante generaciones en cientos de aquelarres para consumar macabros y sangrientos sacrificios, y, con la locura del que ve a la muerte cerca, hundió la fría y afilada hoja en su pecho, atravesando salvajemente su corazón. Sólo una débil promesa salio de su boca, “por mi amo”.

Ese día, los pocos que levantaron la vista hacia el caluroso y despejado cielo azul, vieron, extrañados, como un espeso humo de tintes verdes salía de la chimenea del crematorio y se desplazaba por el firmamento dispuesto, sin ellos saberlo, a extender el mal por el mundo.

Mientras tanto, en el interior del crematorio, los elegidos apartaron el cuerpo inerte del falso picapleitos e intentaron abrir la pesada puerta que los aislaba del mundo exterior. Al golpear la firme y reforzada puerta metálica se dieron cuenta de que les costaría abrirla. Durante tres días permanecieron prisioneros del edificio, hasta que, finalmente, consiguieron salir al exterior. Desgraciadamente para ellos el planeta había dejado de ser un lugar habitable para los seres humanos.

Una nueva era se iniciaba, y precisamente la raza humana no estaba en el punto más alto de la pirámide alimenticia… Multitud de ojos teñidos de rojo-odio les observaban desde el exterior, esperando ver recompensada la espera. Las presas finalmente se ponían a su alcance.


El destructor de mundos había hecho bien su trabajo.

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