La muerte siempre rondaba a mí alrededor más cerca y durante más tiempo de lo aconsejable. Quizás, por eso, me enrole en aquel viejo y decrepito buque mercante.
No lo pensé demasiado cuando aquel extraño y enigmático contramaestre me propuso formar parte de la tripulación del fatídico navío; sobretodo después de meterme entre pecho y espalda una ración triple de pintas y media botella de ese maldito ron caribeño, salido directamente de las malditas e infectas entrañas de mismísimo Belcebú.
¡Dios aún me dura la resaca!
Cuando quise darme cuenta, mi cuerpo envarado y dolorido se mecía al compás del oleaje, en alta mar.
¡Maldita sea! Otra vez he vuelto a meter la pata hasta el fondo. La suerte está echada y las mareas decidirán, de nuevo, mi fortuna.
Convivía en el camarote junto a otros cinco marineros, todos ellos totalmente diferentes en su aspecto, nacionalidad y raza. Tan solo parecían tener dos cosas en común todos ellos: la cara de pocos amigos y la peste que echaban; que tiraba para atrás, ¡Dios, es qué no se lavan nunca estos tíos!
Los primeros días pasaron lentos y, poco a poco, entre la rutina diaria y la carga de trabajo se sucedieron más rápidamente. También juraría que me contagie de la mala cara y el mal olor; tufo, por cierto, que hacia ya días que no percibía.
No sé, si fue la tercera o la cuarta semana de navegación, cuando empecé a percatarme de que el navío no seguía un rumbo fijo y además parecía navegar de forma errática y sin un destino concreto. Pese a mis continuas y reiteradas pesquisas no conseguí ninguna respuesta satisfactoria de los componentes de la tripulación, por lo que decidí investigar por mi cuenta.
Lo primero que descubrí, fue que el capitán recibía coordenadas por radio cada semana y a continuación dirigía el barco hacia ése rumbo; hasta que éramos interceptados por un barco, una lancha o, a veces, un helicóptero aterrizaba en la proa del navío, preparada para este menester, descargando lo que parecía ser una valiosa carga, que se introducía cuidadosamente en las entrañas del mercante.
Lo segundo que descubrí fue más extraño todavía. De vez en cuando algunos yates, la mayoría de lujo, se acercaban al navío y se permitía a los tripulantes subir a bordo durante varias horas y después se marchaban llevándose parte del material atesorado en la bodega de carga.
Esto confirmo mis sospechas de que viajaba y trabajaba a bordo de un buque que se dedicaba al contrabando, ya que evitaba las rutas marítimas más transitadas y nunca se acercaba a la costa, manteniéndose siempre en aguas internacionales.
La curiosidad siempre había conseguido meterme en situaciones comprometidas y bastante peligrosas. Pero, ha veces, necesitas tentar a la suerte para que la vida te sonría, y ésta era una de esas veces y no pensaba dejarla pasar tan fácilmente, por lo que decidí curiosear en el interior del estomago de la nave.
Todos mis intentos por acceder a la bodega de carga fueron inútiles. Todas mis demandas para trabajar cerca tampoco fueron oídas. Acercarse era una tarea bastante complicada, ya que aquello parecía la entrada a un bunquer y solo unos cuantos privilegiados tenían acceso a la carga.
Solo veía una posibilidad de profanar el santa santorum del navío y era: esperar que una tormenta se desatase sobre nosotros y colarme sin ser visto, cual rata de cloaca.
Por fin llego el momento propicio. La tormenta esperada llego como caída del cielo (paradojas del la gravedad) y las suplicas de un simple mortal fueron escuchadas por el todopoderoso dios del mar, que desato la madre de las tormentas sobre el navío.
Unas tremendas olas barrían la cubierta arrastrándolo todo a su paso. Parecía como si el colérico Poseidón intentase tragarme y llevarme al fondo del mar para hacerle compañía. Un mar embravecido amenazaba con partir en dos el viejo cascaron. Yo, entre tanto, había conseguido, milagrosamente, colarme en la bodega de carga.
Multitud de cajas se apilaban formando un fantasmal rompecabezas. Antes de la tormenta debían de estar apilada correctamente, pero el frenético vaivén del barco las había hecho caer y amontonarse de forma caótica. Me acerqué con cuidado intentando averiguar que contenía una pequeña caja rota a mis pies. Al rebuscar en su interior forrado de paja, toque algo afilado y lo extraje con cuidado. Ante mi apareció el objeto más impresionante que jamás hubiera esperado ver, de nuevo.
¡De eso se trataba! Hacían contrabando de reliquias antiguas, seguramente, robadas por encargo. Viejos recuerdos acudían a mi mente al ver la extraordinaria espada que tenia ante mis ojos.
Hacia tiempo que no veía reliquias de esta naturaleza.
Casandra, mi segunda esposa, trabajaba en una empresa aseguradora, que se dedicaba a tasar obras de arte. Y yo, durante más de dos años, anduve visitando museos y galerías de arte por todo el mundo. Fueros años felices. Pero todo acabo el día del fatídico accidente en el que ella perdió la vida y yo buena parte de mi existencia.
Absorto en mis recuerdos, no me doy cuenta de que el viejo cascaron se está escorando peligrosamente hacia estribor. Un rumor a chirriar de metales anuncia una probable ruptura en el casco del barco. La presión es tremenda y un ruido ensordecedor confirma el cataclismo. El navío se parte en dos y el naufragio es un hecho.
El caos a mi alrededor es tremendo mientras las cajas caen y se destrozan desparramando las reliquias de su interior por doquier. El mar entra a sus anchas en la bodega, creando torbellinos irresistibles que lo arrastra todo hacia el fondo. Las luces de proa aún parpadean, tenuemente, iluminando una escena surrealista, en la que, lentamente, el océano se traga medio navío y buena parte de la carga; compuesta de reliquias milenarias y millonarias. Perdiéndose, lamentablemente, importantes fragmentos de la historia conocida.
La oscuridad se cierne a mi alrededor y el silencio lo llena todo.
El aire deja de llegar a mi cerebro y comienzo a notar la agradable sensación de bienestar que precede a la muerte por asfixia. Las fuerzas me abandonan y me dejo llevar. Solo siento, extrañamente, un ligero atisbo de rabia al no haber podido imaginar nunca como seria mi muerte.
De repente algo me golpea la pierna y roza mi costado en una rápida ascensión. En un acto reflejo lo agarro y dejo que me arrastre hacia arriba, sacándome milagrosamente a la superficie. El aire entra, doloroso, en los pulmones y la vida renace de nuevo en mi interior. Con un agónico esfuerzo me deslizo dentro de lo que parece una caja de madera, y lo último que recuerdo es mantener agarrada fuertemente la empuñadura de una espada.
Despierto desorientado y dolorido. Vuelvo a desvanecerme.
Una angustiosa sensación en el estomago me devuelve a la realidad. Debo haber tragado demasiada agua de mar y al regresar las sensaciones a mi cuerpo, vomito medio océano sobre lo que parece una playa.
Me incorporo lentamente aún mareado y doy un primer vistazo al lugar. Los restos del naufragio se esparcen a lo largo y ancho de una playa de arena blanca y fina, que se adentra en una frondosa y verde selva tropical, que impide ver lo que hay más allá.
Embarrancado cerca de la orilla, la majestuosa mole de acero que constituía el navío, yace seccionado y moribundo. El mar siempre se cobra, de una manera u otra, su tributo de vida y muerte.
De pie sobre la arena, repaso los acontecimientos y ordeno las ideas. De pronto, me percato de que todavía empuño la espada que extraje de la caja de madera antes del naufragio. Alzo la espada y veo el sol reflejarse perfectamente en su hoja, forjada a sangre y fuego hace más de mil años, para se empuñada, según dicen, por el Emperador Carlomagno.
La miro y la remiro y aún no me lo puedo creer, tengo en mi mano la mítica y milenaria espada Joyeuse. Aún recuerdo la primera vez que la vi expuesta en el Museo del Louvre. Y como los historiadores contaban épicas batallas donde, al parecer, participó repartiendo mandobles a diestro y siniestro.
Alegre por el hallazgo y sobretodo por continuar con vida, me dispongo a seguir mi camino, a la espera de conocer que nuevas aventuras me deparará el destino. De momento, alzo la Sacro Santa espada de empuñadura de oro y plata, y la descargo sobre la tupida maleza, abriendo camino por el que penetrar en la espesa selva y me adentro en ella a golpe de historia.


