domingo, 1 de septiembre de 2013

LA ÚLTIMA MORADA DE LOS MALDITOS


Capítulo 4 de 12: BUSCANDO LA SANGRE.
 
Cuando Crisaor llegó a las inmediaciones de las ruinas, el lugar estaba envuelto en una tensa calma. El sol declinaba en el horizonte tiñendo la atmósfera de un intenso y macabro rojo sangre, presagio inequívoco de que el mal andaba suelto. Había que darse prisa, el tiempo se agotaba mientras el reloj de destino marcaba, imparable, las últimas  horas de esta frágil humanidad.
Un majestuoso y pétreo muro se elevaba alrededor del recinto sagrado, en un  intento inútil de custodiarlo de la voraz jungla que, incansable y sigilosa, trepa por sus deterioradas paredes, engullendo con su espesa vegetación lo que antaño fue una fastuosa construcción, y que ahora, incapaz de resistir el eterno e inexorable empuje de la naturaleza, sucumbe finalmente, triste y agónica, ante la insultante frondosidad esmeralda de la selva que la envuelve.

El calor y la humedad reinante hacen que la ropa, empapada en sudor, se adhiera a su cuerpo como una segunda piel. La experiencia adquirida durante años en la caza de todo tipo de animales, bestias infernales y humanos, le ha permitido desarrollar una especie de sexto sentido para los peligros, que le ha librado en multitud de ocasiones de una muerte segura a manos de aberraciones monstruosas, de carroñeros despiadados y salvajes, y también, en más de una ocasión, de la locura sanguinaria e inhumana de los de su propia especie. Por eso, al atravesar el pórtico de entrada al recinto sagrado, un escalofrío hace que un resorte silencioso se dispare en su interior, presagiando el peligro.

De los tres edificios que conforman el complejo milenario sólo uno se mantiene en pie, desafiante, aterrador, protegiendo eficazmente su legado del mundo exterior y esperando el día en que el infierno se extienda de nuevo sobre la tierra. ¡Y parece que la hora se acerca!
 Unas impresionantes y siniestras Gorgonas flanquean la entrada al antiguo y milenario edificio, pretendiendo con su presencia, y consiguiéndolo la mayoría de las veces, ahuyentar y disuadir a todo tipo de intrusos, de viajeros intrépidos, de pobladores perdidos o despistados, y de valientes jóvenes, autóctonos o forasteros, que intentaban probar su valor o medir su coraje en un ritual iniciático, enfrentándose al temor ancestral que el lugar a ejercido sobre generaciones enteras de supersticiosos e influenciables feligreses.
Las miradas amenazadoras de las imponentes esculturas no consiguen amedrentar al intruso, acostumbrado a la visión aterradora de todo tipo de engendros demoníacos que, durante milenios, habitaron junto a él en el inframundo. El recuerdo de su paso por el infierno le hiela la sangre y, conocedor del terrible poder al que se enfrenta, Crisaor tensa los músculos y agudiza los sentidos. Algo corta el aire sin previo aviso, golpeando brutalmente a Crisaor, que cae rodando por el suelo empedrado, antaño liso y pulido, y ahora cubierto por una espesa alfombra de oscuro y húmedo musgo. Una de las Gorgonas ha extendido, a una velocidad asombrosa, sus alas doradas, inmóviles durante milenios, buscando cercenar la cabeza del profanador del oráculo. Los dos engendros lanzan unos estridentes y aterradores graznidos, con la probada intención de helar la sangre al enemigo que, paralizado de terror, suele convertirse en una presa mucho más fácil de abatir… Pero hoy no tendrán tanta suerte, y ante este enemigo no disfrutarán de esa ventaja.
– Condenados engendros infernales –grita Crisaor, mientras se levanta tambaleante y aturdido– ya me advirtió mi madre que erais unas putas arpías feas y traicioneras.
Las dos monstruosas hermanas, engendradas al principio de los tiempos por la mismísima Gea para combatir junto a los Titanes en su lucha contra los Olímpicos, detienen su ataque y se miran desconcertadas. Ante ellas se encuentra un osado guerrero  que, envuelto en una extraña aura dorada, las mira con aire desafiante, conocedor de sus posibilidades, y del daño que les puede infligir la espada dorada que lleva colgada de la espalda, y que afortunadamente le ha protegido del veloz y traicionero ataque de las Gorgonas, al parar un golpe que hubiese resultado mortal de no llevar la extraña espada sujeta a su espalda.

– Sí, pérfidas arpías, soy Crisaor, el hijo ilegitimo nacido de la unión infame del Dios Poseidón con la mortal Medusa, y hoy, por fin, podré vengar la muerte de mi hermano Pegaso, al que, despiadadamente, le arrancasteis las alas, enviándolo a morar eternamente, junto a mí, a las profundidades más oscuras del inframundo –vocifera exultante el Semi-Dios, mientras desenvaina la espada dorada forjada por Atenea– y doy gracias al todopoderoso por rescatarme del inframundo, dándome otra oportunidad de redimirme… ¡y de vengarme!
Y sin más preámbulos, se lanza, enloquecido, contra las Gorgonas, y con los ojos inyectados en sangre y el rencor acumulado durante milenios bombeando en su corazón, grita:
–morid, bestias inmundas, y dadme de una vez lo que he venido a buscar… ¡Dadme, vuestra sangre!
 
Capítulo 5 de 12: EL LEGADO
 
Marcelino Riosanto, permanecía allí, estirado sobre un charco de sangre, inerte, muerto, asesinado por proteger su sueño, su legado. Un legado de conocimientos que moría con él, en una triste y fría callejuela maloliente y oscura, de una ciudad olvidada.
Cuando Antonio Cienfuegos llegó a la casa del director de museo, éste había desaparecido, dejando, tan sólo, una ambigua nota que rezaba: “no me siento seguro, los manuscritos corren peligro, necesito tu ayuda, nos vemos en el Museo, coge todas las precauciones necesarias”. La nota me dejó intranquilo. Las sombras se cernían amenazadoras sobre la ciudad mientras una tenue lluvia se precipitaba mansamente sobre la soñolienta urbe, aliviando el sofocante calor reinante y relajando la tensión superficial en las calles.
El joven profesor universitario, tardó poco tiempo en llegar a las inmediaciones del Museo. Dejó su vehículo, oculto de miradas indiscretas, en un sombrío y estrecho callejón, y, furtivamente, fue sorteando las escasas farolas que, traidoras, pretendían delatarle, alumbrándolo con su mortecina luz.
La silueta de la puerta trasera del museo se recortaba tímidamente sobre el claro empedrado del edificio. - Algo no anda bien -pensó Antonio, cuando se acercó lo suficiente y vio la puerta ligeramente entornada-, ¡maldita sea, he llegado tarde! -exclamó, reteniendo el sonido en su garganta y lanzando miradas nerviosas a su alrededor, esperando que alguien, saliendo de las sombras, saltase sobre él, sorprendiéndole y golpeándole dolorosa y mortalmente, pero no sucedió nada, ni un movimiento, ni un ruido extraño, nada, sólo la noche permanecía junto a él. Pese al temor que sentía y que le hacía temblar incontroladamente, cruzó el umbral de la puerta penetrando en busca de su amigo.  Diez minutos más tarde salía del interior del Museo, con las manos vacías y el corazón encogido. No había ni rastro de Marcelino, y lo peor era que no sabía dónde seguir buscando, ¿adónde debía dirigirse? Qué pretendían los misteriosos personajes que irrumpieron en el despacho de su amigo, horas antes, mientras examinaba los milenarios pergaminos que Marcelino deposito en sus manos y que no pudo acabar de descifrar, al tener que salir pies para que os quiero, como alma que lleva el diablo, para, según Marcelino, salvar los manuscritos y posiblemente también la vida.
Un fino hilo de sangre, casi imperceptible, se oxidaba rápidamente bajo la tenue luz que ensombrecía a duras penas la calle. El peor de los presagios se cumplió cuando Antonio encontró a su amigo, después de seguir, a través del oscuro empedrado que formaban las antiguas y desoladas aceras, la sangre derramada por éste al tratar de huir, infructuosamente, de la muerte, que lo persiguió y le dio caza junto a unos contenedores.
Quizás no fuese la misma Muerte quien lo mato, ya que, el sadismo y el ensañamiento que presentaba el cuerpo del museólogo no responde con la forma en que la Muerte ejerce su ancestral trabajo. Sólo alguien, o algo, con un alma engendrada en lo más profundo del infierno, puede profesar tal nivel de sadismo sobre un cuerpo humano. La visión del cuerpo destrozado de su amigo paralizó a Antonio, que, incrédulo, no daba crédito al horror que sus ojos presenciaban. Las náuseas en forma de arcadas inundaron su garganta, y sin poder retenerlas las dejó salir. Se apoyó en el borde de un contenedor de basura mientras parte de su ser se vaciaba, torrencialmente, sobre los desperdicios formados por cartones y basura acumulada. Y, allí, escondido tras el contenedor, uno de los pergaminos permanecía oculto, esperando que alguien lo encontrase, rescatándolo del olvido. Gracias a la suerte o al destino, esa delgada línea que separa la casualidad de la causalidad se quiso cruzar en el destino de Antonio, consiguiendo que el legado de Marcelino Riosanto  no se perdiese y llegase finalmente hasta sus manos, dándole, de esta manera, otra  oportunidad de salvación a la vieja y decadente humanidad, tal como quedó escrito hace miles de años.
 
Capítulo 6: EL HEROE
 
Parapetado tras la fría pared, Paco contempla horrorizado como, la que un día fue su ciudad, sucumbe, junto a sus habitantes, ante el avance cruel y despiadado de unas hordas satánicas, implacables y sanguinarias, que arrasan el país de norte a sur y de este a oeste, como si de una marabunta de muerte y destrucción se tratase. Los gritos de terror de los lugareños se ven apagados por los aullidos sádicos y coléricos  de miles de engendros demoníacos que han conseguido traspasar la sagrada y eterna puerta del Hades que, inexplicablemente, permanece abierta de par en par y sin protección alguna. El can que la custodiaba ha desaparecido, dejando libre el paso entre los dos mundos, lo que ha dado pie a que un ejército de habitantes del inframundo campen a sus anchas por la desprevenida tierra, dispuestos a invadirla y, si es posible, exterminar a todos sus ingenuos y aterrados pobladores.  
En tan solo dos semanas, la que antaño fue la más poderosa de las naciones del mundo occidental, ahora, yace moribunda y abatida, sumida en una guerra desigual o, mejor dicho, sumida en una masacre genocida próxima a la aniquilación.
Desde que escapó milagrosamente de su ciudad natal, destruida hasta los cimientos en la primera oleada, un objetivo ha permanecido fijado a sangre y fuego en su mente: intentar sobrevivir y reunirse a toda costa con su hermano, para entregarle el objeto que le rogó buscar y  encontrar, para llevarlo a la ciudad del Oráculo, situada en los páramos helados, al norte del país.
Todo comenzó aquel fatídico día en el que Paco Cienfuegos recibió una extraña llamada de su hermano. La angustia y la desesperación se reflejaban en el tono de voz de Antonio mientras le advertía del terrible peligro que se avecinaba.
Paco, escuchó, incrédulo, el increíble relato de su hermano. Éste, le explicó que había descifrado parte de un antiguo pergamino, escrito, según creía, en una de las ciudades más antiguas del mundo conocido, la bíblica ciudad de Jericó. Y, según las pruebas a las que fue sometido mediante la datación del carbono 14, su antigüedad rondaba los siete mil años. La conversación que le relató fue breve y aterradora:  los pergaminos contenían una extraña profecía, quizás la primigenia,  posiblemente la primera de que se tiene constancia, la que pudo servir de fuente de inspiración en la que bebieron y se empaparon, posteriormente, muchas de las religiones que durante milenios, han pretendido dominar a la humanidad atemorizándola con el advenimiento de diferentes tipos de Apocalipsis,  cataclismos divinos, juicios finales, aniquilamientos universales y todo tipo de finales nada felices para la raza humana, y, de esta manera, mantener cogidos por los huevos a los siervos menos fervorosos y someter bajo su yugo dogmático al resto.
 
Después de la explicación, Antonio, previendo la reacción de lógica incredulidad de su hermano, le leyó textualmente dos pasajes del pergamino, que hacían referencia a un suceso próximo a acontecer en su ciudad, y que confirmaría la veracidad de todo lo expuesto. El mundo se derrumbó a sus pies tras escuchar la traducción que su hermano hizo de la profecía.
Cuando colgó el teléfono, Paco permaneció aturdido durante un buen rato, asimilando la fantástica historia que, de no haber sido su hermano el que se la estaba contando, no habría dudado ni un instante que le estaban tomando el pelo, o que al otro lado del celular, un loco salido directamente del sanatorio mental intentaba arrastrarlo a su particular mundo de locuras alucinatorias. También se le pasó por la cabeza, que su hermano le pudiese estar gastando una broma macabra, una de las muchas que solían hacerse cuando aún eran niños y vivían, enclaustrados, en el orfanato del Santo Sepulcro. Pero, la intuición, la conexión que siempre habían mantenido y que les unía por el simple hecho de ser gemelos, le dijo que no podía ser, que todo era tal y como su hermano contaba.
Dos días después, Paco emprendía la marcha en pos de la ciudad Oráculo. Atrás dejaba una ciudad totalmente calcinada. La que hace tan sólo unas horas era una majestuosa urbe, bulliciosa y llena de vida, ahora permanecía macabramente iluminada por las oscuras y abrasadoras llamas del infierno que se entretenían devorándola en un festín macabro de caos y destrucción, tratando de borrarla de la faz de la tierra y, de paso, del recuerdo de los hombres. Sin mirar atrás, y con las últimas palabras de su hermano, más vivas que nunca, en su mente, recordó: “trata de mantenerte vivo a toda costa, y busca, en la ciudad Oráculo, el Destructor de Mundos. Si lo consigues, tráemelo y quizás tengamos una pequeña oportunidad de sobrevivir al Apocalipsis que se avecina. Adiós, hermano, a partir de ahora dependes, tan sólo, de la suerte y de tu ingenio.”.
Paco Cienfuegos se encamina por áridos y desolados parajes, tierras calcinadas, ciudades destruidas, aldeas y pueblos arrasados, y con la mayoría de sus habitantes aniquilados, mutilados, violados y masacrados, y los pocos que sobreviven lo hacen convertidos en esclavos, en muertos en vida que maldecirán eternamente  no haber perecido junto a sus congéneres. De esta manera se inicia la búsqueda desesperada del único instrumento capaz de plantarle cara al mal.
Días después, Cienfuegos arrastraba su maltrecho y atormentado cuerpo entre los escombros, aún humeantes, de otra devastada y agonizante ciudad, envuelta en llamas y fagocitada por las afiladas fauces del mal. Cienfuegos, percibió entre los escombros a dos figuras humanas que trataban de esconderse, intentando ocultase de las alimañas sedientas de sangre que saqueaban la ciudad. En otras circunstancias no habría intervenido, el objetivo estaba tan cerca que no podía arriesgarse, la vida o la muerte de algún que otro mortal no podía, ni debía, desviarlo de su misión. Pero, algo  en esas figuras le atraía, sobre todo la de la mujer, y sin pensárselo dos veces les gritó para que se acercasen. Al rato, los tres se encontraban a resguardo en el sótano medio destruido de lo que parecía ser una biblioteca o quizás una librería; ya que bajo los escombros y los cascotes irreconocibles, se apilaban cientos de libros, de autores tan efímeros como las obras que escribieron, y que ahora ardían tristemente, consumiéndose al mismo ritmo que el edificio que los albergaba.
Sin resuello, después de saltar y correr como posesos entre los escombros para no ser descubiertos, los tres personajes se dedicaron a recuperar el aliento, aspirando con dificultad el aire viciado que envolvía la ciudad, convertida en una enorme e inmensa hoguera, y que elevaba a la atmósfera un humo negro y nauseabundo que lo cubría todo.
— Lo peor que tiene seguir viva, es ese insoportable olor a muerte que hace que se me revuelva el estómago —dijo la joven.
 — ¡Es el maldito hedor que desprenden los cuerpos al chamuscarse! -replicó el muchacho que la acompañaba.
— Siento contrariaros  a los dos pero, ese nauseabundo olor que impregna el ambiente no viene de los cuerpos en descomposición ni de la carne putrefacta abrasada al calor de las llamas, no, ese olor es del azufre infernal que se eleva desde las profundidades del Hades hasta nuestros campos y ciudades, preparando el camino para que Lucifer nos honre con su visita, el día que su fiel siervo Marduk, su hijo bastardo engendrado por una Hidra, consiga apoderarse de la Tierra y someter a la humanidad.
— ¡Bueno, si es sólo eso, pues vale! ¡Yo creía que era algo más serio! Pero, siendo así, ya nos podemos relajar hasta que se digne a visitarnos el dichoso Lucifer —reía, histérica, la muchacha.

— No tendremos que esperar mucho tiempo, y, cuando aparezca, traigo aquí algo para recibirlo como se merece —y, Paco, abriendo la mochila que colgaba de su espalda, les mostró El Destructor de Mundos.
 
 
Por Rapanuy

domingo, 11 de agosto de 2013

LA ÚLTIMA MORADA DE LOS MALDITOS


Capitulo 2 de 12: LA PROFECIA.

“Durante milenios permanecerá enterrada bajo múltiples capas de sedimentos, de restos de vegetación putrefacta, de fango y polvo que la protegerán de las inclemencias del tiempo y del desgaste ocasionado por los fuertes vientos. Permanecerá oculta a la vista de los crueles moradores del desierto, de los saqueadores sin escrúpulos y, sobretodo, de los visionarios y profetas religiosos que buscarán obtener, para gloria de sus dioses,  el poder que habita entre sus restos… Pero, llegará un tiempo en el que el nefasto afán de codicia del hombre haga que la ultima morada de los malditos resurja en todo su esplendor a la superficie de este castigado y condenado planeta y, con ella, la maldad suprema vuelva a recorrer los parajes que antaño fueron sus dominios, y reclame para si a los que considera sus esclavos: los humanos.”

– Desde luego, me sigue sorprendiendo la facilidad con la que consigues que estos milenarios pergaminos se abran ante tus ojos permitiéndote leerlos con esa fluidez –dice, sorprendido y con voz emocionada, el portador de las reliquias.

– Es cuestión de práctica y de dedicar gran parte de mi existencia a abitar, cual ermitaño, o mejor dicho, cual rata de biblioteca, kilómetros y kilómetros de sombríos e interminables pasillos silenciosos y acogedores que permanecen expectantes y esperanzados de que alguien, algún día, se entretenga en rescatar y descifrar sus secretos. Unos secretos escondidos y ocultos, pero latentes entre una multitud ingente de libros nuevos y antiguos; de miles de manuscritos y pergaminos ajados y deteriorados por el tiempo, por la humedad o, peor aun, por el hombre; de infinidad de tablillas y runas impresas a golpe de cincel o abrasadas por el fuego. Y, sobretodo, de no dejar de leer y releer compulsivamente, apuntando y memorizando todos esos detalles que suelen pasar desapercibidos a la vista de los profanos –le contesta el prometedor arqueólogo–, pero déjame que intente descifrar el resto de la profecía –dijo, y siguió leyendo el extraño y misterioso relato.


“El Tártaro, el pozo sin fin, el averno insondable, desplegará su manto de oscuridad sobre la envejecida y confiada Tierra que, permanece sumida en una espesa e impenetrable tiniebla que oculta la realidad del pasado, enterrando el recuerdo de los hombres en un eterno olvido que está a punto de llegar a su fin, permitiendo que la otra cara de la creación asome su rostro putrefacto a través de las puertas pétreas custodiadas por el eterno can, guardián de las almas difuntas. Cerbero olisquea el aroma de la vida que se desprende de los cuerpos moribundos, y protege a los vivos de los muertos y a los muertos de los vivos en el interminable peregrinar de almas de un mundo a  otro, mientras retiene a los dioses caídos, aprisionándolos eternamente tras las puertas del Hades.

El tiempo de la luz a llegado a su fin, la balanza de la justicia se ha inclinado de nuevo hacia el lado de la oscuridad, y el reinado del bien se extingue igual que la llama de una hoguera se apaga al consumir el efímero oxigeno que la rodea. La era del hombre se agotará dejando paso a la época de los demonios. La oscuridad reinará a partir de entonces sobre la faz de la tierra y los mortales dejarán su sitio a los engendros infernales que reclamarán de nuevo la hegemonía que antaño ostentaron sobre este viejo y fatigado planeta.”

Antonio Cienfuegos examina sorprendido los pergaminos milenarios que se extienden sobre la mesa de su oficina. A su lado, el director de la excavación Marcelino Riosanto se apresura a recogerlos cuidadosamente mientras los pone a buen recaudo en la urna acristalada de donde los ha sacado, hace tan solo cinco minutos.

– ¡Maldita sea, Marcelino! Necesito más tiempo para estudiar los pergaminos, aquí hay símbolos sumerios que preciso cotejar con mis notas de la universidad.

– No debería habértelos traído, esto es una locura, mi puesto peligra y puede que nuestras vidas pendan de un hilo muy fino.

– ¡Dios! -Exclamó Cienfuegos –nadie ha visto estos escritos desde hace más de tres mil años y tú pretendes que me quede tan tranquilo mientras se pudren en algún jodido rincón del sótano del museo.

– Hay cosas más importantes en juego Antonio, cosas que nos sobrepasan.

Después de más de tres décadas dedicadas a la gestión del Museo General de Arqueología y Mitología, el director Riosanto se encuentra a las puertas de la jubilación, y no es precisamente su futuro profesional lo que más le preocupa en estos momentos, pero no por eso cede a la presión de su joven amigo Antonio, pese a tener la certeza de que si los pergaminos permaneciesen en sus manos durante el tiempo necesario conseguiría, con toda seguridad, descifrar el mensaje que albergan sus inscripciones. Pero el sonido apresurado de unos pasos, resonando tras la puerta, le hace desistir de su deseo. Ahora, se impone la cautela y, sobre todo, la necesidad de proteger y custodiar las reliquias.

 
Capitulo 3 de 12: EL MAL EN ESTADO PURO.

 
La sangre impregna las oscuras y húmedas piedras que rodean el oráculo, tiñendo de rojo la pequeña y tétrica estancia, alumbrada, tan sólo, por unas pocas y antiguas antorchas de llamas lánguidas y titilantes. Un gemido, gutural y aterrador, pocas veces escuchado en este plano existencial, crece inundando la estancia y adquiriendo un tono agudo y quejumbroso, que se transforma finalmente en el llanto, estridente y desgarrador, de un neonato. El mal en estado puro renace de nuevo sobre la tierra, adquiriendo la forma física de un cuerpo humano, maligno y tremendamente poderoso.


Una figura, sombría y diabólica, custodia la entrada al oráculo, mientras en el exterior, los seguidores demoníacos que conforman la escoria más aterradora del averno, pugnan por liberarse de los muros que los aprisionan y que durante milenios los han mantenido encerrados y ocultos para bien de la humanidad. Una humanidad que sólo recuerda vagamente, a través de las pesadillas nocturnas, a los que un día poblaron la tierra, diezmando y aterrorizando a los débiles y asustadizos seres humanos.

El llanto infernal se eleva por encima de las antiguas y sagradas ruinas, construidas por extintos dioses, ahora olvidados y desprestigiados, relegados a la más absoluta de las desidias. Los muros, construidos con la ilusoria esperanza de retener eternamente el mal que late en lo más profundo de los infiernos, se resquebrajan bajo la presión acústica del extraño sonido que sale de la garganta del neonato. La figura que ha permanecido hasta ese momento expectante en la entrada del oráculo se acerca al recién nacido, y deposita a su lado otro niño, que mantenía oculto bajo su túnica, y, pronunciando unas palabras en una lengua extinta, eleva una afilada daga, forjada al calor de las mismísimas llamas del infierno, y la descarga rápida y brutalmente sobre el pecho tierno y rosado del bebé. La muerte, se lleva, una vez más, una victima propicia e inocente, y, con su sacrificio, contribuye a cerrar el círculo, finalizando el ritual mágico con el que el mal consigue,  por fin, retornar nuevamente a la tierra, más poderoso y cruel que nunca.
 


Negros y amenazadores nubarrones cubren el cielo. Las siete plagas que asolaron Egipto en tiempos de Moisés, son un juego de niños en comparación con lo que está a punto de acontecer. Y, mientras, el mal, hecho carne, crece rápidamente alimentándose de la sangre, aun caliente, del niño cruelmente sacrificado sobre las frías piedras del oráculo. Un adversario, digno de un dios, emerge de las sombras dispuesto a reclamar la tierra que un día perteneció a los de su estirpe, y que fue morada y refugio de los ángeles caídos, expulsados del paraíso y desterrados a un mundo inferior, condenándolos a vagar eternamente sobre la atormentada faz de un planeta yermo y desolado. Deshonrados y humillados fueron alimentándose del odio, que creció y se multiplicó transformándolos en bestias abominables, engendros diabólicos sedientos de sangre y destrucción; criaturas deformes y monstruosas que habitaron durante un tiempo el planeta, junto a los hombres, para desgracia de estos que padecieron su insufrible presencia, hasta que los dioses cansados de escuchar los angustiosos gritos y lamentos de la humanidad decidieron enviar a todas esas criaturas demoníacas al inframundo, al reino de Hades, el tártaro, al averno insondable, llamado, simplemente… Infierno.
 


 
Por Rapanuy



sábado, 20 de julio de 2013

LA ÚLTIMA MORADA DE LOS MALDITOS


LA HISTORIA.


Cuentan que al principio sólo existía la Nada, y que ésta lo albergaba todo y a todos. Dicen que, cuando el universo era todavía un concepto ambiguo y por desarrollar en la mente de los dioses, a la basta extensión de oscuridad y materia informe que lo inundaba todo, la denominaron Caos. Y cuentan también que, cuando el Caos fue nombrado por primera vez, haciéndose verbo en la boca de los dioses, se inició el espacio-tiempo que plantó la semilla que un día germinaría para acabar conformando nuestro eterno, desconocido y trágico universo.

Desde ese concepto primigenio emergieron los mitos que han dado lugar a multitud de historias que relatan la creación del cosmos, y describen como la chispa divina insufló vida al universo. Historias que narran la existencia de supuestos entes superiores que pretendían y pretenden controlar el destino de la mayoría de las criaturas que pueblan esta galaxia.


También cuentan que, en la eterna lucha entre el bien y el mal por hacerse con el poder absoluto, se desataron cruentas batallas entre deidades antagonistas que sumieron al universo en un gigantesco y despiadado campo de muerte y tormento, en el que, desgraciadamente, nosotros, los tristes e insignificantes humanos, nos vemos inmersos desde hace milenios. Pero también está escrito, a sangre y fuego, en el frágil y quebradizo hilo del destino, que llegará un tiempo en el que los hombres nos a veremos abocados a posicionarnos en esa eterna lucha, y lograremos, con nuestra capacidad de sufrimiento, tenacidad y sobretodo con nuestra inquebrantable voluntad, que la balanza que equilibra la despiadada batalla entre el bien y el mal, se decante en favor de la luz… o quizás, y sólo quizás, a favor de la fría y maldita oscuridad.
 
 

Capitulo 1 de 12: EL REGRESO.

La consciencia vuelve, lenta y dolorosamente, a su maltrecho cuerpo. Un agudo dolor en la sien le trae repentinamente del más allá, mientras maldice, entre dientes, su condenada y esquiva suerte.

Torpemente intenta incorporarse pero la inercia del planeta le gana la partida lanzándolo de nuevo al polvoriento suelo que, agradecido y piadoso, lo acoge con dureza. Morfeo lo atrae de nuevo a su reino, arropándolo de sueños y pesadillas.

– ¡Dios! –Grita, alzando la vista al cielo– dame otra oportunidad y tendrás en mí a tu siervo más cruel y sanguinario, el estandarte de tu furia, el guerrero más fiel a tu causa. Líbrame de este cruel tormento y otórgame el poder necesario para librar, la que probablemente sea, la ultima batalla entre el bien y el mal. Déjame que extermine, de este putrefacto universo de demonios, a los ángeles caídos, aquellos que osaron con su herejía cuestionar tu poder, deja que destruya a aquellos que en  un trágico día se creyeron tus iguales. Sí, tú, el Hacedor, el que puso orden en el caos y dio aliento al cosmos, el que inició el tiempo y el espacio, el que insufló luz donde sólo había oscuridad. Aléjame de este impío tormento indigno de tu siervo, y podrás sentirte, de nuevo, orgulloso del que un día limpio los pecados del mundo y desterró el mal a los infiernos. Y así, volveré a ser el hijo orgullo de su padre, ése del que antaño te vanagloriabas en tu reino celestial.

Lentamente, Morfeo aflojó la soga que le mantenía sujeto al reino de las sombras, y el yugo onírico que lo aprisionaba se deshizo devolviéndole de nuevo al mundo real.

El planeta giraba, inclinado levemente, arrastrando el peso insignificante de un nuevo cuerpo, habitado por un alma de destino incierto.

Una refrescante y agradable lluvia se precipitó, suavemente, sobre su rostro, salpicando la curtida piel y penetrando en lo más profundo de su ser, aliviando por un instante su alma de la condenada que sufría al quemarse en las eternas y abrasadoras llamas del infierno.

Aunque parte de su mente se perdió en algún rincón de ese extraño infierno ensoñado, las pocas neuronas sanas que le quedaban gritaban atormentadas por el dolor que su deteriorado cuerpo albergaba. Poco a poco, fue adquiriendo consciencia de su nueva situación en este reino de continuo caos sensorial, al notar como su naturaleza, antaño acostumbrada, ahora luchaba por acomodarse a su nuevo estatus de ser humano.

El mar desdeñoso lo ha empujado hacia la playa, mientras las olas, renegando de su presencia, lo han escupido sobre la arena en la que ahora reposa. Dagan, se debate entre dolorosas y terribles convulsiones, mientras su cuerpo, lentamente, toma consciencia de si mismo. Poco a poco sus sentidos se van adaptando al nuevo espacio que le rodea. Extraños sonidos le aturden los sentidos, al tiempo que un calidoscopio de luz lo envuelve en un torbellino de caos y confusión. Y allí, sobre la cálida playa, apoyadas sus rodillas sobre la arena, agarra un puñado de ésta y la deja resbalar ingrávida entre sus dedos, degustando de nuevo su tacto suave y ligero, mientras una tenue brisa, con sabor a sal, le acaricia el rostro, anclándolo de nuevo al mundo real.

Finalmente, se yergue exhausto pero orgulloso de retornar del mas allá y de encontrarse, nuevamente, entre los vivos, como un mortal más. Sus plegarias han sido escuchadas, y el padre celestial, nuevamente se ha vuelto a apiadar de él.
 
La misión ha de ser cumplida, y esta vez con éxito, si no quiere volver a saborear, una vez más, el insoportable hedor del azufré que impregna el abismo putrefacto del inframundo, del que… por fin ha regresado.

El principio del fin ha iniciado la cuenta atrás.

La historia se repite en un bucle sin fin sobre la tierra, y sus actuales moradores vivirán y morirán dejando constancia a las generaciones venideras que el salvador, el elegido, el hijo del creador anda de nuevo sobre la faz de la tierra, dejando su huella imborrable sobre las frágiles almas de los mortales… siempre y cuando algún afortunado consiga sobrevivir para contarlo, ya que esta vez parece que el mal lleva las de ganar.

 Por Rapanuy.

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