martes, 13 de abril de 2010

LA PRESA.





El día a dejado paso a la oscuridad de la noche y la calle reclama mi presencia. La hora de alimentarse se inicia al ponerse el sol sobre la sombría ciudad. La delgada línea que separa la vida de la muerte está a punto de doblarse entre mis dedos cuando un ultimo aliento de vida escape de unos labios inocentes, que se marchitarán, lánguidamente, tras hundir mis colmillos, en su dulce y calida yugular, succionando con ansia apasionada la metálica y húmeda sangre que, un día más, alargará mi terrible existencia a cambio de otra mísera e insignificante vida humana.

Normalmente, acecho a las presas amparado en la oscuridad de la noche, deslizándome sigilosamente por calles desiertas, evitando la indiscreción de los portales, sorteando la mortecina luz que irradian las farolas que alumbraban las calles y aceras de esta trasnochada urbe. Pero hoy, me he encontrado, inexplicablemente, paseando y observando el ir y venir de mortales por las amplias avenidas, por los frondosos y casi desiertos parques. He recorrido angostos y laberínticos callejones contemplando, sorprendido, como los alegres y despreocupados jóvenes disfrutan de su breve existencia, abstrayéndose por unos instantes de los problemas diarios que esta mísera realidad se ha dignado a ofrecerles. Y por primera vez en muchos años me he preguntado el porqué de mi exótica existencia. Quizás, la soledad haya hecho mella en mí… Acaso, la esperanza no es una opción para un ser como yo…O tal vez, el paso de los siglos a secado y agrietado mi alma convirtiéndola en un árido y agrietado desierto. Yo, un engendro maldito, expulsado de los infiernos y condenado a vagar eternamente por esta sombría tierra de mortales, castigo cruel y eterno, por haber osado enfrentarme en su propia morada al mismísimo Belcebú. O, quizás, mi comportamiento es, simplemente, la efímera necesidad de volver a sentir, por unos instantes, la compañía de un ser afín con el que poder hablar, reír, llorar, añorando poder volver a vivir lo que antaño fui: un simple mortal.


Cavilando, distraído, sobre todos estos sentimientos que me embriagan, no me he percatado de la figura que se acerca, caminando indecisa, por la estrecha acera. Siento nítidamente los latidos de su corazón acelerarse por un temor irracional ante mi presencia. La calle esta desierta y alumbrada tenuemente por la azulada luz metálica del letrero de una pensión cercana. La joven cruza la calle en un acto instintivo de precaución, apresura sus pasos procurando alejarse de mi presencia, que desde luego le ha inspirado un sentimiento de intranquilidad.

De reojo la observo alejarse envuelta en las sombras de la noche, mientras me pregunto por qué no me he lanzado sobre ella y he consumado el ritual asesino, tantas veces repetido, que me mantiene con vida… No lo sé, la razón escapa a mi entendimiento, pero algo en esa chica me atrae irresistiblemente y me decido a seguirla.

La lluvia se precipita sobre la calle, salpicando el desgastado empedrado, que deja escapar en forma de tenue vapor el calor acumulado durante el día. La ciudad se torna lúgubre y mortecina al compás tintineante del suave aguacero. Deslizo mi figura por el resbaladizo adoquinado que forman las laberínticas callejuelas del centro de la urbe y persigo sigiloso a la joven presa. El olor de su pelo húmedo embriaga mi desarrollado olfato que capta tenues fragancias de perfumes entremezclados y un característico y familiar aroma a tierra mojada. Extraño, ya que el parque queda lejos y en este antiguo y decrepito barrio no hay resquicios para la tierra firme… Puede que se desprenda de una maceta colgada en algún engalanado balcón, o posiblemente algún tiesto situado el la cornisa de cualquier ventana, pero…Por un momento viejos e irreverentes recuerdos afloran desde lo más profundo de mi vetusta memoria, rememorando olores y sensaciones, ya casi olvidados, de mi primera he improvisada yacija de descanso diurno, en el que me veo obligado a permanecer hasta la eternidad. ‹‹Extraños recuerdos››, pienso para mí, mientras me aproximo cada vez más a la atemorizada e indefensa presa que trata de huir, sin saber que la decisión esta tomada y que no volverá a ver un nuevo amanecer sobre este mundo.
La sed se acentúa. El apetito se hace insoportable. El instinto dirige ahora mis pasos, la poca humanidad que despertó en mí esa figura femenina a desaparecido por completo aplastada por el ansia de alimentarme y sobrevivir. Amparado por la oscuridad, cómplice de mi maldad, salto brutalmente sobre la joven que sorprendida y aterrada se protege inútilmente de mi despiadado ataque… ¡Pero! Extrañamente, algo detiene mi ímpetu depredador y con una fuerza sobrehumana me lanza, como una triste marioneta, a través del aire frío y húmedo de la noche. Impacto dolorosamente contra el suelo adoquinado y maloliente, y antes de darme cuenta de lo que pasa noto sobre mí la figura de la mujer sujetándome con tal fuerza que consigue inmovilizarme, y acercando su rostro al mío me susurra al oído.

—Anciano has elegido mal a tu presa y hoy serás liberado de tu cruel destino.

Y sin más preámbulos clava sus afilados y fríos colmillos sobre mi yugular, succionándome la sangre, al tiempo que la vitalidad que yo creía eterna se escapa lánguidamente de mi ser.

Mientras mi cuerpo se seca y enfría la oscuridad insondable lo llena todo y sólo consigo pronunciar un lacónico y agradecido: “gracias”.

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