domingo, 19 de diciembre de 2010

EL CAFÉ




La tarde amenazaba de nuevo lluvia. Si no conseguía apretar un poco más el paso, seguramente acabaría mojándome, con las consecuencias nefastas que eso conllevaba, así que crucé la calle sin mirar, últimamente andaba más despistado que de costumbre.El sonido estridente del claxon de un taxi me advirtió de mi imprudencia, al tiempo que escuché como el conductor blasfemaba algo sobre algún miembro de mi familia, además de no sé qué sobre mi orientación sexual, o… que me diesen por culo, no sé, la verdad es que ni lo entendí ni me importó lo más mínimo.


Al poco, como era previsible, y sin necesidad de anunciarse, la lluvia se precipitó sobre la triste y decrepita ciudad. Alcé temerosamente la vista hacia el cielo, mientras éste se derramaba amargamente a mí alrededor, notando como la piel de mi rostro se irritaba al contacto con las gotas de agua. Lejos quedaban aquellas sensaciones refrescantes y purificadoras de antaño, actualmente la lluvia acida era una maldición constante para los que, diariamente, malvivíamos callejeando bajo la impía protección de esta contaminada y vetusta ciudad. Lo mejor seria, pensé, refugiarse en algún maldito garito y tomar algo caliente mientras arreciaba la tormenta. Normalmente habría bajado al subterráneo, pero el ultimo derrumbe sepultó varias líneas del metro, dejando incomunicada por el subsuelo a media ciudad, y obligando a la mayoría de los parroquianos a aventurarse al exterior y a realizar sus desplazamientos por las desgastadas y solitarias calles, exponiéndose a la maldita lluvia, que no dejaba de azotar y abrasar, día y noche la exhausta y moribunda ciudad.

Por desgracia, no conocía esta parte de la ciudad, ya que me solía mover la mayor parte del tiempo por el subsuelo, bajo la tranquilizadora protección de una capa de varios metros de rocas, alquitrán, cemento y acero. Había semanas esteras en las que la luz del sol no conseguía reflejarse directamente sobre mi rostro, que se había tornado extremadamente pálido por cierto, cosa que, alguno de los pocos amigos cuerdos que me quedaban, aprovecharon para apodarme "Rostro Pálido", y así tocarme la moral un rato -jodidos cabrones-, si no fuera porque tenían los días contados, yo mismo me los habría cargado hace tiempo, pero no había porque precipitar los acontecimientos… todo llegaría a su tiempo... El final se avecinaba raudo y despiadado.


En una vieja y destartalada marquesina de neón, situada al otro lado de la calle, se podía leer, no sin cierta dificultad, "Café Abisinia". La titilante iluminación de los neones que adornaban el rotulo, parecieron hipnotizarme, y pese al riesgo que representaba cruzar la calle con la que estaba cayendo, me cubrí como pude de la mortal lluvia, y corrí como un poseso, atravesando la calle hasta llegar a las puertas de la cafetería. Dentro, sólo había dos parroquianos que, por la pinta, debían llevar varios días sin salir del maldito antro, y que, salvo unas ligeras miradas que reflejaron un: “Otro loco inconsciente, de esos a los que les gusta arriesgar la vida pululando bajo la lluvia corrosiva”, no me prestaron excesiva atención.

Tras el mostrador, un viejo camarero de rasgos arábigos y ojos penetrantes, me recibió con una sonrisa, y me invitó a sentarme cerca de la barra, pero no sin antes advertirme que debía atravesar lentamente y con los brazos abiertos, el túnel de aire caliente que servia para secar cualquier rastro de lluvia acida que pudiese llevar sobre mí, por aquello de la corrosión, ya sabéis.

-Vaya tiempecito, eh, amigo -comentó el camarero, dirigiendo una mirada de fastidio hacia la lluvia que se precipitaba en el exterior.

-¡Joder, ni que lo diga, cada vez está la cosa peor! -le contesté.

-Y peor dicen que se pondrá… Comentan por ahí, que ya se han comenzando a vender impermeables forrados de amianto -dijo el fulano ataviado con un mandil de fregaplatos.

-Eso he escuchado -le respondí-, la verdad es que si no morimos abrasados por la puta lluvia corrosiva, nos matará el jodido cáncer producido al entrar en contacto con la fibra de amianto.

-La culpa la tiene, según dicen en Internet, la facilidad con la que el dichoso acido atraviesa los plásticos, peuveces y derivados –puntualizó el camarero.

-No sé, pero la verdad es que la cosa está tan jodida que mantenerse un día más con la piel sobre los huesos, es un milagroso lujo -sentencié.

-Amen, hermano, amen –replicó el camarero.

Mientras comentábamos la nefasta situación en la que se encontraba el mundo, y, como cualquier hijo de vecino que se precie, divagábamos tratando de arreglarlo, la tormenta seguía arreciando allá fuera, parecía como si el cielo se fuese a desplomar sobre la tierra anegándola irremisiblemente. Por un breve momento, la idea de que un “benévolo” dios desatase sobre la faz de la tierra un redentor y devastador diluvio universal, borrando de un plumazo todo vestigio sobre esta vetusta y desastrosa civilización, se cruzó por mi mente, pero la idea se diluyó instantáneamente de mi pensamiento al detectar mi olfato un aroma inconfundible, un olor exuberante que creía extinguido y que consiguió retrotraer mi consciencia a una época añorada, un pasado lejano en el que solía disfrutar mucho más de la vida y de sus placeres y, sobre todo, de la fragancia cautivadora y maravillosa del aroma y del sabor de un buen café.


La decadencia del sistema financiero había colapsado los mercados, y el flujo de materias primas, sobretodo las perecederas, sufrió un desplome mundial que obligó a los países del primer mundo a autoabastecerse de alimentos. Con unos recursos limitados, debido a la dependencia que durante décadas los países del primer mundo habían tenido de los alimentos que les suministraban los países tercermundistas, el mercado se desabasteció, y los alimentos dejaron de fluir hacia los países más ricos, lo que generó un conflicto de magnitudes planetarias que acabó sumiendo a la Tierra en un caos político y económico sin precedentes. Se desataron cruentos conflictos y guerras devastadoras. Se hundieron economías y se desmembraron naciones, lo que fracturó el equilibrio entre las grandes potencias y sumió al planeta en el desorden y la anarquía, y que lo acabó llevando al borde de un abismo ecológico y climático, en el que a día de hoy todavía nos encontramos… Pero no rememoremos las sombras del pasado, y centrémonos en ese exquisito olor que gravita en el ambiente, y no nos vallamos por los cerros de Úbeda.

-Perdona, amigo, eso que huelo es café –le pregunté, obviando la respuesta.

-No lo dudes ni un instante, y no es un café cualquiera, sino una exquisitez tostada a fuego lento con la leña talada de las mismísimas laderas boscosas de la extinguida y milenaria Abisinia, ahora llamada Etiopia.

-¿No es ahí donde, dicen, nació la historia del café? –le comenté para hacerme un poco el ilustrado.

- No sé si podríamos utilizar Abisinia como lugar de compañía, o si los inicios de la historia del café se deberían situar en una zona en concreto y en un tiempo determinado, pero sí tengo muy claro de donde me han llegado los granos de café que estoy moliendo con tanto cariño en mi viejo molinillo, como antaño hicieron los monjes jesuitas cuya receta ha sobrevivido, durante generaciones, hasta el día de hoy.

-O sea, que tienes café de contrabando, y me quieres convencer que te lo ha mandado un primo tuyo, y además me lo quieres colar como café con pedigrí… ¡vamos, no me jodas!

-Veo que estas puesto en el tema, ¡eh! –respondió el camarero, con cierta ironía.

-Es más un conocimiento práctico que teórico -le dije-, ya que me he recorrido, por abajo y por arriba, buena parte de esta destartalada ciudad en busca de los pocos lugares donde aun, pese a la que está cayendo, pueda saciar mi ansia de cafeína y gozar por un instante de los pocos placeres que quedan en esté agónico planeta.

-Y que yo mantendré caliente en mi cafetería –gritó el dueño del local-, hasta que la maldita lluvia acabe filtrándose por techos y paredes, y termine corroyendo el corazón y las entrañas de este local.

-Pues a mí, mientras el edificio aguante en pie, y continúes teniendo granos que moler, vengan de donde vengan, como si te dedicas a cultivarlos en el sótano de abajo, me da igual, lo único importante en los próximos cinco minutos será: saborear, como si fuera el último, el café que me vas a poner… y que sea corto, por favor.





Dedicado a M.C.R.

lunes, 22 de noviembre de 2010

EL CUENTO DE LA NIÑA DEL BOSQUE


Eran tiempos de cambio para las gentes del interior. Las nuevas reformas sociales y el crecimiento desmesurado de las grandes ciudades atraían ingentes cantidades de personas. Gentes sencillas de provincia que se veían empujadas sin remisión hacia las masificadas urbes. Personas que, por encima de todo, anhelaban una vida mejor, algo tan sencillo como prosperar, y acabaron convertidos en buscadores de sueños.


Se vivía el albor de un nuevo siglo, el inicio de una nueva y prometedora época que pretendía dejar atrás un viejo y arcaico mundo rural. Un mundo de tradiciones, de ancestros, de mitos y leyendas que marcaron la vida de esos pueblos durante cientos de generaciones, y que configuraron un modo de vida hermético, específico y localizado en las comarcas rurales del interior profundo, y casi siempre aisladas entre si.


La fantástica historia de la niña del bosque se ubica en esta época de cambios, en ese espacio de tiempo en el que la sociedad no tenia muy claro hacia donde dirigir sus pasos, pero si tenían muy presente de donde venían y cual es su legado.


Todo se inició en una solitaria y minúscula población, perdida en lo más profundo de algún pequeño valle rodeado de espesos y frondosos bosques. La aldea descansaba, tranquila y placida, ajena a los acontecimientos que estaban a apunto de suceder. Mientras, sus confiados habitantes moraban sus sueños y sus pesadillas en la irreal seguridad de sus hogares, unos hogares pensados para servir de protección y cobijo ante la rigurosidad de un invierno que solía dejarse caer por estos paramos de la forma más tempestuosa y gélida posible, y que tenia la mala costumbre de cubrirlo todo con una húmeda capa homogénea y cegadoramente blanca.


Pero la historia que narraremos hoy, no sucedió durante uno de esos terribles y fríos inviernos, sino que fue un poco antes, justo cuando el bosque comenzaba a desplegar esas bellas tonalidades ocres y marrones que anunciaban el inicio del otoño. Y fue en esa época cuando los pueblos de las zonas rurales comenzaron a despoblarse, y los bosques comenzaron a quedarse vacíos de niños.


De siempre, los más pequeños habían recorrido los senderos boscosos, arrastrado sus pequeños pies a través del manto de hojas, caídas y oxidadas, consiguiendo que un polvillo caprichoso y travieso se colase por los orificios de la nariz haciéndoles estornudar, y esto tan simple les hacia reír y ser felices.

También, muchos niños solían estirarse sobre el manto mullido que formaban las hojas caídas, y allí tumbados soñaban con aventuras de hadas y magos, de príncipes y princesas, de nomos y elfos, de duendes y animales mitológicos… y, mientras soñaban, eran felices.


La alegría de los niños se transmitía por el bosque. La felicidad de estos niños impregnaba todos los rincones de la foresta, se contagiaba a los árboles, a los arbustos y los troncos, a las hojas, animales, e insectos, y finalmente, llegaba a la tierra y al agua, y esta energía regeneraba y mantenía vivo el bosque.


Desde el principio de los tiempos había sido así, y nuestros antepasados lo sabían, por eso vivían en los bosques o cerca de ellos. Por eso los niños siempre se sentían a gusto deambulando por los bosques, y estos, a su vez, los acogían con agradecimiento.

Pero llegó el día en el que las risas ya no se oían en el bosque. Sí, llegó ese terrible día en el que la alegría no se transmitió, y dejó de fluir la tan necesaria energía… y se inició una muerte anunciada.

Sin la felicidad y la alegría de los niños el bosque agonizaba. Sin sus risas el bosque se moría lentamente, y con él toda la vida que lo albergaba.


Durante mucho tiempo no se oyeron risas en el bosque, sólo se oía el ligero murmullo de un llanto… el del bosque agonizando.


Por eso, cuando un día se escucharon las suaves pisadas de una niña sobre la seca hojarasca, todos en el bosque contuvieron el aliento.


Unas ruidosas ardillas corrieron a agruparse en una gruesa y alta rama para poder observar mejor a la anhelada intrusa, y se quedaron extrañadas de que ésta no estuviese feliz y alegre. ¿Cómo podía ser que un niño no disfrutase jugando en el bosque? ¿Por qué no se dedicaba a correr y saltar, a jugar?, se preguntaba un viejo búho de ojos grandes y saltones. Y sobre todo, decían unos pequeños nomos parapetados bajo unas grandes setas, ¿por qué no se ríe? ¿Por que no está alegre?

Qué les había pasado a los niños. Quizás se habían olvidado de ser felices, o quizás es que en las ciudades no había bosques. O, simplemente era que estaban tristes… quien sabe, la verdad es que podía ser cualquier cosa, pero lo cierto es que no había tiempo para especular, la supervivencia del bosque dependía de esa niña. Había que retenerla, y conseguir que, al menos, dejase escapar una sonrisa, una carcajada, y mucho mejor si conseguía dejar atrás la tristeza, y comenzase a ser feliz.


El bosque se movilizó rápidamente. Los animales se gruñían unos a otros, los pájaros graznaban, las ranas croaban, y los grillos grillaban. Se balanceaban las plantas, se rozaban las ramas de los árboles, todo para transmitir un mensaje, para intentar localizar y advertir al único que podía conseguir ponerse en contacto con la niña, el último de una raza casi extinta.

Y por fin, el mensaje llegó, y uno de los últimos elfos del bosque acudió a la llamada, y como es costumbre en ellos, se movió con rapidez y sigilo.


Para que la niña no se asustase, el elfo se colocó dentro del tronco hueco de un viejo árbol, y utilizando sus poderes le habló, pero no con la voz, sino con el pensamiento. Le dijo que el bosque la necesitaba, le explicó lo que otros niños hacían tiempo atrás, antes que ella. La enseño a reír, a disfrutar jugando en el bosque, a divertirse de la manera más sencilla. Le enseñó a valorar el hecho de que ser una niña, conlleva que algún día dejará de serlo y se hará mayor, crecerá y se hará adulta, perdiendo de esa manera, parte de la energía que el bosque necesita para sobrevivir.


Y la niña, finalmente, sonrió. Y aprendió a jugar y a ser feliz, y además se comprometió a traer más niños al bosque. Y, tan a gusto se encontraba que decidió no crecer y quedarse para siempre en el bosque, siendo eternamente una niña.


Y desde entonces cuentan que, si te adentras lo suficiente en el bosque, puedes oír su risa, puedes sentir sus carcajadas, puedes notar como su alegría y su felicidad se extiende por el bosque. Por eso, no dudéis ni un momento en dejar que los niños jueguen a su antojo por los bosques… pero no los dejéis mucho tiempo, no vaya a ser que les guste, y quieran quedarse eternamente.




Por Rapanuy.

jueves, 28 de octubre de 2010

LA PREMONICIÓN.



La noche se diluye sombría y sigilosa ante la llegada del nuevo día. El eterno ciclo hermético que constituye el día y la noche, parece romperse al albor de este nuevo amanecer. Lo único que parecía repetirse incansablemente en este lacónico mundo bipolar y caótico era: la sucesión imperecedera del alba y el ocaso. Sabíamos que tras la oscuridad de la noche emergía siempre la luz de un nuevo día; lo que ofrecía un mínimo de seguridad y equilibrio a todos los que viven y moran bajo su influencia, pero…, por lo que parece, este ciclo no es tan inmutable como pensábamos.

Sólo se recuerdan, y vagamente, dos hechos insólitos en los que el día y la noche parecieron querer rehuirse mutuamente; dos hechos puntuales que quedaron marcados en el inconsciente colectivo y en el acerbo cultural, y que sólo el tiempo ha conseguido borrar de la mente de los hombres.


Seguro que en el largo periplo que ha recorrido este planeta a través del universo, se han dado multitud de situaciones en las que el día no ha llegado a la hora prevista, y la oscuridad de la noche se ha extendido a lo largo de un periodo indeterminado por la asustada faz del planeta, sumergiéndolo en un caos terrorífico e inimaginable. Nunca llegaremos a saber como debían sentirse las personas, si es que las había, al ver como el sol no aparecía por el firmamento iluminándolo todo a su paso, repartiendo, a diestro y siniestro, vida y energía a todos los seres vivos, como siempre había ocurrido. Que tipo de cataclismo apocalíptico se nos viene encima, debían pensar los que lo sufrieron, para no dejar que la noche no de paso al día, y éste no pueda ejercer su energético poder sobre todas las cosas habidas y por haber. Así, seguramente, debía ser el principio de los tiempos: una eterna y gélida oscuridad. Un lúgubre y triste caos. Un pozo sin fin de miedo y desesperación… y de soledad. Y, ahora que lo pienso, debía ser algo parecido a lo que siente una parte importante de la humanidad, ya que existen, sin lugar a dudas, una ingente cantidad de seres que se encuentran, por desgracia, en la más absoluta de las soledades-oscuridades, y ahí, no hay ni Dios ni Edison que consiga alumbrarlos.


Lentamente la niebla que cubría la silenciosa ciudad fue disipándose. El calor de nuevo día ahuyentó la densa capa vaho que flotaba sobre las frías y húmedas calles adoquinadas. El sol irradiaba su energía con endiablada fuerza, y rápidamente el día barrió la noche de la memoria de los pocos que la habíamos podido, o querido, disfrutar. Y nuevamente la vida inundo las calles de esta vieja y cansada urbe, por lo que decidí irme a dormir hasta el atardecer y esperar al crepúsculo para reiniciar mi actividad.


Siempre he pensado que la noche da un significado diferente a la vida, que las personas que deambulan por la noche ven el mundo de manera diferente a como lo ven las personas que lo transitan de día.


La noche se inició tras un extraño y colorido atardecer, el cielo se tiñó de un rojo escarlata que amenazaba con desplomarse sobre la ciudad, ahogándola en una ensangrentada marea de tonos ocres y granates. Simuló el infierno sobre la tierra. Parecía como si el mal hubiese decidido engullir a la tierra y sus habitantes, enviándolos de cabeza a las mismísimas y sanguinolentas entrañas del averno.


La verdad es que en el ambiente se respiraba una tensa calma; debida, quizás, a que la luna llena se sostenía en el cielo diurno, presagiando infortunios y desgracias, como solían vaticinar lo más ancianos de lugar, anclados en sus viejas y extrañas supersticiones.

O quizás, era simplemente: que el tedio y el aburrimiento continuado y sistemático con los que nos envolvía la ciudad, su monotonía nos hacia ver en cualquier fenómeno anormal la excusa necesaria para dejar volar la imaginación, y así poder evadirnos del hastío, de la pereza y la indolencia de la vida diaria y sin sentido a la que nos veíamos abocados sin remedio millones de ciudadanos, convertidos en seres sin voluntad ni futuro.


Para muchas personas la noche significaba un estupendo momento de evasión, de escape; una manera de eludir la realidad, una salida, una luz al final del túnel, el único momento en el que la realidad de las cosas se hacia más transparente, más permeable. La noche daba sentido al día, a las obligaciones diarias. Daba cohesión a los sueños, los forjaba y los moldeaba para que después, durante el día, pudiesen llegar a buen término. La noche los creaba y el día los tejía, los zurcía con la energía que emanaba del astro rey, que con su aliento imperecedero insuflaba vida al mundo.


Y yo, extasiado, disfrutaba la noche, me dejaba acariciar por su oscuridad, imbuyéndome en sueños imposibles, sueños que el día era incapaz de ofrecerme. La noche me ofrecía una vida más excitante, más intensa, más placentera… La existencia se vive más y mejor a la sombra de las estrellas.


La noche, finalmente, llega a su fin. Me siento sobre las gastadas escaleras de un viejo edificio medio en ruinas, desde el que contemplo como los primeros rayos del sol ahuyentan con su luz, a la oscuridad redentora, relegando mis sueños, de nuevo, al rincón más profundo de mí ser. Por un momento, mientras la oscuridad de la noche me envuelve protegiéndome de la vida real, un pensamiento cruza mi mente como un recuerdo, o quizá sea, solamente, un conocimiento desconocido, reconvertido en instinto animal, o simplemente sea, una intuición antidiluviana, un residuo evolutivo de la especie a la que pertenezco. Da igual, la verdad es que me invade la extraña sensación de que algo anormal está a punto de suceder, de que los sueños y las pesadillas se pueden, finalmente, hacer realidad.


Una vibración intensa y anormal ha permanecido flotando persistentemente en el ambiente nocturno de la ciudad. Un ruido de fondo ha impregnado la noche, es la premonición de que algo está cociéndose en las entrañas del planeta. Los animales lo han notado, presentido, igual que alguno de nosotros, pese a que, hasta cierto punto, pretendemos estar por encima de eso, intentando permanecer humanizados.

Durante toda la noche, la banda sonora de la ciudad se convirtió en un continuo y desesperado ulular melancólico de multitud de canes, mezclado con los maullidos tristes y penetrantes, de los gatos callejeros, que compenetrados como una orquesta, no han parado de entonar un espeluznante y melódico canto de tragedia, muerte y desesperación.


¿Una premonición? Tal vez… Sí, sin duda algo extraño está a punto de acontecer, y será antes del amanecer. Seguro. Y no pienso perdérmelo; desde aquí tengo una vista inmejorable. Una butaca en primera fila para un acontecimiento irrepetible.


Y esperé, tranquilo y emocionado, a que el sol saliese… y seguí esperando, sin prisa, allí sentado.


Y llegó el día en el que el sol no salió. Y llegó el día en el que la noche relegó al día a la marginalidad, y la luz brilló por su ausencia. Y llegó el día en que la alegría se instaló en el corazón de unos pocos, y la tristeza perduró en el alma de muchos.


Y la noche se hizo eterna.



Por Rapanuy.

sábado, 17 de julio de 2010

MUERE JOVEN





«La crisis ha golpeado, trágicamente, en lo más profundo del sistema, haciendo saltar por los aires las esperanzas y sueños de millones de personas, secuestrándonos el futuro más inmediato y consiguiendo que nos sumerjamos en un océano de incertidumbres, tristeza y desesperación». El texto, pintado a spray, colgaba ingrávido sobre mi cabeza, fijado por polímeros coloreados a una sucia pared repleta de restos publicitarios. Cientos de panfletos, corroídos y húmedos, decoran la pared, incitando, con sus coloridas letras y sus atrayentes imágenes, a la compra compulsiva de objetos banales y de inocua utilidad. La estrecha y sucia callejuela, acoge, indiferente, mi deteriorado cuerpo, mientras desde una de las ventanas del primer piso se escuchan, amortiguadas, las notas del “Heaven and Hell”. Quizás, nunca el cielo y el infierno estuvieron tan juntos, como lo están hoy día.



Una ingente cantidad de carteles, pegados mil veces unos sobre otros, forman una amalgama escamada de anuncios, promocionando excitantes y ruidosos conciertos. Sobretodo, bandas míticas de rock reunidas de nuevo para revivir terceras y cuartas juventudes, rememorando glorias pasadas de sudor, cervezas y decibelios. No siempre tiempos pasados fueron mejores, pero ante un futuro como el que se nos plantea en la actualidad, el recuerdo del ayer se antoja, cuanto menos, deseable. Y de nuevo, la nostalgia invade la atmósfera cuando los acordes nítidos de Iommi, resuenan, emotivos, haciendo vibrar el éter invisible que me envuelve, transportándome a lugares y tiempos añorados.


De la repleta pared enmohecida se descuelgan viejas pancartas, ahora cochambrosas y destartaladas, anunciando antiguas obras teatrales de títulos indescifrables, en las que se informaba al público del horario de los pases del fin de semana. Y también, se desprenden, desencolados, multitud de panfletos mal escritos informando de las funciones que se realizarán, durante los siguientes días, en un circo instalado a las afueras.


Ahora, todos esos carteles cuelgan hechos jirones sobre la pared enladrillada, junto a grandes y roídas carteleras de cine que penden maltrechas, promocionando películas holliwodienses de tramas insípidas y carentes de contenido, dirigidas a un publico de pensamiento plano, al que la eficaz maquina política a convertido, sin demasiado esfuerzo, en mentes incapaces de análisis propio, en inútiles sin la suficiente capacidad de argumentar la más ligera opinión sobre algo que se aparte un ápice del camino marcado. ‹‹Lo fácil entra bien, y si cuesta tragarlo es que no debe ser bueno›› reza escrito sobre una puerta metálica, que sirve de salida de emergencia del local de copas del que me echaron, bruscamente, y en el que no creo que me admitan más, después de la que armé anoche. Mientras, escucho a Vinny aporrear el aire al son de un “Drean Evil” etéreo, que se filtra suavemente a través de las rendijas de un vetusto y agrietado ventanal.


No hace mucho, quizás sólo una eternidad, me encontraba estirado sobre una cómoda y lujosa tumbona en el pulcro, aséptico y ordenado despacho de mi psicoanalista, desahogando todo mi ser en una estéril e infructuosa sesión de terapia:


-Si al final va a resultar que realmente somos lo que hacemos o dejamos de hacer, y no lo que comemos, pensamos o soñamos. La realidad nos revela un camino, el cual, nos guía hacia el paradigma de «si no actuamos no existimos». La vida contemplativa, la ausencia de pensamiento, la relajación, el yo interior, el no yo, ¿qué son? –le pregunté a la psicoanalista que todos los miércoles me escuchaba, atentamente y por un módico precio, en su consulta del centro.


- Todos son estados orquestados por la mente para alcanzar un fin, para acabar justificando una serie de preguntas abstractas que no tienen respuesta si no es otra contestación igual o más abstracta que la misma pregunta: ¿Quien soy? ¿De donde vengo? ¿Adónde voy? ¿Por qué y para qué existo? Y así eternamente. Todas son preguntas sin respuesta, si lo que se pretende es obtener una justificación de la existencia en sí misma – me contestó la doctora.


- Entonces, quieres decir que el que seamos organismos con la suficiente capacidad para hacernos estas preguntas no significa que tengamos nada especial en nuestro interior ni que nuestro destino sea mejor o diferente al de otros seres vivos, y es, por lo tanto, la forma que tiene nuestra mente hiperactiva de buscar soluciones y respuestas a los planteamientos con los que tiene que lidiar continuamente, para poder seguir existiendo... no sé –le dije.


Ahora, tumbado sobre un improvisado colchón de cartones húmedos y mugrientos, comprendo el vano e inútil significado de esas sesiones de terapia de bote. Y, aquí tirado como una piltrafa humana, convertido en un desecho de la sociedad, obligado a sobrevivir en un mundo de intereses cómplices, de hipocresía contagiosa, de sonrisas falsas y puñaladas traperas, es aquí y ahora, al borde del abismo, donde se vive la única realidad posible, no el mejor mundo posible como diría el poeta, sino el verdadero, el que deja el cuerpo y el ser a la vista de los demás, el que vive al día, sin pedirle nada al futuro, el que se nutre del aire y todo lo que tiene habita en sus bolsillos. El que se encontró a sí mismo un día y se prometió no volver a perderse.


Cansado y soñoliento, me acurruco en la cartonera, esperando que Morfeo me acoja de nuevo en su reino, mientras revivo, de nuevo, la voz de Dio, al escuchar desde una azotea cercana, el "Die Young" de los Sabbath, esa canción que tantas veces he oído, y que predicaba que morir joven es una opción tan valida como cualquier otra.


Quizás, acabe cumpliéndose hoy... quien sabe. Yo seguiré aquí, al borde del abismo, viéndolas venir, y acompañado, si los vecinos quieren, de una banda sonora inigualable y nada efímera.




Por Rafa, en recuerdo de Ronnie James Dio.


viernes, 21 de mayo de 2010

EL TESTAMENTO MALDITO





La vida se le escapa, ingrávida, a través de su última exhalación, mientras la condensación, tenue y blanquecina, se refleja, etérea, en la fría noche. Evanescencia efímera de un alma atormentada. La muerte se apodera de su cuerpo inerte, arropándole con el manto eterno y sosegado del olvido. La pesadilla ha terminado y, poco a poco, el tiempo diluirá los recuerdos de la mente de los hombres, hasta convertirlos en tenues sensaciones de algo que nunca ocurrió o, quizás, nos deje el amargo sabor de lo que realmente fue: un extraño y trágico sueño.

Todo comenzó tres días antes del solsticio de verano.

Las campanas sonaban nítidas desde la pequeña iglesia de estilo barroco que, construida hace más de doscientos años y situada a las afueras de la ciudad, todavía mantenía su antiguo campanario en funcionamiento, repicando a muerte cada vez que un feligrés abandonaba este mundo, para ascender al cielo o precipitarse a los infiernos. La función era clara, advertir a los del más allá que un alma viajaba en pos de la gloria divina o del eterno tormento.

Con el eco de las campanas aun reverberando en el ambiente del complejo funerario, una docena de extraños personajes se apiñaban en una pequeña, tosca e impoluta sala. Habían sido invitados a presenciar la cremación de un difunto, un extraño y desconocido personaje que, por extrañas y misteriosas razones, les incluyó en su testamento. Intrigados, contemplaban a través de una pared acristalada, como los funcionarios municipales preparaban el cadáver que debía ser incinerado, junto a sus pertenencias, en un austero y pulcro ataúd que, se intuye, acabará convertido en grisáceas y polvorientas cenizas.

En el ataúd reposan, efímeros, los restos mortales del difunto, junto a varios objetos que se pretende ardan con él y lo acompañen en su último y breve viaje.

Las dos monedas de plata, colocadas sobre sus parpados, hacen clara alusión al pago que se espera reciba el mítico barquero Caronte, que, dicen, transportará el alma del difunto a través del río de la vida y la muerte hacia el inframundo. Antigua creencia extendida desde hace poco, en muchos lugares y regiones de la zona, rememorando, viejos y deteriorados, ritos helénicos.

También depositan en el interior del ataúd un frasco acristalado de tonos verdosos que contiene, lo que parece ser, a simple vista, un aceite o sustancia viscosa, que algunos asistentes confunden con un tipo de perfume que se suele utilizar en algunas cremaciones para dar a las cenizas un ligero aroma vegetal. Sobretodo las que acaban adornando salones y chimeneas familiares.

Desgraciadamente, están equivocados y pronto se darán cuenta de ello, ya que el mal se aproxima a la tierra a poco más de un metro por segundo, la velocidad a la que la cinta transportadora introduce, lenta e inexorablemente, el féretro en el horno crematorio, que abre sus fauces, llameantes, engullendo otra alma maldita que acabará reducida a cenizas, iniciando con su extinción la chispa que extenderá el Apocalipsis por esta tranquila y desprevenida villa… condenando a sus indolentes y tristes lugareños.


-Bueno, señores y señoras acérquense, por favor. Voy a dar inicio a la lectura de los últimos designios escritos por el difunto, de su mismo puño y letra. -La voz del abogado retumba por toda la estancia, añadiendo más solemnidad, si cabe, al acto que esta a punto de iniciarse. Un murmullo inunda la sala apagando las primeras palabras del abogado.- ¡Silencio, por favor! Ruego un poco de calma… y así podremos finalizar lo antes posible,-vocifero el letrado-.

“Yo, Vladimir Podorosky, en plenas facultades mentales y desgraciadamente con las físicas bastante mermadas, dispongo en primer lugar: ¡que el mal se extienda como una plaga por la faz de la tierra! En segundo lugar: ruego a Satán que se apodere de mi alma convirtiéndome en su siervo por toda la eternidad. Y en tercer lugar, dejo para el final la parte que más os concierne a todos vosotros, tristes y desdichados mortales... Os dejo, el glorioso y digno honor de ser los únicos supervivientes que contemplarán maravillados mi última y gran obra maestra: el destructor de mundos.”

El silencio era sepulcral, los allí presentes no daban crédito a lo que aquel enclenque y deforme picapleitos les estaba narrando. El silencio pasó, breve pero intenso. Primero fueron carcajadas frenéticas, luego alguna voz increpó al abogado, paulatinamente fue creciendo la indignación de los presentes que se sentían engañados y estafados por lo que creían la ultima broma macabra de un viejo lunático. El deforme y jorobado sirviente, que es lo que era realmente el abogado, se dirigió, sin inmutarse, hacia la única puerta de la estancia, que comprobó estuviera cerrada desde fuera, como acordó que hiciera uno de los vigilantes, por el módico precio de treinta monedas de plata, aludiendo a un estudiado y sobrio simbolismo cristiano. El siervo, fiel a su amo, extrajo una daga ceremonial de más de mil años de antigüedad, usada durante generaciones en cientos de aquelarres para consumar macabros y sangrientos sacrificios, y, con la locura del que ve a la muerte cerca, hundió la fría y afilada hoja en su pecho, atravesando salvajemente su corazón. Sólo una débil promesa salio de su boca, “por mi amo”.

Ese día, los pocos que levantaron la vista hacia el caluroso y despejado cielo azul, vieron, extrañados, como un espeso humo de tintes verdes salía de la chimenea del crematorio y se desplazaba por el firmamento dispuesto, sin ellos saberlo, a extender el mal por el mundo.

Mientras tanto, en el interior del crematorio, los elegidos apartaron el cuerpo inerte del falso picapleitos e intentaron abrir la pesada puerta que los aislaba del mundo exterior. Al golpear la firme y reforzada puerta metálica se dieron cuenta de que les costaría abrirla. Durante tres días permanecieron prisioneros del edificio, hasta que, finalmente, consiguieron salir al exterior. Desgraciadamente para ellos el planeta había dejado de ser un lugar habitable para los seres humanos.

Una nueva era se iniciaba, y precisamente la raza humana no estaba en el punto más alto de la pirámide alimenticia… Multitud de ojos teñidos de rojo-odio les observaban desde el exterior, esperando ver recompensada la espera. Las presas finalmente se ponían a su alcance.


El destructor de mundos había hecho bien su trabajo.

martes, 13 de abril de 2010

LA PRESA.





El día a dejado paso a la oscuridad de la noche y la calle reclama mi presencia. La hora de alimentarse se inicia al ponerse el sol sobre la sombría ciudad. La delgada línea que separa la vida de la muerte está a punto de doblarse entre mis dedos cuando un ultimo aliento de vida escape de unos labios inocentes, que se marchitarán, lánguidamente, tras hundir mis colmillos, en su dulce y calida yugular, succionando con ansia apasionada la metálica y húmeda sangre que, un día más, alargará mi terrible existencia a cambio de otra mísera e insignificante vida humana.

Normalmente, acecho a las presas amparado en la oscuridad de la noche, deslizándome sigilosamente por calles desiertas, evitando la indiscreción de los portales, sorteando la mortecina luz que irradian las farolas que alumbraban las calles y aceras de esta trasnochada urbe. Pero hoy, me he encontrado, inexplicablemente, paseando y observando el ir y venir de mortales por las amplias avenidas, por los frondosos y casi desiertos parques. He recorrido angostos y laberínticos callejones contemplando, sorprendido, como los alegres y despreocupados jóvenes disfrutan de su breve existencia, abstrayéndose por unos instantes de los problemas diarios que esta mísera realidad se ha dignado a ofrecerles. Y por primera vez en muchos años me he preguntado el porqué de mi exótica existencia. Quizás, la soledad haya hecho mella en mí… Acaso, la esperanza no es una opción para un ser como yo…O tal vez, el paso de los siglos a secado y agrietado mi alma convirtiéndola en un árido y agrietado desierto. Yo, un engendro maldito, expulsado de los infiernos y condenado a vagar eternamente por esta sombría tierra de mortales, castigo cruel y eterno, por haber osado enfrentarme en su propia morada al mismísimo Belcebú. O, quizás, mi comportamiento es, simplemente, la efímera necesidad de volver a sentir, por unos instantes, la compañía de un ser afín con el que poder hablar, reír, llorar, añorando poder volver a vivir lo que antaño fui: un simple mortal.


Cavilando, distraído, sobre todos estos sentimientos que me embriagan, no me he percatado de la figura que se acerca, caminando indecisa, por la estrecha acera. Siento nítidamente los latidos de su corazón acelerarse por un temor irracional ante mi presencia. La calle esta desierta y alumbrada tenuemente por la azulada luz metálica del letrero de una pensión cercana. La joven cruza la calle en un acto instintivo de precaución, apresura sus pasos procurando alejarse de mi presencia, que desde luego le ha inspirado un sentimiento de intranquilidad.

De reojo la observo alejarse envuelta en las sombras de la noche, mientras me pregunto por qué no me he lanzado sobre ella y he consumado el ritual asesino, tantas veces repetido, que me mantiene con vida… No lo sé, la razón escapa a mi entendimiento, pero algo en esa chica me atrae irresistiblemente y me decido a seguirla.

La lluvia se precipita sobre la calle, salpicando el desgastado empedrado, que deja escapar en forma de tenue vapor el calor acumulado durante el día. La ciudad se torna lúgubre y mortecina al compás tintineante del suave aguacero. Deslizo mi figura por el resbaladizo adoquinado que forman las laberínticas callejuelas del centro de la urbe y persigo sigiloso a la joven presa. El olor de su pelo húmedo embriaga mi desarrollado olfato que capta tenues fragancias de perfumes entremezclados y un característico y familiar aroma a tierra mojada. Extraño, ya que el parque queda lejos y en este antiguo y decrepito barrio no hay resquicios para la tierra firme… Puede que se desprenda de una maceta colgada en algún engalanado balcón, o posiblemente algún tiesto situado el la cornisa de cualquier ventana, pero…Por un momento viejos e irreverentes recuerdos afloran desde lo más profundo de mi vetusta memoria, rememorando olores y sensaciones, ya casi olvidados, de mi primera he improvisada yacija de descanso diurno, en el que me veo obligado a permanecer hasta la eternidad. ‹‹Extraños recuerdos››, pienso para mí, mientras me aproximo cada vez más a la atemorizada e indefensa presa que trata de huir, sin saber que la decisión esta tomada y que no volverá a ver un nuevo amanecer sobre este mundo.
La sed se acentúa. El apetito se hace insoportable. El instinto dirige ahora mis pasos, la poca humanidad que despertó en mí esa figura femenina a desaparecido por completo aplastada por el ansia de alimentarme y sobrevivir. Amparado por la oscuridad, cómplice de mi maldad, salto brutalmente sobre la joven que sorprendida y aterrada se protege inútilmente de mi despiadado ataque… ¡Pero! Extrañamente, algo detiene mi ímpetu depredador y con una fuerza sobrehumana me lanza, como una triste marioneta, a través del aire frío y húmedo de la noche. Impacto dolorosamente contra el suelo adoquinado y maloliente, y antes de darme cuenta de lo que pasa noto sobre mí la figura de la mujer sujetándome con tal fuerza que consigue inmovilizarme, y acercando su rostro al mío me susurra al oído.

—Anciano has elegido mal a tu presa y hoy serás liberado de tu cruel destino.

Y sin más preámbulos clava sus afilados y fríos colmillos sobre mi yugular, succionándome la sangre, al tiempo que la vitalidad que yo creía eterna se escapa lánguidamente de mi ser.

Mientras mi cuerpo se seca y enfría la oscuridad insondable lo llena todo y sólo consigo pronunciar un lacónico y agradecido: “gracias”.

viernes, 26 de febrero de 2010

EL CARTERO SIEMPRE LLAMA DOS VECES, O MÁS.



Dante odiaba el frió, ese jodido e inmisericorde frió que se instalaba dentro de uno sin permiso, hereje, intruso indeseado, y permanecía allí enquistado, doloroso, recordándote continuamente el hecho de ser una piltrafa andante, un montón de carne con extensiones nerviosas, tremendamente sensible a los cambios bruscos de temperatura. Pero la vida humana tiene esas pequeñas imperfecciones, había que convivir con ello de la mejor manera posible e indudablemente el hecho de conocer las limitaciones de su frágil organismo no le consolaba lo más mínimo, y menos cuando sentía los músculos agarrotados y entumecidos debido al tremendo esfuerzo, amén de que seguía teniendo un frío de cojones.

A lo lejos una luz tintineaba levemente a través de las tenues nubes que un vacilante y tímido viento empujaba desganado. A veces, la luz que le guiaba orientándole en su agotador ascenso desaparecía completamente y Dante se detenía un instante. Angustiado escuchaba su propio jadeo, notando su frenético pulso clamar por un descanso para que el aire pudiese entrar libremente en sus pulmones y distribuir el preciado oxigeno a todos los rincones de su cuerpo que, enloquecido, demandaba un leve y gratificante descanso, cosa que desgraciadamente no podía permitirse. Rodeado de la más absoluta oscuridad esperaba, ansioso y crispado, que las nubes continuaran su vaporoso viaje por el firmamento y le dejasen ver de nuevo la luz salvadora que le indicaba la dirección correcta a seguir en su inhumana ascensión por el escarpado paraje.

─ ¡Mierda, no veo un pijo! ─ Exclamó entre dientes, mientras resoplaba como un cerdo asmático.

La ascensión se había tornado agónica y más de una vez resbaló rodando ladera abajo, desandando el camino y llevándose más de un doloroso y humillante porrazo que le llenó el cuerpo de magulladuras y contusiones.

Cuanto ansiaba notar de nuevo entre sus piernas a su querida y deseada Bety. Le dolía en el alma, y en otras muchas partes de su cuerpo, haber tenido que dejarla allí abajo, sola y desconsolada, expuesta al gélido viento y a la penumbra mortecina de una triste farola, que, al menos, impedía que la oscuridad se la tragase completamente.

Ensimismado en sus pensamientos Dante había conseguido recorrer la distancia que le separaba de la luz que hacia las veces de guía y salvavidas momentáneo. Apartó las ramas de un arbusto de un manotazo y noto como el terreno inclinado se allanaba. Se detuvo exhausto y sin aliento, inhaló un aire terriblemente frío que al entrar en sus pulmones le quemó por dentro, haciéndole toser.

─ ¡Joder, con la puta cuesta de los cojones, ya no estoy para estos trotes!─ Escupió entre bocanada y bocanada, mientras se acercaba a la luz que le había servido de faro durante su interminable ascensión, y que resulto ser un viejo candil de aceite que colgaba de un garfio en la entrada de un vetusto y destartalado caserón.

Dante ascendió los escasos escalones que le separaban de la puerta de entrada, y aporreó cansadamente la agrietada y maltrecha puerta. Le contestó el silencio. Llamó de nuevo golpeando esta vez con furia, y de nuevo el silencio fue la respuesta.

─ ¡Hola, hay alguien ahí! ─ Grito, desesperado. Más silencio.

─ No me jodas que ahora no hay nadie, con la paliza que me he pegado ─ se dijo a si mismo en voz alta.

Dante permaneció sentado un buen rato en el borde de los escalones, sopesando sus alternativas, mientras se recuperaba de la agotadora ascensión que había iniciado hacia una hora desde las cuatro casa que formaban el pueblo hasta la vivienda del cabrero, situada en lo mas alto de los riscos de este macizo montañoso.

Desmoralizado, bajó lentamente los escalones y se dispuso a iniciar el descenso hacia el pueblo. La idea de tener que volver otro día por estos parajes le hizo estremecerse, y recordando una de sus películas favoritas “el cartero siempre llama dos veces” se giró rápidamente y saltando por encima de los podridos escalones se planto de nuevo frente a la carcomida puerta que comenzó a aporrear con inusitada rabia. Volaban puñetazos y patadas sobre la roída puerta, incluso, llevado por un ataque de furia realizó un intento de echar la puerta abajo, y por suerte, pese a la violencia de la envestida la vieja puerta aguantó firme.

En ese instante se oyó a lo lejos una voz:

─ ¡Quia, julandrón, serás plumífero, que me vas a hundir la choooza… cago en to lo que se menea! ─ gritaba enfurecido Pedro el cabrero blandiendo amenazadoramente una hoz en una mano y sosteniendo en la otra un conejo fiambre que se balanceaba desnucado de un lado a otro en un baile macabro de muerte y gula.

─ Que barruntas so mendrugo, no ves que estoy despachando las viandas pa la cena ─ soltó el cabrero, con el rostro descompuesto, mientras se acercaba encolerizado.

─ Usted perdone, buen hombre, pero es que vengo desde el pueblo y esta maldita cuesta ha conseguido que el oxigeno no me llegue al cerebro. Me presentaré, soy Dante Fonseca el nuevo cartero.

─ ¿Y el Paco? ─ gruño Pedro.

─ Si se refiere al antiguo cartero, lo único que sé es que desapareció de la noche a la mañana sin dejar rastro y que al cabo de tres meses una de sus hermanas recibió una postal desde Cuba, en la que escribía que había llegado al paraíso y que no lo sacarían de allí ni con aguarrás.

─ ¡Maldito bribón! Siempre decía que un día atravesaría el mar para perderse entre cocoteros y rollizas mulatas. Al final lo hizo. Yo, si no fuese marinero de agua dulce vadearia el Ponto y disfrutaría mis últimos días de las churris y el Lorenzo en alguna de esas islas paradisíacas. ¿Pero entonces quien cuidaría de mis animalejos, eh?

─ Misterios insondables de la existencia ─ le comentó Dante al cabrero, que asintió compungido, y dándole la espalda se dirigió hacia el corral a seguir con sus asuntos.

─ Perdone pero le traigo una carta y lleva matasellos de cuba… no será por casualidad de su amigo Paco.

─ No lo sé, ni me importa, es tarde y tengo mucha faena ─ farfulló Pedro en tono cansino.

─ ¡Pero no le interesa saber lo que dice! ─ insistió Dante.

─ Parece usted más interesado que yo. Le increpo el cabrero, mientras se ponía a despellejar al desnucado conejo.

─ Hombre algo de curiosidad si que tengo ─ dijo el cartero.

─ Pues la curiosidad mato al gato, o sea que ya puede echar la carta por debajo de la puerta y largarse por donde ha venido.

Envuelto en un extraño desasosiego Dante se encamino mosqueado cuesta abajo hacia el pueblo, tenía ganas de sentarse sobre su querida moto que tantas alegrías le daba y alejarse lo antes posible de aquel rincón perdido de la profunda Iberia.

domingo, 7 de febrero de 2010

EL SINDICALISTA



Cuando la sociedad clama al cielo y al infierno, por la protección de multitud de especies en extinción, en los rincones más inhóspitos de nuestros parajes ibéricos, ocultos tras la maleza, parapetados tras la barra de un bar, o deambulando sonámbulos por tristes y solitarios polígonos, una especie prolifera en estos tiempos de crisis y escasez: el sindicalista.


Antaño calumniado y vilipendiado, fue arrastrado a la marginalidad de las cuencas mineras, los vertederos industriales y los desolados ministerios, cual alimaña, haciéndose resistente al escarnio mediático, y aguantando, erguido, el dedo acusador, con la entereza y dignidad adquirida por largos lustros viviendo a la intemperie.


Amparado en la oscuridad de su lúgubre oficina, olisquea el fraude, paladea el despido improcedente, saborea el acoso laboral con cierto regusto amargo. Agnóstico, comunista, ateo, apostata, liberal, republicano, amante de los cantautores, afiliado o no, da igual, sobrevive, que no es poco.


La voz del pueblo se eleva melancólica, como un murmullo quejumbroso, un ruido de fondo incrustado en la desidia general. Poco a poco, aumenta el tono de las quejas y las suplicas, extendiéndose por las calles como un tsunami cabreado, estallando, finalmente, en un griterío enfurecido y desesperado, que exige empleos, demanda subsidios, suplica algo de educación, reclama una sanidad de calidad, y sobretodo pide un mínimo de respeto hacia la gente de a pie.

- ¿Respeto por la plebe? Blasfemia- responde el gobierno, la oposición y la pléyade de partidos agregados, subvencionados y parásitos.


-Venganza- clama el pueblo -a la guillotina con todos los vividores, chupópteros, correveidiles, embaucadores, timadores, soplapollas, curas, masones, nobles, ricos, pijos, malgastadores de fortunas, pobres de espíritu, apóstatas, pedofilos, cinéfilos de v.o, fariseos, sindicalistas, sodomitas, ultras, esgaes y demás ralea.

-¡Joder, no te has pasado!

-¡Qué va! Si aún quedan cabezas por cortar, apunta: verdes de pacotilla, ongs con ánimo de lucro, videntes, presentadores de sorteos nocturnos televisivos, el imbécil que invento la zona azul, radicales y mosquitas muertas, pero ante todo y sin lugar a dudas, los primeros, los intransigentes y fanáticos.

-Pues en esa lista me parece que andamos muchos de nosotros.

-¿Quieres decir? Bueno, igual me he pasado, quita a los sindicalistas, a los cinéfilos de v.o y a los apóstatas, y los demás, ¡a la hoguera!

- Me parece, que el intransigente y fanático estás siendo tú.

- ¡Vamos, no me jodas! Además, cállate ya, que solo eres mi dichosa conciencia.

-¡Vale, allá tú!


Joder con los siglos de moral filosófica y religiosa, es que uno no va a poder ni desahogarse tranquilamente, defenestrando a quien le parezca.


Volvamos la vista hacia el estudio de esas fieras que pueblan y proliferan en nuestras zonas boscosas, nuestras mesetas interiores, las costas que bañan nuestra península, rincones en los que habita el espécimen de nuestro estudio: el sindicalista vocacional.


Se desconoce cual fue el primer espécimen del que evolucionó el actual Sindicatus Kansinus. Ya existían escritos en siglos anteriores, que describían algún probable antepasado. El ultimo Rey depuesto, narra un encuentro fortuito y sobrecogedor, sufrido en carne propia, con lo que al parecer fue un posible antepasado remoto: “la bestia parda, salió de detrás de una mesa atestada de panfletos y copias amarillentas de convenios sociales, de los que seguramente se alimentaba, devorando sin piedad cartas de despido, finiquitos ilegales, y demás triquiñuelas empresariales, y me miró con el odio reflejado en sus ojos, realmente me cagué las patas abajo, ese encuentro me dejó tocado emocionalmente, desde entonces no como, ni duermo, y el solo hecho de ver u oír una manifestación me revuelve el estomago.” Siniestro y elocuente relato que pone en entredicho el perfil pacifico y razonable de este extraño espécimen.


Los últimos avistamientos relatados describen a una subespecie, seguramente mutada, del género sindicalista obrero, que se dedicaba a la quema indiscriminada de contenedores, neumáticos, frutas, hortalizas y cualquier otro producto que se preste a la combustión por la causa. Reunidos en manadas tomaban las calles en protesta por los abusos empresariales, los recortes laborales, las discriminaciones de todo tipo… pero misteriosamente un día dejaron de movilizarse, por algún extraño motivo, y desaparecieron de los parques, dejaron solitarias las esquinas, desolados los puentes y carreteras, dejaron de cortar el trafico e inundarlo todo de leche, de vino o de horchata.


Que años más tristes y afligidos han acontecido en este reino, sin su presencia en las calles, pero el tiempo de hibernar llega a su fin, con el lema “errática, pendular, compulsiva, parecen una pandilla de aficionados” la bestia parda retorna de sus cenizas cual ave Fénix… y que tiemblen los carroñeros.

lunes, 18 de enero de 2010

UN MUNDO LLAMADO SALVACIÓN





Un abrasador sol de justicia hunde sus afiladas garras en la martirizada piel de unos pocos parias, empujados al destierro, en el rincón más indolente de este universo paralelo, descubierto por casualidad hace décadas y utilizado como infierno privado de la elite corrupta que domina y tiraniza al pueblo, aborregado, al que pertenezco.


Durante años nos vimos arrastrados por la corriente ideológica dominante, el ideal del buen ciudadano había calado hondo en el inconsciente colectivo y la vida monótona, obediente, disciplinada, llena de consumismo compulsivo imperaba por doquier. Los disidentes, extrañamente, habían ido poco a poco desapareciendo de la faz del idealizado planeta. Tristemente el gris había teñido la vida de las personas hasta despojarlas de voluntad propia y de un mínimo de objetividad hacia lo que sucedía a su alrededor.

Aquella noche un accidente desequilibró el orden de las cosas, y el mundo en el que vivía se hundió, enterrando una placida y decadente existencia, viéndome empujado hacia un destino incierto pero inquietantemente vivo.


El tren que nos trasladaba todas las noches a casa, después de finalizar la jornada de trabajo, había sufrido una avería, y la siempre eficaz compañía puso a disposición de los viajeros varios autocares para poder realizar el trayecto por carretera. Allí iba yo, sentado en la parte trasera del autobús, retornando a mi tranquila y apacible vida rancia e insustancial, cuando, de repente una de las ruedas del transporte reventó e hizo que el autobús diese varias vueltas de campana antes de quedar volcado en medio de la carretera. Por un instante perdí el conocimiento y al despertar anduve desorientado durante un buen rato hasta que al final caí desmallado en algún lugar lejos del accidente.


La onírica sensación del olor a mar, sumado al sonido de las olas rompiendo contra la playa y el tacto de la arena mojada sobre mi piel me hizo despertar aturdido y extrañamente sorprendido. Hacia años, muchos años que no experimentaba la sensación tan gratificante de un amanecer con el océano de fondo.


Durante horas permanecí allí sentado, sobre la arena de la playa, contemplando como el sol iniciaba su ascenso por el firmamento y lentamente se colocaba sobre mí, alcanzando el cenit, entonces inexplicablemente algo dentro de mí se cortocircuitó. La monotonía, la obediencia ciega, la sumisión, el vasallaje, habían dejado de tener sentido. Formar parte de esa sociedad compuesta por seres sin alma se me antojaba siniestro, aterrador, el individuo había dejado de ser singular para transformarse en una célula del engranaje, una pieza de un puzzle manipulado por alimañas, por vampiros ávidos de sangre, deseosos de alimentarse de los sufrimientos ajenos, demonios insaciables, sin empatía, ni remordimientos, sin sentimientos, simples carroñeros.


Una ola de furia se gestó en mi interior pugnando por salir e inundarlo todo, finalmente grité, con todas mis fuerzas grité, y me cagué en todo lo cagable y más, hasta quedar exhausto, toda la rabia acumulada salio de sopetón, dejando tal vació en mi interior, que decidí desde ese mismo instante que solo lo llenaría con los gritos de liberación personal de otros, que como yo, descubriesen que la vida es algo distinto de lo que nos han impreso en el subconsciente.


Los días se sucedían entre asambleas clandestinas y mítines subrepticios en los que intentábamos desadoctrinar al mayor número de personas posible, haciéndoles entender que el sistema nos utilizaba, nos manipulaba, dogmatizándonos, para acabar convirtiéndonos en siervos sumisos, dóciles, manejables y creando una casta deshumanizada que se alejaba lentamente del principio supremo, la ley fundamental no escrita: el libre albedrío.


La rebelión no duró demasiado, los largos tentáculos del sistema se extendían, pegajosos, por los rincones más putrefactos del alma humana, y rápidamente fuimos delatados y entregados a la justicia, que, aunque corrupta, se mantenía asquerosamente eficaz. La sentencia fue rápida y terriblemente cruel: destierro eterno, ― ¡cago en to!

Al cruzar el portal que separaba ambos mundos recibimos dos advertencias:

La primera fue, “cuando sobrepaséis el umbral del pórtico dejareis de ser habitantes de este mundo y adquiriréis el dudoso honor de ser parias en un nuevo planeta”.

Y la segunda me sonó ha sentencia de muerte, “encontrareis agua si camináis en dirección a la puesta de sol, ¡pero ahora no recuerdo hacia cual de ellos!”.

¡Malditos soles!
Llevamos más de tres días caminando por este desierto abrasador, alumbrado por una estrella binaria que mantiene el planeta en un interminable día de más de treinta y seis horas y acorta la noche a tan solo tres horas. Es lo más parecido al infierno que uno se pueda imaginar. La duda ante que camino debíamos tomar nos obligó a separarnos y formar dos grupos de desterrados en pos del agua de la vida. Al menos, de esta manera, cabía la posibilidad de que la mitad de nosotros encontrara el tan ansiado líquido vital.


Ya comenzaba a perder toda esperanza de localizar el agua, y notaba como las fuerzas comenzaban a abandonarme. Hacia horas que sufría serias alucinaciones. Del grupo de cinco que iniciamos la aventura solo quedábamos tres, que caminábamos arrastrados por alguna extraña inercia, quizás fuese el instinto de supervivencia, o tal vez, el poeta tenía razón cuando escribió lo de: ¨ manejado por el odio, consumido por el miedo, enterrada la esperanza, la venganza florece a los pies del desterrado ¨.


La venganza se antoja una quimera mientras permanezcamos en este mundo al que hemos sido arrojados por disentir del orden establecido y exigir un mínimo de dignidad humana, por eso, hemos decidido llamar a este mundo infernal Salvación, ya que, si por casualidades del destino conseguimos salvarnos, la venganza quedara marcada a sangre y fuego en nuestros corazones y sellará nuestros destinos.

¡Huelo el agua cercana! Siento arder el odio en mi interior. Temblad sucios bastardos, temblad, pues la hora de la venganza se acerca.

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