sábado, 21 de noviembre de 2009

EL REFLEJO DE UN ANTIGUO UNIVERSO





Desde este palco preferencial en el teatro de la teoría, observo, maravillado, la majestuosa sinfonía de caos y destrucción que me ofrece un viejo y agonizante universo moribundo.


Trascurridos innumerables eones, habiendo construido a su paso el espacio y el tiempo, este universo, anterior al nuestro, se agota sucumbiendo a su destino, su inercia se detiene bruscamente e inicia el colapso de su propio ser.


Observo con insólita atención como, en una galaxia cercana, una estrella masiva agota su combustible atómico rompiendo el equilibrio de fuerzas que la sustentan, iniciando de esta manera el Apocalipsis. Toda la energía del astro se libera con un brillo tal que supera increíblemente al de todas las estrellas de la galaxia juntas.


Pasados esos instantes, cuando el estallido cegador se disipa, la fuerza de la gravedad impone su ley, y la masa del sol se comprime hasta quedar reducida al tamaño de un grano de arena. La fuerza de atracción gravitatoria es tan brutal que ni los fotones, corpúsculos luminosos, consiguen liberarse de su atracción, quedando atrapados en un torbellino demencial.


Desde fuera, sentado en mi butaca de privilegio, contemplo, extasiado, la gula infinita del agujero negro en el que se ha convertido la estrella moribunda. Planetas, cometas, meteoritos, soles, galaxias enteras son absorbidas, fagocitadas sin piedad en un festín inmisericorde.


Galaxias efímeras se empujan mezclándose y estallando hasta consumirse mutuamente, para acabar cayendo al pozo sin fin del creador. La fuerza primigenia que dio vida al universo ha decidido regenerarlo y empezar de nuevo.

Un universo entero se ha colapsado convirtiéndose a su vez en contenido y contenedor.

No hay materia, ni forma, ni cuerpo, no hay luz ni oscuridad, no existe el espacio ni el tiempo. Solo habita el ser, el alma, la energía pura.


Las palabras no pueden describir lo que la mente no puede concebir, en realidad no debería existir, pero extrañamente es, fue y será.


Todos los átomos, del antiguo universo, se han descompuesto en la materia prima que los construye y ésta se ha mezclado conformando una sopa regeneradora que se auto alimenta preparándose para dar a luz un nuevo y maravilloso universo.


Una ligera pausa, una leve exhalación y se produce un estallido de energía como nunca antes se había visto ni se volverá a ver jamás, nace de esta manera un nuevo espacio, se inicia el tiempo, se construyen los átomos que formarán los ladrillos de un joven universo, que crecerá y creará con su polvo estelar nuevos soles y planetas que conformarán a su vez miles, quizás, millones de galaxias.


En una de esas galaxias, una estrella mediocre pero afortunada ha conseguido generar vida en uno de los planetas que la circundan, y durante miles de millones de años ha estado alimentando y calentando dicho planeta para que la vida se desarrolle, evolucione y se transforme en algo diferente de lo que es ahora.


Y mientras transitamos ese periodo evolutivo de la humanidad, donde las historias se crean y se destruyen a la velocidad de la luz, yo que he vivido y participado de la danza cósmica del anterior universo, formo parte ahora de este misterioso y extraño universo, viéndome sin quererlo avocado a tomar parte activa en una de sus fantásticas y terrenales historias.


Acurrucado al el calor del magma incandescente de esta estrella, saboreo mi existencia placida y monótona, pero mi letargo llega a su fin y la razón de mi existencia comienza a tomar forma. Noto como mi ser muta rápidamente ascendiendo desde las capas inferiores del astro, empujándome hacia la superficie, sabiendo que cuando se produzca la fusión saldré expedido a la velocidad de la luz, iniciando un viaje intergaláctico que me llevará, con un poco de suerte, hasta los más remotos confines del universo. Siempre que algo no se interponga en mi camino.


¡Dios! Echaba de menos esta sensación de libertad, hacia eones que no viajaba por el espacio, iluminándolo todo a mi paso, casi lo había olvidado. ¿Espero que me dure?, porque acabo de pasar cerca de dos planetas que han tratado de absorberme con su campo gravitatorio, suerte que eran relativamente pequeños, no como ese azul que se acerca, ¡mierda! Se me acabo lo bueno.


Lamentablemente la atracción es irresistible y no puedo liberarme, caigo sin remisión hacia el planeta, atravesando una tenue atmósfera que no consigue detener mi velocidad. De refilón contemplo las maravillas que alberga este inoportuno planeta. Puedo ver grandes extensiones de tierras de tonos ocres y marrones; inmensos océanos azules y cristalinos; grandes montañas, coronadas por nieves eternas, me reflejan. Y finalmente me precipito sobre una tupida y frondosa alfombra verde esmeralda, adentrándome, rebotando de rama en rama, de hoja en hoja, en un alocado caos, en lo que parece ser una espesa jungla vegetal.


Impacto directamente contra un metal, que se balancea seccionando ramas y arbustos a su paso, y salgo despedido hacia un organismo vivo que me absorbe, cortando de raíz mi idílico viaje hacia los confines del universo. Parte de mi ser se diluye en una cornea humana y el resto se refleja disperso y moribundo.


- ¡Maldición!- masculla entre dientes el extraño personaje, al quedar cegado momentáneamente por el reflejo en la espada, de los rayos de sol que se cuelan, imprudentes, entre las copas de los árboles de esta condenada selva.


El extraño personaje coge aire y descansa, mientras observa la milenaria espada, rescatada milagrosamente del naufragio, la cual utiliza para abrirse camino a través de la maleza, mientras se pregunta dónde le llevara esta nueva aventura.

martes, 10 de noviembre de 2009

EL ÁRBOL







Era la quinta vez que me pasaba lo mismo y ya empezaba a mosquearme un poquito la situación, el maldito árbol me tenia cierta manía y yo, pobre de mí, no recordaba haberle hecho nada, excepto arrancarle alguna que otra de sus jugosas manzanas, tal y como hacían la mayoría de personas que pasaban por allí, pero, extrañamente, el condenado árbol no les atacaba tan vilmente y a traición como hacia conmigo.


La verdad es que todo comenzó un viernes trece de agosto del año de nuestro señor de mil seiscientos ochenta y siete. Soplaban aires de cambio en la vieja Europa, florecía el renacimiento, la medicina, las artes, la ciencia en todas sus ramas, y el conocimiento resurgía de sus cenizas cual ave Fénix. Atrás quedaba la época del oscurantismo, siglos sumidos en las tinieblas de la ignorancia y del aplastante dominio de la iglesia sobre la libertad de los hombres, y mientras toda esta corriente de cambios se sucedían, yo a lo mío, intentando echarme, tranquilamente, una siesta a la sombra de un manzano y calculando formulaciones matemáticas para conciliar el sueño.


Mira que hay árboles más o menos famosos en la historia de la humanidad: está el árbol mitológico del bien y el mal, el ancestral árbol del conocimiento, el árbol de la vida, el árbol del que comió Eva, ya le vale a la tía en la que nos metió, con lo bien que estaríamos en el paraíso. También esta el árbol del ahorcado, con la versión Judas y sus treinta monedas; o la versión el bueno, el feo y el malo. Menos conocida, quizás, pero igual de interesante es la historia sobre un roble que talaron los descendientes Merovingios.... Hasta remontándonos en lo más profundo de la historia, me podía haber estirado a la sombra del Hom generador del universo, ¡pues no! va y me toca a mí el puto árbol de la dichosa ley de la gravedad.

Ya sé, no hace falta que me lo digáis, seguro que podía haberme tumbado ha echar la siesta debajo de un almendro, o de un olivo, hasta de un cerezo, ¡pues tampoco! tenia que ser un manzano y además con puntería, ¡qué jodio! La verdad es que pensándolo mejor, tengo suerte de que los melones no cuelguen de los árboles, porque, si no, igual la humanidad se habría quedado sin ley de la gravedad y andaríamos todos flotando en el éter ad infinitum.

 
Todo esto viene a cuento, según me han dejado caer, que hay algunos energúmenos intelectualoides, correveidiles soplafarolas y calientabutacas sin conocimiento, ni masa cerebral, que se dedican a calumniarme en los entornos científicos más sórdidos, diciendo que mi formulación matemática sobre la ley de la gravedad, no salio de mi intelecto gracias al impacto inoportuno de una tierna y jugosa manzana. ¡Si lo sabré yo! y además mis chichones lo atestiguan.


La verdad es que, dudas lo que se dicen dudas ailas, pero son ridículamente pequeñas, más bien diminutas, casi subatómicas, y ya se sabia hasta en mi época, que los átomos en cuanto a energía se refiere son insignificantes ¿no? ¡Atención! que se esta acercando el pesado este del bigote y los pelos blancos que siempre está con el royo de la relatividad de las cosas.

 
-¿Qué te pasa ahora?


-Pues mira, me gustaría explicarte que la energía insignificante de los átomos es relativa.


-¡Y dale! otra vez con la misma historia, que no me des más la lata con ese discursito.


-Pero es que la curvatura del espacio-tiempo en las masas en movimiento genera un campo gravitatorio…


-Corta tío, por qué no te vas con tu amigo el del Gal y os medís mutuamente la velocidad a la que decís tonterías, ¡dios que paciencia! !Hala! ahí os quedáis me voy a echar una siesta.

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